Según la tradición, el origen del vocablo Lota sería, en lengua vernácula, "louta" que significaría "pequeño lugar" o "caserío insignificante", que primero estuvo ubicado en las playas riberanas de la caleta de Colcura que fue denominada Andalién. El traslado a su actual sitio se efectuó en tiempos del gobernador Porter Casanate, quien, por medidas de seguridad militar, decidió instalar el fuerte un poco más al norte de su ubicación inicial, en una ladera al sur de la actual ciudad, punto aún designado como "asiento del viejo fuerte".     La ciudad fue fundada en septiembre de 1662 por Angel Peredo quien, el 15 de octubre de ese año, en una parte de su carta al rey de España, le escribía: "Esta nueva población a que se ha dado el nombre de Santa Maria de Guadalupe, es de tan relevantes cualidades que parece se ruzo y se formó de propósito para el intento". Sólo años después perdió el nombre que le dio Peredo y se siguió denominando Lota hasta nuestros días. Respecto al puerto de Coronel, su designación proviene del coronel español Miguel Gómez de Silva, quien residíó alli durante los primeros años de la Conquista y cuyo escudo en piedra labrada, de 1598, fue transferido hace muchos años al Museo de Concepción.     Desde el punto de vista industrial, Lota adquirió su prestigio como ciudad minera desde 1852 por los trabajos allí iniciados por el pionero del carbón chileno, Matías Cousiño, durante el gobierno de Manuel Montt. Como esta crónica no está dedicada a destacar las labores mineras, iniciadas hace más de un siglo, nos referiremos a Lota como sitio de turismo y lugar de elección donde los penquistas del siglo pasado y de los primeros años del presente solian pasar su lu:na de miel en el prestigiado y hoy desaparecido Hotel Comercio. Este era de propiedad del ciudadano belga Carlos Bivort, quien, en 1910, trasladó su residencia a Concepción donde tuvo el recordado Casino Bivort, en Barros Arana entre Aníbal Pinto y Colo Colo, famoso por su buena mesa y la distinguida atención en su bar y comedores.     Los jóvenes habrán de preguntarse qué atractivos podía tener Lota para que las parejas decidieran pasar allí su luna de miel... Trataremos de dar respuesta a esta interrogante díciendo, en primer lugar, que desde 1888, una vez terminado el puente ferroviario del Biobío, el ferrocarril a Curanilahue llegaba sólo hasta Lota. Años después se completó su recorrido. Pero como se habrá de comprender no era éste el motivo del viaje mencionado a la ciudad minera, sino las atenciones y el destacado servicio que prestaba el Hotel Comercio que, sin ser un establecimiento elegante y lujoso, estaba dotado de las comodidades que sus propietarios prodigaban a su clientela. Además del hotel, lo que atraía a las parejas a Lota era el famoso parque que, aun hoy día, constituye un maravilloso sitio de atracción por sus bellezas naturales y la vista que allí se goza, como también por los hermosos y bien delineados jardines con flores de díversos tipos, y sus innumerables obras de arte.     Algunas palabras acerca del parque. En 1862, desde que Luis Cousiño Squella tomó la dirección de la mina -al fallecimiento de su padre, don Matías-, se dedicó a delinear y a construir el parque, que alcanzó su época de oro en 1898, con la colaboración, entusiasmo y gusto artístico de su esposa Isidora Goyenechea. A instancias de este matrimonio, el parque fue diseñado y plantado en 1870 por el técnico británico Mr. Bartlet. Años después, en 1881, se hizo cargo de estas labores el jardínero irlandés Mr. O'Reilly, a quien le tocó hacerse cargo de la plantación de los hermosos y variados árboles que impresionaban al turista.     Pero no sólo plantas, flores y árboles pueblan las catorce hectáreas del parque sino también hermosas y delicadas obras de arte. Entre éstas podemos recordar a Diana la Cazadora, Venus Saliendo del Baño, del francés Allegrain; Caupolicán, de Nicanor Plaza; Neptuno y Amphytrite, Hipómenes y Atlanta, el Niño de la Espina, el Niño del Cordero, el Fauno y su Flauta, y tantas más, todas de gran valor y belleza. Además, existe allí un faro, el puente colgante Isidora -que fue destruido en 1891 al pasar corriendo por él un grupo demasiado numeroso de soldados-los quioscos árabe y chino, un observatorio meteorológico, la gruta de los espejos y la hermosa y señorial escultura sepulcral de Carlos Cousiño.     Por esta somera y rápida descripción del parque se podrá comprender la razón por la cual los viejos penquistas elegían este sitio de tradicional hermosura y de paradisíaca tranquilidad para los días inolvidables de la luna de miel. Cada vez que visitamos el parque le encontramos un nuevo encanto y nos duele que sean tan pocos los penquistas que llegan hasta él para aprovechar las horas libres de los dias sábados y domingos y deleitarse ante la naturaleza y la hermosura del sitio.     Alli hubo, además, una hermosa residencia, pero sus propietarios decidieron hacerla demoler para construir en su lugar un verdadero palacio. Para ello, en 1885, contrataron al distinguido arquitecto Eduardo Fehrmann, quien también construyó nuestro re-cordado Teatro Concepción, el Teatro Victoria de Val paraíso, la antigua Casa Gleisner,la hermosa residencia del Dr. Aichel, que después fuera el Club Alemán; la mansión de la Quinta Sofía y el Castillo Sofita en Pedro de Valdivia. Diremos, además, que Fehrmann fue el suegro del presidente Juan Esteban Montero.     Dicho profesional estuvo a cargo de los trabajos hasta 1888, fecha en que terminó su contrato debido a que el estilo que empleó para las cuatro fachadas del palacio no satisfizo el gusto de sus propietarios. De modo que Luis Cousiño hizo venír desde París al destacado arquitecto francés Abel Guérineau quien, en poco más de dos años, dio término a la obra, modificando los planos de las fachadas y ocupándose de adornar el interior con hermosos y artísticos artesonados de madera, decorados con gusto y primor. A pesar de haberle dado una feliz solución al problema, éste se lamentaba de no haber ejecutado la obra desde el principio.     De Francia se trajeron hermosas chimeneas en madera tallada por hábiles artesanos, una de las cuales, así como uno de los primorosos zócalos, fueron obsequiados por la Compañía Minera al Club Concepción luego del sismo de 1960 que destruyó el palacio. Todo el mobiliario fue, también, traído de París, pero lamentablemente doña Isidora no pudo gozar de su residencia, ya que al terminarse ésta en 1898 ella falleció en Europa, y el palacio fue destinado a las oficinas de la empresa hasta su destrucción en 1960. Recuerdo una curiosa anécdota de principios de siglo ocurrida en Lota. En 1914, antes de la apertura del Canal de Panamá, era costumbre que las compañías teatrales llegaran a nuestro país por el Estrecho de Magallanes, desembarcando en Coronel, entonces gran puerto comercial. De ahí que los penquistas gozaran del privilegio de escuchar las óperas antes que los santiaguinos, en el Teatro Concepción. Durante una de esas temporadas, el tenor de una compañía italiana que actuaba en nuestra ciudad -personaje de carácter difícil y neurótico-, una tarde en que tenía el papel principal decidió no cantar y, sin decir "agua va", tomó el tren y se dirigió a Lota; por lo que, lógicamente, hubo que suspender la función de la noche, con las consiguientes molestias para el administrador del teatro y el público que se había abonado al espectáculo.     Al dia siguiente se supo en nuestra ciudad que Aramburu -así se llamaba el artista en plena noche y desde una de las ventanas de su habitación en el Hotel Comercio, hizo las delicias de quienes tuvieron la suerte de escucharlo en la romanza de Rotoli "La Mia Bandieira". Esa noche, el distinguido vecino penquiSta José del Carmen Campos y su esposa tuvieron el placer de oírlo, pues se encontraban en luna de miel en dicha ciudad.
    San Vicente, quién lo creyera al ver al puerto que, a fines del siglo pasado y en los primeros quince años de la presente centuria, fuera una de las playas preferidas de los penquistas, transfonnado en un importante centro industrializado de la región. Para llegar allá no existía el actual camino viejo, que sólo data de 1931; menos, por consiguiente, la autopista. Por eso, el viaje sólo era posible por medio de los tranvías eléctricos interurbanos, de los cuales hablamos anterionnente. El trayecto continuaba pasando frente a numerosos fundos, entre éstos los de las familias Brañas, Arce, Méndez y otros, hasta enfrentar la interminable calle Colón. Finalizaban su recorrido en el límite de esta calle que entonces se hallaba cortada por la línea férrea de Talcahuano a nuestra ciudad.     Al llegar al punto final del viaje se debía tomar otro arcaico medio de locomoción, los "carritos de sangre" que hacían el trayecto entre Talcahuano y San Vicente por Avenída Latorre, corriendo paralelamente a la línea del tren. Pasaban bajo el puente de arcos que Alejandro Reyes Pérez inmortalizó en uno de sus hermosos poemas y que el dinámico Alcalde de Talcahuano, Eugenio Cantuarias, tuvo la ocurrencia de ampliar, duplicando su calzada sin necesidad de eliminar totalmente la morfología de la obra de albañileria de fines de siglo pasado. A medio camino era menester detener el "armatoste" para proceder a cambiar de caballos y proseguir hasta el balneario. Los "carritos de sangre" eran unas verdaderas góndolas con asientos de madera, tremendamente inconfortables y sin vidrios para defenderse del viento o del sol, sólo unos sucios cortinajes que algo disminuían las inclemencias telúricas. La linea de estos carritos no era de las mejores; su aspereza y los baches producían, en muchas ocasiones, el descarrilamiento de este primitivo pero útil medio de transporte, pero sin peligro para los pasajeros quienes debían bajarse y esperar hasta que el auriga, con la ayuda de los jóvenes de buena voluntad y el esfuerzo de los caballejos esmirriados y flacos, lograba colocar nuevamente el carrito sobre el riel. Los pasajeros subían y se reanudaba el interrumpido viaje, constituyendo este intrascendente percance un motivo de entretenimiento y de alegres comentarios para nosotros, niños entonces. El terminal del recorrido de estos carritos quedaba frente al imponente edificio del Gran Hotel, ubicado en Avenida Latorre, en San Vicente, al pie del cerro y con una maravillosa vista al mar.     Otro medio de llegar hasta San Vicente era por ferrocarril, directamente desde Concepción. En la estación Arenal había un desvío y los pasajeros bajaban, más o menos, en el sitio donde actualmente están los estanques petroleros de las firmas comerciales dedicadas a esos rubros. No Olvidaremos consignar que la playa se extendia en círculo y que entonces no existía la CAP ni ningún establecimiento industrial, salvo en las cercanías de la playa de Lenga donde había una fábrica de sardinas en conserva, de Solá Hermanos, que creo fue la primera en instalarse allí.     Pero las generaciones jóvenes se preguntarán ¿por qué fue San Vicente, alguna vez, playa de moda? Nos explicaremos. Ya hemos dicho que no había ninguna actividad fabril, salvo la señalada. En Avenida Latorre, que lleva al actual puerto comercial, a unas dos cuadras, más o menos, antes de llegar a éste, existió el famoso y prestigiado Gran Hotel Ross, del padre del politico liberal don Gustavo Ross Santa María, exministro de Hacienda y excandidato a la presidencia de la República. El hotel era un gran edificio de dos pisos, de un color amarillo claro, provisto de amplios y elegantes comedores, salones de baile, salas de juego, y protegido por claras vidrieras. En el piso superior estaban las habitaciones con una hermosa vista sobre la bahía desde donde se podia ver, de tiempo en tiempo, pasar los botes a remo o los veleros de los pescadores artesanales. Además, para las personas de edad, había un establecimiento de baños de mar calientes que, al decir de los ancianos de la época, eran muy saludables para ciertas dolencias.     AlIado del hotel, en dirección hacia Talcahuano, existía un hermoso y bien cuidado parque que, desde una gran superficie plana limitada por una artística reja de fierro y con primorosos jardines, llegaba hasta el cerro al que se ascendia por numerosos y pintorescos senderos a través de una lujuriosa vegetación. El hotel fue declinando poco a poco, al irse transformando San Vicente en puerto pesquero e industrial. Dejó de funcionar y hace algunos años fue ocupado y transformado en Escuela de Pesca. El parque desapareció porque el cerro donde estuvo su zona más hermosa fue ocupado para viviendas. De todo este pasado sólo queda para los viejos penquistas un dulce y romántico recuerdo.     Pero nos atrevemos a decir que el propietario del hotel, da.n Agustín Ross, con una visión del futuro fue, quizás, uno de los pioneros de los actuales moteles, ya que al final del parque, por Avenida Latorre, hizo construir pequeños chalés de veraneo que se arrendaban amoblados por la temporada. Aún quedan algunas ruinas de lo que fueron estos elegantes y tan solicitados moteles del ayer. Frente al actual malecón, donde desembarcaban su mercadería los pescadores, en el sitio en que se encuentran los grandes estanques para el petróleo, estaba la ancha y vasta playa para los bañistas. Así como en Penco, había dos muelles con sus respectivas casetas, una para varones y otra para damas. El rito del baño era similar en ambos balnearios.     Numerosas familias de la región y de Santiago poseían allí cómodos chalés de veraneo. Aún quedan restos de uno de madera que simula un castillo y que perteneció al notario de Concepción, don Víctor Vargas. Según me han contado en Talcahuano, hoy dia la gente lo considera un castillo encantado y sólo quedan de él restos de su antiguo esplendor.     Cuántos gratos recuerdos conservamos de esta gran playa de arena negra y áspera, sí como de su pronunciado declive que la hacía peligrosa para nosotros cuando niños; alli gozamos en los días de sol y viento sur, jugando con nuestros baldes y palitas de metal, haciendo, con insólitos esfuerzos, castillos de arena con almenas y troneras, para ue luego, tras tanto trabajo, una ola traicionera derribara en menos de un segundo la bra donde pusimos tanta fantasía y tanto amor.     Más adelante, desde el año 1920 más o menos, ya muchachos, y cuando el viejo hotel vino a menos por la competencia de las playas de la zona central y por la transforma:ión fabril de San Vicente, íbamos los domingos por la tarde a bailar en lo que aún luedaba del pasado brillante de fines de siglo.     Pero no sólo San Vicente nos recuerda cosas del ayer sino también el puerto de Talcahuano, con sus hermosas muchachas tan gentiles y tan artistas, que venían a Concepción, año tras año, a alegramos y a formar parte espiritual de las veladas bufas de la Fiesta de la Primavera: las Casadio, las chiquillas Peláez, Ester Reino; las chiquillas Armstrong. Espinoza. Campos. Laplace y tantas más. hermosas representantes del puerto de Talcahuano. Hoy día, ellas ya son madres, suegras o abuelitas, y otras ya no están con nosotros.     Pero, además, San Vicente con sus romances,su hermosa playa, sus parques de leyenda y sus paseos de ensueño; y Talcahuano con su isla Rocuant, sus instalaciones navales, el Apostadero y la ciudad, guardaban en su interior verdaderos valores intelectuales. Por ello, no podríamos olvidar en esta ocasión al gran poeta y Premio Nacionalde literatura, Diego Dublé Urrutia que, sin ser oriundo de Talcahuano, afincó aqui una parte importante de su vida y de su poesía dedicada a este puerto, que es una de las mejores de su producción. No olvídaremos tampoco a Guillermo von dem Busche, Claudio Molina La Hitte, a Gastón y Carlos von dem Busche, ya la fina y delicada mujer y poetisa de Talcahuano, tan olvidada hoy día, María Rosa González. Gastón, con su hermoso poema "Talcahuano" dedicado en homenaje a sus padres y a esa mujer admirable y fina que fue María Rosa.     Todo esto se perdió con el modernismo, la mecanización y el adelanto técnico. En 1973, Gastón von dem Busche escribía lo siguiente en un medular artículo: "La poesía...creció secretamente, como casi un dolor solitario, casi como placer vicioso. Vino el paso formidable del Talcahuano que, remecido por los terremotos telúricos y sociales, convierte a San Vicente en puerto ballenero y Escuela de Caza y Pesca y decapita sus parques novacentistas. El parque de Tumbes rueda abandonado a su propia soledad, haciéndose acaso aun más bello en su memoria, en la autoevocación de voces, figuras e historia, que como tiernos y esbeltos fantasmas pueblan aún el día y la noche marina de esa lengua de tierra, que es como una lengua de la poesía. En ella y por ella, solo habló corno si fuera su propia cuerda el gran Diego Dublé Urrutia". Por nuestra parte, si hemos de recordar no olvidaremos tampoco lo que se contaba del castillo encantado, los tristes tuguríos, los sórdidos bares del puerto; las alegres noches de parranda, de bohemia, de zambra, de locura y de vino, que aparecen nuevamente al abrir ante vosotros el ágil y dulce telón de los recuerdos juveniles que llenaron una porción enorme de esa edad en que se es romántico y se es eminentemente espirítual.     Del tiempo que escribo no se hablaba de Tomé, Dichato, Playa Blanca, Laraquete o Chivilingo; esto es del presente. Y cuando relatamos estos recuerdos a las muchachas de hoy, a pesar del empeño que ponemos en ello, no nos creen. Estimamos que, hasta cierto punto, tienen razón, ya que sin haberlo visto ayer, nadie podría pensar hoy que el actual San Vicente -puerto comercial e industrializado, sucio, maloliente y pleno de movimiento de embarcaciones y de camiones, a la vez que de un abigarrado mundo de negocios- fuera en el pasado una playa de moda de gran atracción que pasó a convertirse en un complejo industrial de primera magnitud.
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