Siguiendo las costumbres españolas de la época, en los días de la Colonia, nuestra tradicional y querida Plaza Independencia llevó el pomposo titulo de Plaza de Armas. Está decorada con su pila central que luce su enorme columna de fierro con la estatua de Ceres rodeada de sus sirenas con sendos surtidores que alimentan la vieja pila. Durante nuestra niñez, dicha pila fue motivo de gran admiración por los innumerables pececillos de colores que nadaban sin rumbo de un lugar a otro, como felices de vivir; hoy han sido reemplazados por pejerreyes argentinos propios de lagos y lagunas. Debo referirme a un viejo mito que, durante años y años, se ha venido repitiendo majaderamente sin base alguna y trataré de argumentar, en forma documentada sobre su absoluta falacia. Cuando yo era muchacho, los hombres "mayores" de entonces dogmatizaban, como si fuera una verdad inconcusa, que el monumento principal de nuestro hermoso paseo había sido traído desde Urna por las tropas chilenas de ocupación en la Guerra del Pacífico; y, desafortunadamente, aun en nuestros días, hay algunas personas de cierta cultura que lo preguntan. Por ello quiero colocar las cosas en su justo lugar y corregir definitivamente este error, ayudado por la seria documentación a la que he recurrido. Me ocuparé de la historia de una de las hermosas obras de don Pascual Binimelis, que concita la admiración de todos aquellos que se dedican a observar el conjunto escultural que constituye el monumento que adorna la hermosa pila de nuestra Plaza Independencia. Desde 1850, aproximadamente, don Pascual tenia en mente colocar una pila central en nuestra plaza, pero no la concebía sin algún adorno que la justificara y, decidido a hacer realidad su viejo sueño, dibujó personalmente el monumento y lo proyectó en su totalidad, encargándolo fW1dir en Escocia por el escultor belga, residente en Edimburgo, Auguste Bleuze, en 1855. Un viajero francés, Choteau, que estuvo en Concepción a fines del siglo pasado, escribió en 1910: "Lo que realmente causa la admiración de los que la ven es la Plaza de Armas (así llamada en la época); su grande pila, sin rival en Chile, adornada con cuatro sirenas en su base, coronada la alta columna por la diosa Ceres como emblema del trabajo a que se dedica especialmente esta agrícola provincia, y sus exuberantes acacios donde refleja en sus noches espléndidas de primavera el resplandor de la luna, este tinte triste y halagador a la vez". ![]() 18 Septiembre 1901 ![]() Plaza Independencia 1905. Los tilos se plantaron en el año anterior ![]() Calle Anibal Pinto 1920-30 Municipalidad, Tribunales e Intendencia
El 3 de enero de 1856 se inició, en el centro de la plaza, una excavación bastante grande y de cierta profundidad, donde habría de colocarse posteriormente la pila que serviría de base al monumento que venía en camino desde Inglaterra. A fines de abril del mismo año, llegaban a Talcahuano 16 enormes cajones que contenían esta obra de arte dividida en secciones, como es natural en este tipo de trabajo. Para su traslado hasta la plaza, don Pascual contó con la colaboración desinteresada de los vecinos dueños de fundos entre nuestra ciudad y el puerto, los que pusieron a su disposición carretas con dos y cuatro yuntas de bueyes para hacerlo posible a través del estrecho sendero que unía nuestra ciudad con el puerto. La pila fue construida con rocas traídas a través de los cerros -aún no existía el ferrocarril- desde una cantera cercana a San Rosendo y fueron primorosamente trabajadas por un famoso cantero inglés residente en Concepción, mister Alexander Strange, quien luego fijó definitivamente su residencia entre nosotros y en la actualidad posiblemente haya algún descendiente suyo.
Como ya hemos dicho, en el centro de la plaza se destaca la pila que sirve de base para el conjunto escultórico formado por una gran columna de fierro de 40 pies de altura, que en su parte superior soporta una finísima estatua de la diosa Ceres, mitológico símbolo de la agricultura, que era pródiga en nuestra provincia en el siglo pasado. Además de la columna central con Ceres, en su base presenta hermosas y artísticas sirenas que proyectan sendos chorros de agua por la boca, confiriéndole al conjunto una gran belleza; cuatro faroles que al principio fueron iluminados con gas y desde principios de siglo por medio de electricidad, adosados a la columna central por hipocampos gráciles y tenues, y como ornamento señero, en la parte superior de la columna central, nuestro escudo nacional en relieve y con una muy curiosa característica: el cóndor perfectamente dibujado, pero en la parte que corresponde al huemul, en lugar de este animal se puede observar un león con una enorme melena y una hermosa cola. Creemos que cuando Binimelis envió el dibujo a Escocia, el escultor, seguramente por no conocer el huemul -tratándose de un cérvido americano- pensó que el dibujo no estaba terminado y que se trataba de un león. Lo anotamos como una curiosidad y se ha decidido dejarlo tal como está para no alterar esta obra de arte; en realidad, son muy pocas las personas que han observado este detalle, el huemul de nuestro escudo transformado en hermoso león africano. Por su gran valor artístico, el grupo escultórico estuvo a punto de ser presentado en una exposición internacional de arte en París, pero era talla premura de don Pascual por verlo instalado en nuestra plaza que se opuso a dicha exhibición. En la época, el valor total de la obra, incluyendo la escultura, gastos de traslado desde Europa, su instalación, etc., alcanzó un total de 17.000 pesos. La gestión de don Pascual, así como su generosidad, fue muy apreciada por la ciudad, por lo que la corporación edilicia hizo colocar una placa que decía: "Esta pila ha sido proyectada y construida por don Pascual Binimelis, siendo Intendente de la provincia don Rafael Sotomayor". Nunca hemos sabido cuándo fue retirada esta placa, porque no alcanzamos a conocerla. De lo enunciado aquí se deducirá fehacientemente que el monumento de la pila de la Plaza Independencia fue proyectado y dibujado por don Pascual Binimelis, que los trabajos de su instalación se iniciaron en 1856 y que la obra quedó terminada en 1860, diecinueve años antes de la Guerra del Pacífico, de donde se deduce que todo lo que se diga en contrario es un soberano mito y una falacia que no se puede seguir repitiendo. En el archivo municipal, gracias a la gentileza de los señores Avila y Molina, pude estudiar documentos de gran interés relacionados con el trabajo ordenado por don Pascual Binimelis en su calidad de Director de los trabajos de la Pila y Director de Obras Municipales. En uno de, éstos, fechado 5 de octubre de 1859, en parte se lee: "Pascual Binimelis, Director de los trabajos de la Pila y don Francisco Vicourt, profesor de pintura, han convenido el siguiente contrato: 1.- Don Francisco Vicourt se obliga a pintar toda la pila, incluido el pedestal de piedra, dándole tres manos de pintura y dos de barnis (sic) fino; siendo toda la parte de fierro a imitaciones de bronce i la parte de piedra imitándose un mármol cualesquiera, que se elegirá más tarde; 2.- Los cuatro escudos de armas irán adornados con oro fino, como asimismo la echona de Ceres". Más adelante, en el punto 4 expresa: "Binimelis, a nombre de la Municipalidad dará a Vicourt por único honorario por todos los trabajos i materiales de los artículos anteriores, la cantidad de $ 324, moneda corriente". Y, curiosamente, como era costumbre de la época, en el inciso 5 el mismo contrato estipulaba: "En caso que Binimelis no tuviere fondos para atender debidamente al pago del honorario expresado en el artículo anterior, Vicourt será obligado a esperar seis meses, sin exijir ninguna otra retribución dentro de este término; pero en el caso de no poderle pagar al plazo (sic) estipulado, Binimelis queda obligado a interponer su influjo ante la Municipalidad, para que se le abone a Vicourt el interés del 1 % mensual sobre todo el valor que se le alcanzare (sic) a deber y hasta su total cancelación". Otra comunicación del 15 de mayo de 1861, dirigida a la Municipalidad, solicita la cancelación a la fundición de Maurin y Pezoa que se había preocupado de la colocación e instalación del monumento. Y así podríamos seguir citando viejas cartas y documentos de la época, pero estimamos que con esto basta para dejar perfectamente en claro que el monumento central de la pila de nuestra hermosa Plaza Independencia fue obra del empuje, entusiasmo y arte de don Pascual Binimelis. Nos ha llamado la atención que ninguna de las principales calles de nuestra ciudad lleve su nombre. Pensamos que la Municipalidad debería reparar este olvido dándole a una calle el nombre de Pascual Binimelis Campos, para honrar su egregia memoria y reconocer su gran labor en pro de nuestra querida Concepción.
Una vez terminados los trabajos de la pila e instalado totalmente el monumento, se necesitaba agua para hacer funcionar los surtidores, elemento que en los primeros años se recibía por medio de una cañs; ñería que venía directamente desde el chorrillo llamado "De Martínez" en el Cerro Caracol, donde actualmente se encuentran las instalaciones del agua potable, con frente a calle Caupolicán. Como los vecinos de los alrededores de la plaza no poseían otro tipo de agua para sus menesteres domésticos, salvo la que compraban a los aguateros en las carretas, se proveían en forma muy sencilla del agua que tenia la pila. Don Pascual Binimelis consideró esta situación totalmente irregular y, como una solución práctica al problema, hizo colocar un pilón en cada una de las esquinas de la plaza con el objeto de que la gente se acostumbrara a recoger agua de estos pilones y no de la fuente central. Sin embargo, continuaban sacando agua de la pila, por lo que decidió cercarla con una práctica reja para evitar esta anomalía, reja que, cuando a principios de siglo hubo agua potable, fue trasladada a la plaza Cruz donde se encuentra actualmente. Hasta hace algunos años, vimos uno de los pilones instalado en Puchacay junto a un abrevadero para animales que transitaban desde Florida y de otros pueblos comarcanos hasta nuestra ciudad. Hoy día desconocemos su destino. Referente a la dotación de agua para la pila, incluimos fragmento del oficio de 9 de agosto de 1864 al Presidente de la República solicitando agua para la pila y que en parte expresa: "Como el Municipio no contaba con los fondos suficientes para los gastos que demandaría esta obra, tuvo que apelar a las erogaciones voluntarias de los vecinos, quienes han satisfecho las miras de la Municipalidad suscribiendo una cantidad que se juzga suficiente para llevar a cabo el trabajo. Ha llegado el caso de designar el agua que debe traerse a la pila y se decidió como más conveniente la designación de "Los Chorrillos", que corre por una quebrada del Cerro Caracol que limita este pueblo por el Sur Este. Desde luego, la Municipalidad vio que para emprender los trabajos necesarios era indispensable adquirir la propiedad del retazo de terreno que forma la hoya por donde corre el agua indicada y el cual pertenece en parte a don Guillermo Dartnell y en parte a don Manuel Montané. Con estos caballeros se ha tratado de arreglar un contrato de compra, pero no ha sido posible conseguirlo porque el segundo no reside en esta ciudad ni tiene voluntad de enajenar y el primero tiene su propiedad hipotecada a varias personas y no hay acuerdo entre deudores y acreedores para celebrar el contrato". La nota de don Francisco Fierro al gobierno termina en esta forma: "Teniendo presente las disposiciones contenidas en el artículo 835 del Código Civil y el artículo 12 de la Constitución Política de 1833, nos ponen en el caso de solicitar la expropiación por causa de utilidad pública del terreno a que hemos hecho referencia. Para que esto tenga lugar, acuerda la l. Municipalidad dirigirse a V.E. solicitándosele al Congreso un proyecto de ley que esté concebido en esta forma: Artículo 1: Se declara de utilidad pública y para mejor proveer de agua a la pila de Concepción, los retazos de terreno que en el Cerro Caracol pertenecen a los señores Guillermo Dartnell y Manuel Montané, designados en el plano levantado por el agrimensor, don Francisco Fierro T. Artículo 2: No habiendo acuerdo entre las partes para la fijación del precio, se determinará por peritos en la forma establecida por la ley". Como se ha visto, en esta forma se solucionó el tremendo problema que significó, en la época, dotar de agua a la pila de nuestro primer paseo.
Hablar de la Plaza sin mencionar en forma especial sus tilos constituiría un enorme crimen de ingratitud hacia ellos. Los conocimos aún relativamente pequeños. En aquellos años no prodigaban su amplia sombra amiga de hoy, propicia al amor y a las confidencias. Con qué dejo de indisimulada nostalgia veíamos acercarse el otoño, cuando sus hojas, una a una, iban cayendo lánguidamente sobre el pavimento; y con qué alegría retozona y cordial veíamos anunciarse la primavera, cuando de nuevo se vestían de su verde y ampuloso follaje... En su Historia de Concepción Fernando Campos Harriet dice: "A principios del presente siglo, un distinguido caballero de Concepción, de emprendedor espíritu público, don José Tomás Menchaca Sanders, obtuvo de la Municipalidad la autorización y el mandato para dirigir el hermoseamiento de la Plaza Independencia y ordenó su actual diseño y la plantación de los famosos tilos tan característicos de la ciudad". Cuando eso ocurrió era alcalde don Zenón Herrera del Campo. Tampoco olvidaremos el viejo quiosco situado frente a la Intendencia, construido por el prestigioso ingeniero francés don Germán Mahuzier. Tenía dos pisos: en el inferior, alrededor de su eje central, había un banco redondo de cemento para guarecerse en los días de lluvia, y en el superior, el estrado destinado a las tocatas de las bandas militares. Al quedar en malas condiciones en 1939 fue demolido para ser reemplazado por el actual, ubicado frente a calle O'Higgins.
Por Aníbal Pinto estaba la Municipalidad, elegante construcción de estilo francés de fines del siglo pasado; la Corte de Apelaciones y el imponente y hermoso edificio de la Intendencia, de severas líneas arquitectónicas clásicas, que ocupaban toda la cuadra. En los bajos de la Intendencia estaba las oficinas y en los altos la morada de la primera autoridad provincial. Por O'Higgins los famosos Portales, testigos mudos, en los largos días invernales, de tantos idilios y de tantos romances que allí se enhebraron y llenaron de amor nuestra ya lejana juventud... En dichos portales había de todo; en la esquina de Aníbal Pinto, el famoso y prestigioso Hotel Piola, luego Wachter y Piola, enseguida Hotel Wachter, para terminar como Hotel Cecil, dirigido por su gentil propietario don Mauricio Novick. Hubo farmacias tan importantes como la reputada Botica Francesa, de don Enrique Giraud; restaurantes, negocios de frutas, oficinas comerciales y el Teatro Central que albergó en su seno a numerosas compañías de comedias e inauguró en nuestra ciudad lo que se llamó las "tandas vermouth". Allí reímos y gozamos con las comedias que representó en tantas ocasiones la recordada compañía Báguena Bührle, que pasaba en Concepción temporadas de seis a ocho meses consecutivos. Nos emocionaban los dramas de Linares Rivas y las comedias livianas y ágiles, a la vez que románticas, de los Alvarez Quinteros, de Armando Moock, Víctor Domingo Silva y tantos más; y reíamos a mandíbula batiente con las piezas de nuestro folklore, recordando con especial agrado y deleite "Entre Gallos y Medianoche", llenas de sal, gusto y picardía. Al lado del Teatro Central estaba el salón de té Piera "rendez vous" obligado de la juventud de aquellos años de nuestra dichosa mocedad, especialmente en las tardes de tormenta, de frío y de lluvia, ya que, como el salón se encontraba en los portales y éstos eran nuestro refugio al salir del cine, allí terminábamos nuestras alegres tardes de invierno. Más hacia la esquina de Caupolicán había numerosas oficinas comerciales y, por último, emergía el edificio del Banco de Concepción al que mirábamos con mucho respeto, debido especialmente a la hierática y aristocrática figura de su gerente, don Antonio Aninat Serrano. En la esquina, el sobrio edificio del Banco de Chile, de estilo del 900 como otros de la ciudad. Los altos de los portales estaban ocupados por habitaciones de distinguidas familias que, a su vez, eran los propietarios de dicho inmueble, el que desapareció en ruinas durante la aciaga noche del 24 de enero de 1939. Más adelante, en 1951, un voraz incendio culminó la obra que la naturaleza había perdonado. Por Caupolicán estaba El Sagrario, que fue la primera parroquia de nuestra ciudad; la tradicional Catedral, con sus dos torres que fueron dinamitadas a raíz del mismo sismo, y el edificio del Obispado que en el piso bajo tenía algunos negocios como la Sastrería Brieba. Por Barros Arana estaba la antigua y prestigiada farmacia de don Manuel González Lermanda; el Hotel Medici, de un ambiente serio y distinguido, con su gran jardín central ornamentado de hermosas flores y palmeras de denso follaje; el negocio de cigarrillos y cigarros de don Marcos Band y la prestigiosa y siempre recordada Pastelería Palet, sitio donde se consumían los mejores pasteles que se han confeccionado en Concepción. Su salón de té era sobrio, adornado al estilo de la época, con piso de baldosas y mesas de mármol blanco con hermosos manteles, de un ambiente distinguido, donde se urdieron los dulces romances de nuestra lejana juventud. Al respecto, recordemos que durante los años 1915 a 1918, a la hora del té funcionó allí un cine que tenía una pantalla color sepia. Sin apagar las luces del salón, mientras se saboreaban con deleite algunas de las delicias que agradaban al paladar, se miraba de soslayo a las niñas, invariablemente acompañadas de su madre o de alguna vieja parienta, y se solazaba el ojo viendo una película muda de la Bertini, de Perla White o de Sánchez, el precursor de Chaplin. Algunos años después actuó durante varios meses una cupletista española llamada "la Goyesquita", que hacía reír y entusiasmarse al público con los últimos cuplés de moda como "Mi papá es muy malo", "Agua que no has de beber", "Flor de té" y otros. En las noches, alrededor de sendas tazas de café con leche y golosinas que allí nos prodigaban, nos juntábamos tantos muchachos de ese tiempo entre los cuales no podía faltar Amable Larraguibel, con su risa ancha y cordial y con su charla chispeante, y tantos más que ya se han ido para siempre. A veces hasta las dos o tres de la mañana practicábamos una sana y espiritual bohemia, charlando, comentando sobre la vida que ante nosotros se iba abriendo, sin que pudiéramos sospechar ni adivinar nuestro porvenir; pero, siempre llenos de ilusión y de ideales. En esas inolvidables noches de nuestra lejana bohemia hablábamos también de literatura, de arte, de historia y hasta de filosofía. Donde se encuentra hoy el Centro Español estaba la Casa Grinun y Kern, especializada en artículos de música, partituras e instrumentos de la mejor calidad; la de Arretchea, prestigiosa suelería de artículos de cuero fino, y en toda la esquina, ocupada hoy por el Edificio Pedro de Valdivia, estaba la Casa Cartens, donde se podía encontrar finas telas, artículos de tocador, hermosa lencería y ropa interior para damas, de la mejor factura y primor. En el solar que ocupa el Hotel Ritz había un edificio de dos pisos; en el primero estaba la tienda Bustos y Mendiburo y en el segundo la casa habitación de la propietaria de todo el inmueble, doña Micaelina Gana viuda de Gana. Dicha casa tenía la característica de estar circundada en el segundo piso por una gran galería saliente de vidrios, que daba tanto a Aníbal Pinto como a Barros Arana y donde, en las tardes, desde algún banco de la plaza, podíamos ver a la respetable señora paseándose mientras repasaba devotamente las cuentas de su rosario. Sólo nos quedaría por recordar las retretas dadas por la Banda del Regimiento Chacabuco, tres días por semana en las tardes y los domingos por la mañana, que eran el solaz de los penquistas, así como la plaza era el paseo obligado de todos, ancianos y jóvenes. Cuando niños, acompañados de nuestra querida nana, Encarnación Riffo -a quien en nuestra medía lengua mi hermana y yo llamábamos cariñosamente "Nonón"-, era una costumbre, en las hermosas tardes primaverales, llegar hasta el tradicional paseo y pulmón central de la ciudad. Al encontrarnos allí nuestra primera inquietud de niños era ir a ver la pileta donde los graciosos peces rojos en medí o de sus idas, venidas y revoloteos, producían nuestro mayor regocijo y atracción. Para la Nonón no era problema llevamos a contemplar este espectáculo inolvidable, pero le era difícil, al aproximarse la hora de once, poder sacarnos de nuestro ensimismamiento en este siempre nuevo espectáculo de la vida de estos pececitos de color. ![]() Municipalidad de Concepción ![]() Plaza Independencia a principios del siglo XX (UBB) |