Otra costumbre, desafortunadamente, casi desaparecida ir toda la familia a oír misa los días domingos. Era hermoso y ejemplarizador observar a los padres rodeados de su prole, con sus pulcros trajes domingueros, cumpliendo "en familia" con sus obligaciones religiosas. Al entrar al templo, el mayor silencio, recogimiento y respeto reunían al clan familiar al pie del altar. Los hermanos mayores se dedicaban a observar y a cuidar a los más pequeños cuando éstos se distraían por cualquier motivo.     Cuando desapareció la costumbre del manto, del cual ya hemos hablado, las damas, jóvenes o de edad madura, llevaban un velo sobre su cabeza; años después, éste fue remplazado por el sombrero. Jamás se vio dama alguna con escote y manga corta, menos aún con minifalda o pantalones "pata de elefante" y ajustados, como hoy. Pensamos que se puede ser moderno, que se puede "estar con el"siglo", que se puede transigir con ciertas costumbres; pero creemos también que para concurrir a los oficios divinos se precisa un mínimo de recato y de discreción en el vestir y dar una imagen de seriedad y respeto en la Casa de Dios.
    Antes de la instalación de las modernas reparadoras de calzado, el zapatero remendón -una especie de artesano actualmente casi desaparecida- constituia un elemento de primera necesidad en atención a los utilisimos e imprescindibles servicios que proporcionaba.     Generalmente, el zapatero remendón se ubicaba en una modesta habitación frente a cuya puerta, siempre abierta, instalaba su mesa repleta de disímiles artefactos, materiales y herramientas para su trabajo: leznas, trozos de suela, estaquillas, cuero, clavos, tachuelas, hilo de pita, cuchillos y la base de una vieja plancha de fierro desprovista de su asa y colocada sobre una de sus rodillas, en la cual, golpeaba el cuero con el fin de darle la consistencia requerida. Luego, mediante un pequeño y afilado cuchillo de punta aguda, ejecutaba con curiosa precisión los cortes necesarios para contornear la suela o la media suela encargada.     Así, lloviera o brillara el sol, pasaba el dia en su afán, provisto de su pechera de raido cuero y en mangas de camisa, esperando que la clientela le solicitara el cambio de un taco Luis XV o el más ancho y sencillo del varón, un recambio de suela o de media suela cosida o "estaquillada"; esta última era de menor valor y, por consiguiente, duraba menos. Cuando se usaron los botines abotonados, frecuentemente se requerían los servicios del viejo zapatero para que remplazara los botones que se habían perdido o para componer los ojales deteriorados por el uso.     Hemos dicho que los almacenes de abarrotes estaban ubicados en las esquinas. Los zapateros lo hacían a mitad de la cuadra. Fueron numerosos y cada uno tenía su propia y fiel clientela. Una de sus características típicas era la falta de puntualidad; al llevarle algún trabajo se le preguntaba: "Maestro, ¿para cuándo estarán listos?, y la respuesta era siempre la misma: "Mañana o pasado mañana, a más tardar..." Corría la semana y había que seguir esperando... En las reparadoras de calzado con servicio "al minuto", mientras la clientela -de preferencia femenina- espera el cambio de tapillas, el trabajo no tarda más de quince o veinte minutos. En el pasado, esta misma labor precisaba de cuatro o cinco dias, según el ánimo del zapatero y de sus deseos de trabajar.     Cada familia tenía su zapatero remendón y aún recuerdo la figura bonachona del nuestro cuando le llevábamos trabajo. Hoyes difícil encontrarlos; en las grandes ciudades han desaparecido casi del todo debido al progreso y a la técnica. Por otro lado, los zapatos de antes eran bien cosidos con buena pita, o "estaquillados" los más baratos; hoy, salvo raras excepciones, vienen casi todos con la suela pegada y de ahí su menor duración.     Quiero evocar la figura bonachona y simple del viejo zapatero de ayer, quien, junto al quicio de una puerta, tenía su sencilla mesa de trabajo llena de útiles, materiales y herramientas del oficio. A veces, canturreando entre dientes una vieja tonada, que había dejado en su atribulado corazón una espina y un dolor, ejercía su oficio sin mayor esperanza y soñando, quizás, con la dueña del zapatito que con sus rudas y toscas manos componía rutinariamente.     Además del zapatero ya mencionado, existía el que se dedicaba especialmente a la confección de calzado, cuando esta industria no había alcanzado el auge actual. Entre éstos estaban Pinílla, Belmonte, Tramón, Las Tres B.B.B. y tantos otros fabricantes sobre medida hoy desaparecidos y borrados por el progreso y la moderna técnica fabril.
    El corsé fue una vieja prenda que alcanzamos a conocer en las postrimerías de su uso, afortunadamente. Consistía en una especie de armadura conteccionada de una tela fina, pero firme y rígida por las numerosas barbas de ballena que le imprimian una curiosa conformación, la que se usaba para modelar el busto de las damas de principios de siglo.     El artefacto de marras se abrochaba por delante por medio de ganchos metálicos y ojales, y en la espalda, por sendos cordones pasados a través de pequeños ojetillos. Una vez que el aparato quedaba adosado al cuerpo, se iba apretando el cordaje, poco a poco, hasta casi estrangular el busto de su portadora. En ocasiones, no bastaba una sola persona para lograr unír los cordones que le conferían estrechez al corsé y la forma deseada al busto de la dueña de esta prenda íntima; dos o más damas, las hermanas y la madre, debían, tras un tremendo esfuerzo, tratar de adosar las dos secciones dorsales del adminículo, hasta lograr el efecto deseado.     Las damas "entraditas en carne" sufrían mucho más que las delgadas, porque de acuerdo a la moda de la época, el secreto de la hermosura femenina consistía en ostentar la mayor delgadez posible del busto; no así del seno que, parece, debía ser de cierto volumen. De ahí que fueron famosas las "Pilules Orientales" que, según rezaba la propaganda, lograban conseguir el efecto deseado.     En un viejo arcón y comido por la polilla, donde, como en un museo se guardan cosas del pasado, tal vez pudieran encontrarse hoy, como una rareza, algunos de estos viejos corsés tan apetecidos por las damas de principios de siglo. Los hubo importados "directamente de París", que eran los más codiciados. Luego se instalaron fábricas en el país y aún recordamos una que funcionó durante muchos años en nuestra ciudad, en Anibal Pinto esquina de Freire. Hoyes sólo un recuerdo.
    Antes de la dictación de la ley que creó la Caja de Crédito Popular -a la que nuestro pueblo, siempre tan oportuno para colocar apodos, denomina jocosamente "La Tía Rica" -en nuestra ciudad existió, como en el resto del país, una especie de negocios que, aparentemente, se dedicaban a la compra y venta de diversos artículos; denominados. "agencias" eran locales donde las personas de escasos recursos, como obreros y operarias, recurrían en casos de serios apuros económicos a esta especie de Banco del Pobre, dejando en prenda un terno, una manta de castilla, herramientas de trabajo, máquinas de coser, planchas, etc. Previa tasación del artículo por el propietario de la agencia o uno de sus empleados de confianza, se le prestaba una cierta y siempre escuálida suma de dinero respaldada, naturalmente, con el objeto dejado en garantía. Este dinero se proporcionaba mediante un convenío por tiempo determinado y una vez expirado el plazo, si no se renovaba cancelando oportunamente los intereses devengados, el dueño de la prenda podia despedirse de ésta para siempre, ya que era rematada al mejor postor y en la mayoría de los casos quedaba definítivamente en manos del prestamista dueño del negocio por la cancelación de una ínfima cantidad de dinero. Si la deuda era cancelada en su debido plazo, la prenda podía ser rescatada y el obrero o la operaria podían usar nuevamente sus herramientas de trabajo, hasta la próxima oportunídad en que tuvieran que recurrir al mismo procedimiento para solucionar una dolorosa emergencia.     Cuando muchachos nos causaba pena y desazón ver desfilar a modestas costureras que llegaban a estos negocios con su inseparable máquina de coser, que había sido adquirida a fuerza de tremendos sacrificios y privaciones, para dejarla por unas míseras monedas. Este oficio de costurera, delicado y no carente de duro trabajo, pulcritud y dedicación, movió a nuestro gran amigo, Andrés Silva Humeres, a dedicarle a estas esforzadas mujeres uno de sus más sentidos poemas, que en nuestra juventud recitábamos con emoción y una de cuyas estrofas dice: Esa aguja que fulgura tropezando en el dedal es la punta de un puñal que te hiere sin premura... ¡Abandona la costura críatura, te hace mal!     Estimamos como un real acierto del gobierno de don Arturo Alessandri P. la dictación de la ley de la Caja de Crédito Popular y Casa de Martillo, el 1º de agosto de 1937, como un organísmo fiscal que, si no soluciona totalmente el problema, por lo menos contribuye a evitar ciertos abusos que, en más de una ocasión, se producían en su época con el fenecido sistema de las agencias o casas de empeño, nombre con el que también se les conocía.
    Como se comprenderá fácilmente, la costumbre de tomar helados no es de hoy sino muy antigua. Sólo la forma como áctualmente se expende esta apetitosa golosina, tan codíciada por niños y jóvenes, es totalmente diferente de como lo era en el pasado. Recordaremos los excelentes helados que servían en los prestigiados y desaparecidos salones de té, como Palet, Piera y Sauré, acompañados de las clásicas galletas Oblea .Antes, nadie que se preciara de bien educado habría sido capaz de pasar por las calles y ¡plazas libando un chocolito, una porción en su vasito de plástico y cuchara de madera, o el tan socorrido chupete. Para esto existían establecimientos como los citados, donde cómodamente, ante una mesa limpia y bien presentada, los jóvenes y jovencitas (entonces no se conocían las lolas) nos sentábamos a saborear con deleite los famosos helados de chocolate, bocado o natilla, y luego salíamos a deambular por esas calles de Dios para mirar y admirar a las hermosas y recatadas muchachas de nuestros años mozos.     El recordado Juan Schiaffino instaló en los viejos Portales un hermoso negocio cuyo principal rubro era la fabricación de helados. Allí, la exquisita cassata napolitana y sus; diversas variedades eran de una excelencia incomparable. Desafortunadamente, en ; 1951 el incendio de los Portales, algunos años después del sismo de 1939, liquidó el negocio de don Juan, y creemos que fue allí donde se saborearon los mejores e incomparabIes helados, imposibles de emular. El antiguo heladero era una hombre que tiraba de un carretoncito de madera dentro del cual una o dos vasijas llenas de hielo mantenían los botes de helado a la temperatura requerida. El hombre se hacía anunciar por medio de una característica corneta hecha de un cuerno de buey, a la cual le arrancaba un sonido monótono y vulgar pero típico. Agregaremos que los helados no se vendian en envases como ahora, sino que el viejo heladero iba de calle en calle pregonando su mercadería, y al escuchar el triste sorudo de su cuerno, las personas interesadas salían de sus casas provistas de platos o fuentes para recibirlos; luego, la mamá se encargaba de repartirlos equitativamente a cada uno de los níños, repitiendo hasta el cansancio que les compraba helados "porque se habían conducido bien en el colegio". Era una costumbre sencilla, modesta y, tal vez, el producto no tenía el aspecto atrayente de hoy, pero al menos no había envoltorios arrojados indiscriminadamente por calles y paseos produciendo un espectáculo poco edificante sobre la educación, el orden y el aseo de nuestra juventud.     Por otro lado, era de cierta frecuencia hacer los helados en casa, por medio de unas arcaicas maquinítas accionadas a mano que demoraban una eternídad, mientras nosotros esperábamos la terminación del proceso de "cuajar el helado" para poder tomarlo, lo que en realidad era un verdadero suplicio de Tántalo; había que tener paciencia, en eso consistía el secreto para no enervarse por tan prolongada espera. ![]() Coches particulares. Municipalidad ![]() El heladero
    Corrían los días del año 1933, y una tarde llegó hasta la clíníca de la Escuela Dental un hombre que supo encarnar en su hispana hidalguía la bohemia quijotesca de los penínsulares de corazón bien puesto.     Era un tipo estrafalario en el vestir. Siempre llevaba, como obligado complemento de su arcaica indumentaria, la boina vasca; también un bastón, que fue su inseparable compañero para darle seguridad en el andar, ya que una vieja lesión en una pierna le hacía difícil el caminar. Usaba un saco amplio, largo y cruzado por delante, con los botones a modo de collera; pantalón bombacho que terminaba aguzado en el límite con sus botines de caña de gamuza, generalmente abotonados. A veces, sus hombros, agobiados por el peso de las incomprensiones, lucían con majestuosa serenídad una amplia capa de pura cepa española, "restos de antigua opulencia". Su rostro, siempre cuidadosamente rasurado; su cabellera, escasa. En sus labios llevaba, tal vez por hábito, una sonrisa; nunca supimos si era estereotipada o la expresión de un profundo dolor, de venganza o de perdón para la vida que le fue tan cruel en sus designios. Este hombre era Pepe Puig, un romántico, un soñador, un bohemio, pero siempre un caballero español.     Entre el corro de muchachos idealistas y estudiosos que formaban ese año de 1933 los alumnos de nuestra querida Escuela Dental, buscó y eligió uno para que fuera su dentista. No recuerdo el servicio profesional que solicitó, el hecho es que este hombre singular precisaba de atención odontológica. Con reservas y sin hablar mucho, lo que era raro en él, explicó su problema y pidió opiniones. Por último, lo más importante para él, inquirió el valor del trabajo. Conciliábulos entre profesores y ayudantes, haciéndose lo posible para que el costo fuera lo menos oneroso para Pepe. Su sola presencia había cautivado; se captó la simpatía de todos, la que tantas veces en su vida, en el tinglado de la farsa, le prodigó a su público; porque Pepe tenía su público. Pensó un instante, agradeció y, despidiéndose cortésmente de todos, se marchó silenci oso y como preocupado.     Nadie de los que lo vieron esa tarde pensó que regresaría a la Escuela, pero algunos meses más tarde llegó y preguntó por "su dentista" (el alumno que lo había atendido anteriormente). Canceló el valor del trabajo por anticipado y se inició el tratamiento.     Desde entonces, día a día, deambulaba por nuestras clínicas de la Escuela Dental, haciéndose atender. A su alrededor se congregaban los muchachos para oír su amena charla salpicada de sabrosas anécdotas y de chistes oportunos. Allí fue el hombre del día, querido y respetado por todos, profesores y alumnos. Nos parecía que si Pepe faltaba a la Escuela, ese día no se había ejecutado labor alguna. Aún recuerdo el apodo que daba a los profesores que guiaban el trabajo: a todos, genéricamente, los designaba "padre". Y así eran el padre Matthei, el padre Gigoux o el padre Meissner. Pepe había convertido la Escuela en algo así como un convento, en el que oficiaba con su bohemia cristalina, como el sacerdote máximo.     A veces se le veía llegar con un maletín lleno de chucherías que trataba de vender entres los muchachos. En él se confundían las postales con desnudos artisticos, junto a los rosarios de Checoslovaquia, las medias de seda, las peinetas, los amuletos y las hojas de afeitar. Así, como esa amalgama multiforme de su maletín de viandante, fue la vida proteica de ese hombre que unió risas con llantos, alegrías con desdichas, placer y dolor. Pero siempre, en sus tribulaciones y en sus trabajos, su vida de tan múltiples facetas tuvo un solo punto de vista que lo acompañó hasta su último viaje: la caballerosidad y la hidalguía.     Pepe Puig fue un bohemio, un incomprendido, un ilusíonado y, muchas veces, un amargado; fue también un loco y un gran amador, pero siempre, y por sobre todo, fue un caballero. De su pasado nunca se dijo nada y enfocó su labor teatral al culto de los "aires españoles", los que iba desgranando a través de pueblos y ciudades de nuestra región. A veces regresaba con la amarga expresión del desencanto, por la ingratitud de "su público", y otras, eufórico y triunfante. Siempre supo mantenerse en esa línea de decencia, distinción y señorío que fue el norte de su vida, hasta que una tarde lejana, todos sus amigos acompañamos sus restos a descansar para siempre, abrazado a nuestra tierra que tanto amó.
    Es difícil evocar en breves líneas la grata noche bohemia del viejo Concepción, pero es preciso empezar por algo. Recordemos las alegres veladas donde Palet, la inolvidable confitería salón de té y bar. A la salida de los cines y de los espectáculos teatrales -que durante los años de nuestra juventud fueron variados y de excelente calídad-, saboreábamos allí una humeante y exquisita taza de verdadero café, ante una mesa fraterna y amiga. No se conocía el "Nescafé", el "Tempo" o el "Sí Café". El grano, que venía de Brasil, era de la mejor calidad, frescura y sabor y era servido no en esas minúsculas tacitas de hoy sino en verdaderas tazas para el "verdadero" café, acompañadas de diversas golosínas.     Amable Larraguibel. Harismendy. el "Pequén" Benavente,Tramón, Sepúlveda, Villalobos., el "Titi" Muñoz, Pancho Wilson, Exequiel de la Barra, Darío Poblete, Pepe Puig, Paco Díaz y tantos más; estudiantes, empleados y periodistas de "EL SUR" y "LA PATRIA", nos reuníamos en amable camaradería a charlar de tantas cosas alegres y diáfanas y de otras serias. Comentábamos la comedia estrenada esa noche o la película"de actualidad y, así, hasta la una o dos de la mañana transcurría la grata e interesante tertulia donde se abordaban los más variados temas, a los que cada uno de nosotros le ponía su granito de salo de pimienta para matizar y darle mayor colorido al sabroso comentario.     Cuando por estos pagos llegaban Alejandro Flores y Rafael Frontaura, amigos inolvidables y reales pilares del teatro nacional, formaban con nosotros parte del corro juvenil y, entonces, la noche se hacía brevísima. Tenían tanto que decirnos de su vida en la farándula, plena de locas aventuras y de variadas anécdotas. También, Venturita López, María Uopart, Sallorenzo, Teresa Venegas, Plácido Martín, Luchita Otero, y tantos amigos que se fueron para siempre. Entre chistes, comentarios, poemas, anécdotas y amistad se deslizaban plácidas y alegres las horas de nuestra vieja noche penquista.     No sólo Palet nos acogía. También el Café Piera, en los Portales, era un sitio agradable pero más formal, además de que cerraba sus puertas más temprano. Cuántos gratos recuerdos tenemos de las veladas allí pasadas, comentando algún nuevo libro de Ricardo León, Panait Istrati, Romain Rolland, Anatole France, Arzibachev, Dostoiewski, Ortega y Gasset, la Mistral, Santiván, Neruda y otros más de nuestros autores favoritos de entonces.     En la esquina del Portal con Aníbal Pinto estuvo la Pastelería Salom cuyo salón de té,ubicado en un altillo íntimo y acogedor, fue testigo de muchas noches de alegría hoy evocadas con nostalgia.     Quiero recordar una anécdota cuyo final adquirió trágicos contornos. Una noche, mientras gozábamos de nuestra euforia juvenil, a otra de las mesas llegó un grupo alegre como el nuestro. Entre sus componentes estaban Gustavo Landaeta, funcionario de Herman Hnos., y el doctor Puente, profesional recién llegado de Potrerillos. Entre Gustavo y el médico se entabló una amistosa discusión acerca de cuál de sus automóviles podía reunir mejores cualidades para competir en velocidad. Landaeta abogaba por su Ford y el doctor, por su hermoso Marmont coupé sport. El resultado de esta fraternal discusión fue una apuesta consistente en una carrera entre los dos volantes mencionados, que debía efectuarse en Las Salinas, en Talcahuano, un día domingo por la mañana. Creo que fue en 1930, más o menos.     Los muchachos del grupo concurrimos y esperamos el desarrollo del torneo premunidos de nuestros clásicos impermeables ingleses auténticos, los famosos "Burberrys", porque había llovido en la noche y en la mañana. De pronto, de uno de los tranvías interurbanos procedentes de Concepción descendió don Luis Ibieta, quien, al imponerse de que a pesar de la lluvia se efectuaría la carrera, se opuso tenazmente, calificándola, entre otros epítetos, de "tremenda locura". Nadie le hizo caso, y algunos hasta se mofaron de él. Don Luis se enfadó seríamente, tomó un carro de regreso y no quiso ser testigo de lo que consideraba un crimen. Creo que fue pifiado por el numeroso grupo de muchachos que esperábamos ansiosos el desarrollo de la prueba.     ¡Cuánta razón tuvo don Luis...! Se dio la partida, el pavimento de adoquines disparejo y mojado, una peligrosa curva en la pista, se tocaron los coches y el Marmont del Dr. Puente volcó a un lado, accidente que destrozó ambas piernas al joven médico. Se hizo lo que se pudo. Se le ofreció trasladarlo al Hospital Naval, pero se opuso; deseaba ser llevado al San Juan de Dios de nuestra ciudad. No alcanzó a llegar pues falleció durante el trayecto.     Momentos después de la tragedia, regresamos acongojados. El camino a Concepción nos pareció largo y triste. Veníamos con una tremenda pena y, por qué no decirlo, con remordimiento por no haber querido escuchar la voz de la experiencia y la prudencialógica de don Luis. No olvidaremos jamás el trágico espectáculo del soberbio y moderno coche semi destruido, y de entre sus fierros retorcidos, tratando de sacar lo más pronto posible al infortunado médico. Pero todo fue inútil.     Para el numeroso grupo de muchachos que nos aprontábamos a ver algo maravilloso y que asistimos inermes a la desgraciada carrera, esta dolorosa experiencia nos sirvió luego en la vida para no menospreciar jamás la voz de la experiencia, sino, al contrario, para valorizarla y justipreciarla en su verdadera dimensión.
    ¡Cómo no evocar las agradables cenas en el viejo restaurante de los hermanos Zehnder! Estaba ubicado en Barros Arana, alIado del banco Anglo Sudamericano, y allí sus propietarios, Pablo y Otto, nos atendían estupendamente, más aún si tomamos en cuenta nuestros escuálidos bolsillos de jóvenes estudiantes o de muchachos que recién se incorporaban a las lides del trabajo. Servían platos de diferentes manjares y nuestro predilecto, por su agradable sabor como por su abundante contenido, era uno que festivamente denominábamos "chucrut d'honneur", tratando con ello de emular lo que antes de la era de los cócteles se llamó "vin d'honneur". Luego, el fresco y agradable chop yel "vino de casa" contribuían a transformar esas veladas en unas fiestas inolvidables.     Allí reíamos, charlábamos de variados temas y algunos de los comensales cantaban;entre éstos, Manolo Sanhueza, Alberto Moena y Reinaldo Passalacqua que lo hacía en italiano, deleitándonos con hermosas romanzas napolitanas. Otros recitaban poemas, sin que faltara el violín de Lucho Corrotea, hasta llegar al filo de la medianoche en que salíamos en alegre caravana.     A veces, al alcanzar la calle, el grupo se disolvía y cada uno regresaba al hogar.     Otras, por qué no decirlo, la cena constituía el prólogo amable de una fiesta que, sin saber cómo, se prolongaba hasta la llegada del velo sutil del alba, en un derroche de entusiasmo, de música y de baile en los cabarets, hoy desaparecidos, del barrio "non sancto" de nuestra ciudad. Las orquestas tocaban los aires de moda: "shimmy", "one step" y los melancólicos y románticos tangos de la vieja guardia, "Milonguita", "Uno", "Es un Golfo", "La Cumparsita" y tantos más. Todo esto se fue para siempre.
    Al regreso de las alegres trasnochadas, era casi un ritual pagano pasar al Casino Pérez, en Maipú entre Tucapel y Orompello. Era un inmenso bodegón desprovisto de elegancia pero muy acogedor, con sus mesas de billar, canchas de palitroque y dados para entretención y solaz de sus parroquíanos.     A la entrada del recinto, había un amplio mesón tras el cual oficiaba su propietario,don Domingo, asesorado por su hermana. Al vemos llegar alegres y confiados, nos atendían con afecto y deferencia. Nos dirigíamos a un altillo del local donde, en sencillos pero agradables "reservados", gozábamos de las delicias del incomparable "ajiaco", jamás igualado en parte alguna. Los más glotones no perdonaban, a las cuatro de la mañana, el clásico "bistec a lo pobre"; otros se decidían por la famosa cazuela de ave hecha con verdaderas gallinas de campo. El buen vino de la zona, que escanciábamos escuchando caer la lluvia implacable por la claraboya del pequeño comedor, nos llevaba al sabroso chiste oportuno y de subido color, a la risa franca y espontánea, al verso romántico, a las canciones de nuestra tierra.     Manolo Sanhueza, que formaba en el grupo, nos ponía tristes con el "Ay, Ay, Ay" Y otras viejas tonadas de nuestro repertorio folklórico. Cuando nos poníamos pegajosos, don Domingo, que era un gallego de "tomo y lomo", nos decía entre serio y sonriente, con un gesto de amabilidad que se traslucía a través de sus expresivos ojos semi escondidos tras la visera de su infaltable "jockey", "Amiguitú, amiguítú, ya está buenú pús por esta noche, vuelvan otr~ día, déjenme descansar". Vino el sismo de 1939 que asoló el vetusto caserón del casino; afortunadamente, don Domingo y su hermana se salvaron. Luego se trasladaron a Chiguayante donde, años después, fallecieron.     Allí, como en otros sitios, éramos siempre los mismos; estudiantes, periodistas, empleados, jóvenes profesionales y artistas, todos grandes cultores de la vieja bohemia penquista presididos por ese gran muchacho e incomparable amigo y periodista de selección, el "emperador de la noche", prematuramente desaparecido, Armando Muñoz Larenas, a quien llamábamos cariñosamente "El Titi" y a quien se le podría aplicar con toda propiedad la estrofa de Daniel de la Vega: La inscripción. q:ue merece la juventud perdida Yo la pondría sobre un sepulcro lejano: Era un enamorado de la vida y se marchó temprano...     Como se comprenderá, estos periplos nocturnos a través de la ciudad tranquíla, dor-mida y silenciosa, sólo se podían realizar por medío de los viejos coches de alquiler, los clásicos "chicoteados" y en esos destartalados pero serviciales carromatos atravesábamos de una a otra parte los cuatro puntos cardínales del Concepción de nuestra juventud.     Algunos años después, se iniciaban las fiestas en el señorial y elegante Club Concepción,local de severas y sobrias líneas arquitectónicas, provisto de un imponente hall central, una monumental escalera de mármol que recordaba en parte la del Palacio de Fontaínebleau, enormes pasillos en el segundo piso, columnas de mármol, salones y " gratos comedores.     Quiero relatar aquí un hecho que pudo tener un trágico desenlace para mí y para otros; afortunadamente, no fue así. Cuando era macero del Rotary Club, bajo la presidencia de Enrique Curti, el 24 de enero de 1939 en la tarde debían efectuarse los funerales de don Ricardo Neuenborn, expresidente y exgobernador del Rotary. Concurría a éstos el gobernador rotario de esos años, don Franklin Quezada Rogers, ministro de la Corte de Apelaciones de Temuco. Por ello, Curti me solicitó que ordenara una cena íntima del Directorio del Rotary para esa noche en el Club, ya que contaríamos con la presencia de nuestro gobernador. Pero a las dos de la tarde de ese mismo día, Curti me comunicó que, por razones de su cargo, el ministro Quezada no podría asistir y que anulara el compromiso de la comida ordenada. Asistimos a los funerales de don Ricardo y luego regresé a casa. Esa noche, pocos minutos después de las 23.00 horas, el tremendo sismo destruyó totalmente el edificio del Club, donde perdieron la vida los distinguidos vecinos de Concepción, Jorge y Emilio Grant, José Miguel Arce, Félix Armando Viaux y Sebastián Melo, quedando seriamente herido don Luis Ibieta.     Además, resultaron muertos dos de los auxiliares que atendían en el Club.     Si hubiéramos efectuado la cena, seguramente no podría haber escrito estos recuerdos.     En esas líndas noches de nuestro Club Concepción, todos éramos amigos y reinaba una apacible y grata camaradería, llena de lealtad y de franqueza. Délano, Mackay, Oscar Muñoz, Willy Murray, Echeverría, Eduardo Rioseco, Carlos Valenzuela, Enrique Rogers, Domingo Puga, Amoldo Ebensperger, Alberto Brieva, Lucho Melo, el Chico Villalobos y tantos más que, como yo, deberán recordar con nostalgia los años que se fueron tan velozmente, quedándonos el dulce sabor de evocar la aventura de la noche bohemia.
    Hemos hecho mención al viejo Teatro Galán, destruido por un incendio en 1882. Al respecto, Silvestre Mahuzier escribió hace varios años que "en él se dieron las primeras películas sín letreros o leyendas; había alguien que iba relatando cada escena y una de estas películas fue "Genoveva de Brabante". Allí se hizo el primer ensayo de cine parlante, quedando las maquinarias guardadas en poder de Oscar Nachbauer". Más tarde, se destinaron otras salas para el cine. El Biógrafo Penquista, en Barros Arana entre Lincoyán y Rengo, que después se transformaría en Salón de Patinar, de Gottelli. El Teatro Edén, donde actualmente está el Banco del Trabajo; y como información diremos que, fuera de las funciones de cine, el famoso astrónomo francés, el conde de Montessus de Balore, contratado por el gobierno de Chile, dictó allí una interesante confer encia sobre sismolog&icute;a. En Maipú entre Aníbal Pinto y Colo Colo funcionó el Teatro Chile, en el que actuaron algunas compañías de comedia de segunda categoría, y luego se instaló un ring para boxeo donde tuvimos oportunidad de ver pelear a Pablo Suárez, Kid Garret, Quijada y otros. En la esquina de San Martín y Serrano, se instaló un cine de barrio que funcionó durante varios años, el Teatro San Martín. El Teatro Central, ubicado donde ahora se encuentra el nuevo teatro de la Universidad de Concepción, fue construido por una sociedad encabezada por Gregorio Burgos.     El Colegio de los Sagrados Corazones tuvo su magnífico salón de actos en el sitio donde está ubicada la Ilustre Municipalidad, salón altamente prestigiado por los espectáculos que allí se presentaban. Entre las conferencias, recordemos las dictadas por los padres Antonio Castro, Gonzalo Azcona y Damián Symon; también la actuación de la Orquesta Santa Cecilia que dirigió el gran músico, padre Bruno Wustemberg, y donde, en más de una ocasión, actuó como solista Emita Ortiz, y al piano, el destacado abogado, intelectual y concertista, nuestro dilecto amigo Esteban Iturra Pacheco.     En 1918, don Tomás Franzetti hizo construir el Cine Mundial, en Maipú entre Castellón y Tucapel, que tuvo una vida efímera e intrascendente. La Sociedad de Empleados de Comercio tuvo en el segundo piso de su antiguo local, alIado del Banco Nacional del Trabajo, un simpático salón denominado Pathé Cinema, que inició su funcionamiento en 1921 con el único objetivo de reunir fondos para financiar el mausoleo de la institución. Una vez terminada la construcción de éste, la sala de cine se cerró y fue convertida en salón de billares de la misma entidad, hasta su demolición y traslado a su nuevo y moderno local.     En 1921, por encargo de don Fortunato Culaciatti, don Cayo Pandolfi -destacado ingeniero y exdecano de la Facultad de Ingeniería de nuestra Universidad-, edificó el Teatro Rialto, en Aníbal Pinto entre Barros Arana y Freire, en los altos del cual funcionó durante varios años el Círculo Francés, hasta el sismo de 1939 que destruyó totalmente el edificio. Era una sala acogedora, sobria y elegante que, además de platea alta y baja, tenía también palcos.     En Lautaro entre Freire y Maipú, donde estuvo la Fábrica de Escobillas de Wilkendorf, hubo, en 1923, un pequeño cine de barrio de corta vida. Por último, mencionaremos una que funcionó en Maipú esquina Lautaro y el Teatro Ferroviario, en Prat al costado de la Estación de Ferrocarriles. No hablaremos de las nuevas por ser de todos conocidas: Regina, Cervantes, Romano, Roxy, Explanade, etc.     De entre los artistas de las viejas películas mudas de principios de siglo podemos mencionar a la Bertini, italiana; la Robine, francesa; Max Linder, Sánchez, Chaplin y otros. Como se trataba de películas mudas, en los cines de barrio el espectáculo era amenizado por un pianista que, durante el desarrollo de la función, tocaba los aires de moda de la época. En las salas del centro hubo orquestas de cuatro o seis maestros que, en esa forma, le daban vida y animación a la película que se desarrollaba lentamente en el "ecrán".     Entre algunas viejas cintas, recordemos "Las Siete Perlas", "Ben-Hur", "Hacia Israel", "La Pasión de Cristo", "Los Miserables" y otras que se nos pierden en el lejano tiempo de nuestra juventud.     Así, la vida provinciana, tranquila y apacible, se deslizaba, a pesar de todo, poseyendo uno de los mejores teatros de Chile y numerosas salas menores donde se exhibían películas de gran importancia; hasta que llegaron los nuevos adelantos del cine parlante, el sonido estereofónico, las amplias pantallas panorámicas y los filmes en colores. |