CLUB DE REGATAS" ARTURO PRAT"
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    Durante el curso del año 1901, se fue materializando, poco a poco, en el ánimo de un reducido grupo de caballeros y jóvenes de la época, la idea de fundar un club de regatas. Tras largas jornadas de charlas para conseguir la cristalización de estos anhelos, don Francisco Garri, miembro de la colectividad italiana, alma y motor de esta campaña, sólo pretendía empezar modestamente con la formación de una sociedad náutica cuyo principal objetivo sería el de crear y fomentar en la juventud de Concepción el entusiasmo por todo tipo de deportes acuáticos. El grupo que siguió y colaboró con el líder de esta empresa debió, en primer lugar, elegir el sitio apropiado para las actividades que pensaba desarrollar.
    Talcahuano estaba lejos y se consideró inadecuado; además, no había facilidades de locomoción hasta el puerto, lo mismo que a Penco, y la Laguna Redonda era demasiado pequeña. No se podía contar con las lagunas de San Pedro por razones similares. Después de argumentos y discusiones en pro y en contra de estas posibles sedes del futuro club, surgió la idea, que se hizo realidad, de crearlo en la tradicional laguna Las Tres Pascualas -entonces hermoso paraje, pleno de una lujuriosa y exuberante vegetación, rodeada de románticos sauces y ubicada al pie de una colina desde la cual emergía la hermosa y elegante residencia del caballero francés, don Adrián Harán, propietario del Hotel Harán y de una prestigiosa casa comercial. La casa de don Adrián era tan majestuosa que mereció, de parte de los penquistas, el epíteto de "castillo Harán"; allí vivió la familia, dentro de un ma rco de severa elegancia y distinción, hasta fines de 1919, fecha en que trasladó su residencia a Francia. Por ser los mios muy amigos de los Harán, en numerosas ocasiones nos reuníamos en el parque señorial de la lujosa mansión.
    Luego los años pasaron y como, al decir del poeta, "irse es morir un poco", no supimos más del destino de las hermosas lolitas Harán. El 26 de septiembre de 1901, el entusiasta grupo de caballeros y jóvenes chilenos, italianos y franceses, capitaneados por Francisco Garri, se reunió para constituir, de una vez por todas, la Sociedad Náutica, cuya finalidad principal sería la de formar equipos de boga y efectuar competencias de regatas. Como una forma de materializar la idea,el organizador de tan laudable iniciativa facilitó el bote "Liguria", de su propiedad, para los entrenamientos previos. En esta primera reunión se constituyó el directorio provisional y el 13 de octubre del mismo año se acordó crear, en la laguna Las Tres Pascualas, el Club de Regatas "Arturo Prat".
    Como todas las iniciativas privadas de nuestra ciudad, en sus primeros años el club tuvo épocas de auge y esplendor y otras de marcada depresión y derrotismo, porque, tal vez, no se daban las condiciones para este deporte. La juventud prefería la comodidad, los paseos al Cerro Caracol, los pololeos en la Plaza, más que llegar hasta la laguna para practicar el remo y estar en contacto con la hermosura natural de sus riberas y prados, plenos de sauces y flores. El entusiasmo y sacrificio de los organizadores no desmayó en la empresa que habían iniciado plenos de optimismo y su esfuerzo no decayó en instante alguno; al contrario, frente a la apatía ambiente, se dedicaron a hermosear el local, organizaron competencias deportivas, fiestas de beneficencia y reuniones sociales. Así, poco a poco, fue prendiendo la chispa que los pioneros de esta obra, con marcado temor, habían tratado de atizar.
    Como en esos años las carreras ciclísticas tenían numerosos adeptos, en el mismo recinto se construyó un hermoso velódromo en el que se llevaron a efecto memorablescompetencias entre los ciclistas de Concepción y de otros puntos del país. En más de una ocasión oí hablar a mi padre, con entusiasmo y fervor, de este deporte que mucho le gustó practicar en su juventud. Me eran familiares los nombres de Felipe Barthou, "el gran campeón", Aigneren, Lacoste, Goyeneche y de otros de sus amigos. En mi casa paterna había una hermosa colección de fotografías de la época que, desafortunadamente, los sismos de 1939 y 1960 hicieron desaparecer entre las ruinas. En esta forma, se creó un valioso equipo que se hizo famoso por las competencias ciclísticas en el velódromo del Club de Regatas "Arturo Prat".
    Luego se construyeron confortables tribunas techadas y un casino que, sin ser elegante, era acogedor, cómodo y de gran movimiento. Alcanzamos a conocerlo allá por los años 1930 a 1935, cuando era atendido por el francés M.L. Vergés, excombatiente de la Guerra de 1914-1918, que nos mostraba con orgullo el casco que lo acompañó en las trincheras. Numerosas regatas le confirieron nombradía y prestigio al club. Hoy en día, desgraciadamente, la legendaria y tradicional laguna Las Tres Pascualas está saturada de feas plantas acuáticas, sus árboles han desaparecido, de sus prados y jardines noqueda nada y el velódromo es sólo un recuerdo del ayer.
    A partir de 1905, el directorio dotó al club de modernas embarcaciones para dos, cuatro y seis remeros, siendo sus botes bautizados con los nombres de "Prat", "Aldea", "Blanco", "Cochrane", "Lynch" y "Condell". Cada uno de ellos contó con su ceremonial de bautizo y con sus madrinas. Así pasaban los años y el club tuvo sus épocas de gloria y esplendor. Su directiva, consciente de que no todo el público que concurría a la laguna era deportista, dotó al club de cómodas embarcaciones de paseo, con lo que contribuyó al solaz y alegría de los viejos penquistas. Además del deporte del remo, se organizó una sección de esgrima que tuvo nwnerosos cultores y don Isidoro Bernasconi, con su gran alma de artista, creó la de drama, música y coros. Completaron su dotación el tiro al blanco, juegos atléticos, aparatos de gimnasia y canchas de bochas, juego de gran aceptación entre los italianos. No podemos olvidar un acontecimiento de profundo relieve y honor para la institución, la visita que, en marzo de 1908, le hiciera el Presidente de la República, don Pedro Montt; su señora, doña Sara del Campo, y numerosos personajes oficiales de gobierno y autoridades de la provincia. En esta ocasión se designó a don Pedro miembro honorario de este club.
    Durante la Primera Guerra Mundial, a principios de 1918, las colonias francesa, italiana, inglesa y belga residentes, efectuaron allí una gran kermesse con el fin de reunir fondos para ayudar a las víctimas de la guerra, es decir, viudas e hijos de los combatientes desaparecidos en esa cruel carnicería.
    Poco a poco, la institución fue declinando. De los hombres que le dieron vida, algunos habían desaparecido y otros se alejaron de la ciudad. El fútbol atrajo toda la preferencia del público y, así, se fueron destruyendo sus instalaciones, cayeron las tribunas, el velódromo se llenó de malezas, fue muriendo la hermosa laguna; el castillo Harán, que le servía de telón de fondo, cayó con los sismos. El viejo Club de Regatas, que otrora fuera orgullo de los penquistas de comienzos y medíados de siglo, es hoy un grato recuerdo de los hermosos dias en que el deporte y las distracciones hicieron del recinto un sitio de agrado.
    La antigua tradición de Las Tres Pascualas que se enamoraron del mismo galán y que románticamente hundieron su amor en el fondo de las verdes aguas de la laguna, es un mito más que la ciudad no fue capaz de seguir conservando. Nos preguntamos,¿existirá algún procedimiento para limpiar la vieja laguna y tratar de conferirle su antiguo esplendor? "Sic transit gloria mundi".




Museo Pedro del Rio Zañartu
Museo Pedro del Rio Zañartu

Tribunas Club de Regatas Arturo Prat, Laguna las Tres Pascualas
Tribunas Club de Regatas Arturo Prat, Laguna las Tres Pascualas

Regatas en Laguna las Tres Pascualas
Regatas en Laguna las Tres Pascualas

Laguna las Tres Pascualas
Laguna las Tres Pascualas





NUESTROS VERANEOS EN CHIGUAYANTE
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    Del mundo de mis gratos recuerdos de la niñez, cómo olvidar los placenteros meses de verano pasados en la vieja y pobrísima aldea de Chiguayante. Debo pedir perdón a sus actuales moradores porque voy a relatar algo de una evocación que surge a través de los años transcurridos entre 1914 y 1920.
    El caserío chiguayantino de esos años ."el mundo" chiguayantino, como diría Víctor Solar-, era una larga calle que se iniciaba desde la fábrica de ladrillos de un señor Cruz, creo que de nombre Francisco; luego estaba la quinta de don Arturo Sandoval, después de la sucesión de don Pedro Medina, y su límite hacia el sur estaba formado por la estación de los ferrocarriles que está exactamente igual que entonces, siempre con su bajo edificio de madera, descuidado, feo y, como si esto fuera poco, pintado de gris. Desde la estación y casi frente a ésta se iniciaba el fundo de don Víctor Rodríguez de la Maza y hacia el río la fábrica "Clúlean MilIs", de hilados de algodón, actualmente"Caupolicán", con algunos pequeños "bungalows" de madera, pintados de verde en las ventanas y puertas blancas, rodeados de primorosos jardincitos pequeños y bien cuidados, para los funcionarios principales. El resto del terreno era un desierto y árído arenal donde sólo crecía ubérrimamente el orégano, que se ~portaba, y desde allí hacia Hualqui había un camino rural con poquísimas construcciones, hasta llegar al fundo de don Luis David Cruz Quintanilla, al borde de la línea férrea. Volviendo hacia el norte estaba la fábríca de blocks y sobres de Schaub, con su vieja casa administración de corredores y pilastras, que aún funciona; la quinta y lechería de don Salustio Bastidas; la chacra del francés don Pedro Blancaire, y la dellegendarío Caupolicán Gabler, el famoso"don Capo".
    La "única calle que recorría la villa de norte a sur era un solo arenal desde el principio hasta el final y, como una débil muestra del progreso urbano de la época, las veredas estaban limitadas por viejos durmientes en desuso y recubiertas de maicillo. AlIado de la fábrica de calcetines del Sr. Jenzen, donde hoy está la plaza del pueblo, este caballero tenía un críadero de caballos finos para montura y de carrera. Hace algunos años esta fábrica fue devorada por un incendio. Entre los viejos vecinos estaban el distinguido caballero gallego don Lauro Vásquez y su hermana, la señoríta Adelaida, quienes tenían una hermosa quinta muy bien cuidada y provista de esplendorosos jardines adornados de cipreses recortados artísticamente simulando acertadas figuras. La gran quinta de don Eladío Sobrino y su familia compuesta de su dístinguida esposa y de sus rujos -creo que eran siete, de los cuales Leonor y Luz fueron nuestras amigas de juegos y bromas infantiles-, el tio Epifanío, a quien llamaban cariñosamente el tio "Pifas", y otro tio por parte de madre, don Antonío; la quinta era enorme y llegaba hasta el cerro donde se podía ascender por pintorescos caminítos. La quinta de un descendíente de francés, un señor Lerdon; la de la familia Dempster, siempre bien cuidada y con hermosos prados de tipo inglés. De los poquísimos negocios de entonces recordamos "El Náufrago", del ciudadano español Quintana, quien relataba que le había dado este ombre porque, al venír de su patria a América, el barco que los traía naufragó y él, ntre otros, salvó milagrosamente la vida; "La Quíncena", de la familia Macher, y el almacén de un señor Sanfuentes. Viníendo hacia nuestra ciudad, alIado izquierdo frente a un estero que desembocaba en el Biobío y hoy desaparecido, estaba la lechería de don Juan Hernández, donde íbamos por las mañanas a tomar "leche al pie de la vaca", luego seguía el famoso frutillar de la familia Roncagliolo.
    El camino entre nuestra ciudad y el víllorrío de Chiguayante era escarpado y en pésimas condíciones de transitabilidad, sólo apto para carretas y jinetes; de modo que el único medio de comudicación entre ambas localidades era el ferrocarril por medío de n tren local que, partiendo de la estación central, tenía su primer paradero en Pedro e Valdívia, luego en Lonco, de ahí a Cruguayante -los paraderos Caupolicán, Colón y la estación- y, como término del recorrído, Hualquí, pasando por la Leonera.
    Mis lectores habrán de preguntarse a qué viene esta descripción del viejo villorrio y de algunas de sus más tipicas características. Me explicaré. Mi padre ruzo construir allá un chalet y desde 1914 a 1920, año en que lo vendíó, pasamos ahí los días más placenteros y alegres de nuestra níñez y mocedad, desde que finalizaban las clases en diciembre hasta que se reanudaban en marzo. El chalet, que aún exíste, está ubicado frente donde estuvo la fábrica de calcetines de Jenzen. Tenía una bolita reja de madera y ladrillos, luego una avenída de tilos que llegaba hasta la casa cuya puerta de acceso la constituía una escala central de cemento. A ambos lados de este pequeño vestibulo había dos "bow windows"; la de la izquierda correspondía al comedor, la de la derecha, al dormitorio de mis padres. Tenía un alto hall central que límitaba al fondo por una galería transversal y a ambos costados estaban nuestros dormitorios y el de la abuelita con la tia. En edíficación aparte estaba la cocina.
    El sitio de la quinta llegaba hasta la línea férrea y en el bajo había un pozo con un molino de viento que subía el agua hasta el estanque de captación y almacenamiento para el uso doméstico y para el riego. En un rincón del sitio estaba la casa del cuidador, elviejo y recordado don Cayetano. Nuestra nana, Encarnación Riffo, a 'quíen cariñosamente llamábamos "Nonón", gran amiga de los anímales, se dedícaba a criar torcazas y las "ahuachaba". Como ruja del campo, era una diestra amazona y cuando mi primo Enrique Lélurent me regaló un hermoso caballito "huiliche" mi nana me enseñó a montar y gracias a sus lecciones no fui tan mal jinete. En muchas ocasiones yo a la montura y ella al anca, pasábamos veloces a todo galope levantand~a polvareda de los mil demonios por la calle "asfaltada" sólo de arena suelta, en el víejo pueblo de mis recuerdos.
    El papá debía salír por las mañanas a su trabajo en el tren local y no regresaba hasta la tarde, siempre lleno de paquetes, porque entonces era poco el surtido que en Chiguayante se podía obtener, especialmente en los rubros alimentarios, carne, pescado, mariscos, etc. Como teníamos un hermoso ejemplar de perro "San Bernardo" la nana discurrió hacer una pequeña carreta de dos ruedas, y con arneses de su invención uncía al perro que le obedecia ciegamente; dentro de la carreta iba mi hermaníta cómodamente sentada entre almohadones. Una tarde fuimos al paradero Colón a esperar al papá en una caravana graciosísima: yo, montado en mi caballito "huiliche"; mi hermana en la carreta tirada por el gran perro; encima de uno de los palos de la carreta, una torcaza domesticada por la nana, llamada "Peta" y que le obedecía, y, como si todo esto fuera poco, un chanchito de color bayo, que la "Nonón" también había logrado domesticar, seguia el triunfal séquito en pos del famoso paradero Colón. i Mejor nunca lo hubiéramos hecho!... Mi padre venía acompañado de varios vecinos de la localidad quediariamente hacían el mismo viaje, y al ver este mini-zoológico o mini-circo barato de tantos y tan pocos animales de distinta especie, caballo, perro, torcaza y chancho, se puso furioso y no pudimos repetir este grandioso safari triunfal.
    Veraneaba con nosotros Eric Giles, un muchachito un poco menor que nosotros, muy simpático, hijo del sastre de la Casa Charpentier cuyo jefe era mi padre. Entre los tres, mi hermana, Eric y yo, una tarde decidimos entretenemos jugando al circo con nuestras amiguitas Leonor y Luz Sobrino y otros muchachos cuyos nombres no recuerdo, en una pista de arena al fondo de la quinta. Con la torcaza, el chancho, el perro y el caballo, nos creíamos, dentro de nuestra alegre fantasía infantil, el Circo Corales completo; pero, como la relativa blandura de la arena no disimulaba del todo el ardor de los costalazos de los improvisados acróbatas, decidi ir a la pieza de la "Nonón" y de allí saquí, sin que ella me viera, su viejo y mullido plumón y sobre él hicimos las piruetas más inverosímiles. Todo anduvo bien hasta la hora de llamarnos a tomar té; la pobre nana vino a buscarnos y casi le provocó un infarto, a ella que era tan limpia, pulcra y cuidadosa, ver su querido plumón que además de las plumas de su interior llevaba ahora una densa capa de arena por fuera. Ver el espectáculo y correr en pos de mi madre para acusarnos por tal desaguisado fue una sola cosa. Desde entonces tuvimos que dejar de dedicarnos a artistas de circo y si alguna vez más lo hicimos fue naturalmente sin ocupar ni por broma el plumón tan querido de la recordada nana.
    Así podría seguir evocando episodios alegres, llenos de emoción y de inocencia de esos viejos años, que sin quererlo transcurrieron tan apresuradamente. Cada vez que paso por Chiguayante no puedo menos que mirar con cierta nostalgia nuestra vieja casita de veraneo y, en más de una ocasión, he tenido deseos locos de llamar a su puerta y pedir permiso a sus actuaes propietarios para dar una vuelta por ella y por la quinta,para rememorar nuevamente esos años pasados. Quizás algún dia me atreva a hacerlo...Veo, a través de la nebulosa de mis recuerdos, la quinta de don Lauro Vásquez, la gran casona de dos pisos de don Eladio Sobrino, la quinta de los Macher, el almacén "El Náufrago", la vieja casona colonial del fundo de don Víctor Rodríguez. También, los restos que quedan, como mudo testigo del pasado, de la lechería de don Juan Hernández; la capilla de la quinta de don Domingo acampo donde los domingos oíamos misa oficiada por el padre Miguel Orriols de los Sagrados Corazones que, en su caballo overo, iba desde nuestra ciudad como de párroco; la chata figura de M. Blancaire, la cara de mal agestado de don "Capo" Gabler, y tantos más que en este mi atardecer desfilan ante mis ojos llenos de pasado, como en una dulce visión caleidoscópica.








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