Antiguamente, la avenida Víctor Lamas ostentaba un enorme edificio de dos pisos, pintado de amarillo, que empezaba en calle Lincoyán para finalizar en Serrano -obra del gobierno del Presidente Balmaceda- y que no era otra cosa que el "Hospicio" y "Asilo de Ancianos", como se estilaba en la época.     El Hospicio, cuya puerta principal daba a Salas, poseía un aparato giratorio denominado torno, donde las afligidas madres solteras dejaban abandonado el fruto de su amor que era entregado anónimamente al cuidado de las buenas religiosas francesas de la orden de San Vicente de Paul, quienes se encargaban del huérfano y lo educaban en los santos principios cristianos para hacer de ese niño o niña un elemento útil a la sociedad.     Por fortuna, actualmente ha desaparecido este tipo de asilo y hospicios y el gobierno mantiene instituciones de bien social, que ya no tienen esas denominaciones tristes sino "hogares", dedicados a esta labor de re-educación y acogida para la infancia desvalida, abandonada y sola; porque, a veces, las madres, hoy como ayer, olvidan su alta y noble misión maternal.     Por la misma calle Víctor Lamas, a continuación del Hospicio desde Serrano a Arturo Prat, doblando hacia esta última, existió un núcleo de numerosas habitaciones modestas arrendadas a personas de escasísimos recursos. Entre éstas, sobresale en mis recuerdos una habitada por doña Paula.     ¿Quién era doña Paula? Una anciana señora que, entre otras de sus pertenencias, poseía una lechuza que la acompañaba continuamente. El negocio de doña Paula (no piensen nada malo) consistía en la compra de "ropita usada" y, como era natural, sus principales clientes éramos los estudiantes, siempre recortados de plata, que acudíamos a ella para vendérsela.     Al llegar donde doña Paula, después de saludarla lentamente y con la mejor de nuestras sonrisas, desempacábamos las prendas, las colocábamos cuidadosamente sobre un aparato que hacía las veces de mostrador y allí esperábamos el veredicto de doña Paula. Tomaba la prenda, la miraba al trasluz, la examinaba acuciosamente y luego, sin soltar el pucho de entre sus labios, preguntaba inquisidora: "¿.Cuánto quiere?", a lo que respondíamos: "Mire señora, serán unos quince pesos". Esperábamos ansiosos su respuesta afirmativa, nos miraba de alto abajo, con sus encallecidas manos rehacía el paquete que tanto nos había costado hacer y, las más de las veces, nos decía desapaciblemente: "No me animo...". Se iniciaba el regateo y al fin, después de algunos minutos de tensa espera, ofrecía ocho pesos por lo que habíamos evaluado en quince. Naturalmente que aceptábamos, recibíamos el dinero pensando -o más bien dicho soñando- haber efectuado un magnífico negocio y nos despedíamos de doña Paula con un buen apretón de manos. Los pesitos nos servirían para solventar el gasto de alguna modesta "francachela"; y hasta la próxima vez, para similar negocio con doña Paula.     El terremoto de 1939 destruyó todas esas viejas y precarias construcciones, pero doña Paula había muerto veinte años antes. ¿Qué habrá sido de la vieja lechuza que la acompañó durante tantos años de su vida?
    En el pasado era frecuente observar, tras los vidrios de los ventanales de guillotina, estos avisos: "Se necesita cocinera", "se necesita niña de mano" o "se necesita niñera"; ya día siguiente de haber sido colocado el papelito de marras, a veces en la tarde del mismo día, se presentaba una verdadera fila de "candidatas" que optaban al cargo solicitado; de ahí que fuera difícil para la dueña de casa hacer su elección de la persona que pudiera convenirle para el menester requerido.     Entonces no se exigía, como ahora, la libreta del Seguro Social al día, ya que la Ley 4054 data sólo del año 1924; Y una de las garantías consideradas, que pudiera conferir una mayor seguridad en la elección de la persona solicitada, era la recomendación de la patrona anterior donde la candidata había prestado sus servicios.     Estudiados los antecedentes de la postulante, tras una breve charla entre ésta y la dueña de casa, se cerraba el trato. Y algunos días después, generalmente el 15 siguiente o el1 o del mes venidero, llegaba la empleada en un coche de alquiler con sus prendas personales, consistentes en un colchón o una "pallasa" y una caja de madera donde traía su ropa. A veces, se tenía suerte en la elección, recayendo ésta en una persona honrada, seria y responsable. En otras, la adquisición constituía un verdadero fracaso y era menester iniciar nuevamente el proceso de selección que, invariablemente, se desarrollaba en la forma ya indicada.     En la actualidad el asunto ha cambiado sustancialmente. A veces, ni el aviso en la ventana ni en los diarios produce el resultado deseado. Por otra parte, ya no se puede hablar de cocinera, niña de mano o niñera; es preciso especificar. "Auxiliar del hogar" o "empleada" es cuestión de nomenclatura, pero más humano tal vez, porque la labor que deben desempeñar es la misma. La diferencia estriba en que ahora no existe la "procesión" de candidatas, como antaño; el aviso permanece colocado en la ventana o en la prensa durante varios dias y nadie se interesa por él.     ¿Cuál seria la explicación de este cambio de ayer a hoy y por qué la falta de interés por este tipo de trabajo? Creemos que una de las principales causas se debe al interés de nuestro pueblo por tratar de educar a sus hijos por todos los medios posibles, de progresar y superarse, en busca de otra clase de trabajo. Consideramos de encomiable valor este afán por el estudio y la superación, actitud que ojalá se mantenga. No hace mucho conversaba con una maestra primaria que llevaba más de treinta años ejerciendo en una escuela rural y me decía que cuando recién se iniciaba en el ejercicio de su abnegada profesión, era preciso traer casi a la fuerza a los niños y niñas a su escuela.     Según su gráfica expresión, era un verdadero "arreo" de muchachos. Hoy, su escuela no logra dar abasto a los candidatos y la d,emanda de niños que buscan estudiar aumenta de año en año.     Una apreciable cantidad de estos niños que ingresan a la enseñanza básica, prosiguen en la enseñanza media. Estimamos que este aspecto social y humano del problema, así sencillamente enfocado, refleja un señalado interés por levantar el estándar del pueblo chileno. Pensamos que se están haciendo los mayores esfuerzos posibles en pro de la niñez y de la juventud, para conseguir formar un pueblo realmente culto y con alto sentido de responsabilidad. Algunos muchachos o muchachas de las clases más desposeídas hacen sus ocho años básicos y así quedan aptos, por lo menos, para otro tipo de trabajo que no sea precisamente doméstico, como en fuentes de soda, vendedores, etc. Otros, siguen sus estudios en escuelas técnicas, donde se les enseñan diversos oficios que les ayudarán a desenvolverse en la vida.
    Durante la Colonia y hasta hace algunos años, en las iglesias no podian faltar los reclinatorios, con sus sillas, con el nombre de sus propietarias y reservados exclusivamente a éstas, que llegaban allí para seguir los oficios religiosos. Y por qué no decirlo, esta arcaica costumbre, afortunadamente desaparecida, constituía un odioso privilegio al cual, cuando muchachos, nos costó acostumbrarnos.     Algunos de estos famosos reclinatorios eran una verdadera obra de arte, construidos con la más fina madera y tapizados de hermosa felpa o terciopelo, como también el sillón que los acompañaba con el que formaban un todo. Otros tenían, bajo la parte donde se apoyan los brazos, una pequeña repisa donde se manteruan los libros para seguir las ceremonias litúrgicas.     En su tiempo, esta costumbre fue seguramente una modernización y una modificación de aquella de los días coloniales cuando, al concurrir a la iglesia, las damas de la vieja aristocracia pelucona se hacían acompañar de su "china", portadora ésta última de una alfombra y de una silla para que su ama pudiera seguir cómodamente el oficio religioso. Esto se fue transformando, poco a poco, en lo que, con el tiempo, llegó a ser la moda de los reclinatorios, que ponían en la severidad y sencillez del templo una nota de sensible diferencia y de odiosa selección entre el resto de los concurrentes a los oficios.     Afortunadamente hoy en día esta costumbre constituye sólo un recuerdo del pasado y habrá más de alguno de estos muebles adornando, como algo original, la sala de un museo del país.
    Según el Diccionario de la Real Academia Española, los zuecos son: "zapatos de cuero con suela de corcho o de madera". Durante nuestros años mozos, las casas de Concepción eran unas grandes mansiones provistas de, por lo menos, dos amplios patios. El primero, transformado en jardin, lucía hermosas flores y plantas de adorno, en el que nos estaba prohibido jugar con el fin de no destruir los rosales y demás plantas cuidadosamente abonadas, podadas y regadas regularmente para mantenerlas en el mejor estado posible. Este jardín se encontraba rodeado de una amplia galería de vidrio y era lo primero que saltaba a la vista al ingresar a una casa.     El segundo patio era "nuestro domínio". Allí se nos permitía hacer todo tipo de travesuras porque, fuera de una pequeña zona dedicada al cultivo de una huerta en miniatura, sólo existía un cuadrado limitado por una fina malla de alambre, el gallinero doméstico -que no podía faltar en ninguna de las viejas casas- para tener siempre los huevos del día que la nana se encargaba de recoger; ella era también la encargada del aseo del gallinero y de la alimentación de lás aves.     Los interminables y aburridos días de lluvia de mayo a agosto transformaban el segundo patio en ríos de barro, por lo que era preciso tener a mano -para el uso de las empleadas- los zuecos de suela de madera de una sola pieza y cubiertos con un tosco o lustroso cuero. Al transitar con ellos por el viejo corredor de piso enladrillado del segundo patio, éstos producían un ruido monótono y cansado.     En los campos, los zuecos también eran de gran utilidad cuando había que salir de la casa a dar una vuelta por la huerta en procura de alguna verdura o cuando era preciso extraer agua de la noria.     Cuando muchachos, nosotros -por jugar y dentro del corredor del segundo patio tomábamos a hurtadillas los zuecos de la nana para tratar de imitar el ruido que hacía con ellos y su facha cómica al usarlos. Pero esto no pasaba de un mero pasatiempo de niño, para volver luego a lo nuestro.
    Hasta más o menos 1940, el sombrero era una prenda de la cual no se podía prescindir; completaba la "toilette" y no se lograba encontrar un hombre -joven o viejo-, una señora o una muchacha que no lo usara díariamente. Como algo anecdótico, recordaré que lo llevaban hasta las cobradoras de los tranvías eléctricos, ya desaparecidos, en invierno eran unos sombreros de hule negro y en verano, "canotier" de paja primitivamente blancos que, a la fuerza del uso, adquirían un indeciso color plomo sucio.     En 1921, cuando inicié mís estudios universitarios en la Escuela Dental, todas mis compañeras llevaban invariablemente sombrero, de acuerdo a la estacíón y a la moda del momento. Los hubo del tipo llamado "capotita", "sin alas", etc., colocados apenas sobre el cabello; otros, más sumidos y prendídos al moño con alfileres de fantasía de variados colores. Todo esto daba a la muchacha veinteañera un cierto aire de elegancia y completaba su indumentaria.     Pero no se crea que sólo las señoras y nuestras compañeras usaban sombrero, también las liceanas, las niñas de colegios particulares y las empleadas domésticas que no salían a la calle sin él, De recién casados, teníamos con mi esposa -dos muy buenas empleadas, grandes admiradoras de las carreras de caballos, y siempre concurrían al Club Hípico -lugar donde, en más de una ocasión perdían todo su salario del mes luciendo inexorablemente el infaltable sombrero.     Es cierto que el sombrero tenía sus inconvenientes, pero no se puede negar que era una prenda femenina que, bien llevada y bien confeccionada por una modista experta, confería a la mujer un aire de distínción y elegancia que impresionaba.     Los hombres, con su "calañés" para el invierno y para el trabajo diario; el "tongo", para ciertas ocasiones y, por último, el "tarro de pelo", para ocasiones de mayor solernnidad. Durante el verano, el "canotier" de paja que Chevalier puso de moda, entre nosotros corrientemente designado "batelera", y el "jipijapa" para el campo y la playa. Al respecto, recuerdo la tenida de los jóvenes de nuestro tiempo al frecuentar los balnearios de moda: San Vicente, Penco y Tomé; ésta consistía en una chaqueta azul marino de corte impecable, pantalón blanco de lanilla, zapatos blancos de tela, camisa de fantasía y corbata en tonos azulados. Completaba este atuendo el "canotier" o el "jipijapa" y el infaltable bastón de caña de la India que, además de ser elegante, servía para afinar, con la cacha, el sombrero expuesto a volar con el viento del mar.     Nuestras compañeras de 1921 y todas las chicas universitarias no habrían concurrido jamás a clases sin el consabido sombrero, de acuerdo, naturalmente, con la moda imperante del momento, y así usaban en primavera, uno distinto al de otoño o el invierno.     Cada una poseía un sombrero para cada estación y se veían de lo más mononas luciendo su juventud, su ilusión y su hermosura.     Hubo modelos de sombreros de tan diversas formas, colores, adornos, cintas, plumas, alfileres especiales para asegurarlos al moño, que sería imposible hacer de ellos una descripción frente a su loca proteiformidad.     Debido al uso corriente y absoluto del sombrero, como la función crea al órgano, en la ciudad aparecieron profesionales de esta moda femenina designada "sombrereras para damas" o "modistas en sombreros", y las hubo de reconocido prestigio para todos los gustos y los bolsillos de los maridos. Recordaremos someramente a algunas de estas especialistas en Concepción.     En la casa Charpentier, una de las secciones más importantes era la de sombreros para damas donde, en nuestra juventud, alcanzamos a conocer a la distinguida especialista Mademoiselle Germaine, contratada especialmente en París, en la época en que se importaban de Francia modelos exclusivos para cada temporada y, una vez recibidos, se instalaban en maniquíes especiales. Antes de venderlos al público se cursaban invitaciones a las familias más "encopetadas" para la inauguración de la venta y cada una de las damas asistentes, de acuerdo a su gusto, su interés o al bolsillo del marido o del padre, podía escoger los modelos que le agradaran, con el convencimiento de que cada uno de ellos era único y que no se repetiría. Naturalmente, el precio era de acuerdo con la calidad de la mercadería.     Los sombreros que no se vendían en esta exposición privada eran puestos a la venta del público femenino, produciéndose una verdadera emulación; porque quien había escogido un modelo sabía que no podía haber otro igual y si, por casualidad, otra dama llevaba uno parecido, se llegaba a la conclusión de que una modista de la localidad igual que ciertos pintores en los grandes museos- había hecho una copia del original.     Cuando Mademoiselle Gennaine finalizó su contrato y regresó a su patria, tomó su lugar una profesional santiaguina, la señorita Benigna Mercado, quien pennaneció en el establecimiento hasta 1921, es decir, hasta que cerró sus puertas. Y la Casa Charpentier, uno de los establecimientos comerciales más completos que hubo en la ciudad, quedó flotando en el alma de los viejos penquistas.     Pero Concepción contó con otras destacadas especialistas en este arte tan femenino, tan elegante y, desgraciadamente, hoy tan olvidado, salvo hermosas y contadas excepciones de damas penquistas que han conservado inalterable la fidelidad por el uso del sombrero.     En Barros Arana entre Aníbal Pinto y Colo Colo estuvo instalada la prestigiosa modista Madame Labeyrie, distinguida dama de origen francés, que tenía dos hennosas hijas, en su tiempo, las chiquillas más lindas de Concepción, Marta y Elena. Marta reside ahora en Francia con su familia, y Elena, en asomo. Una hija de esta última vive aqui y, como su madre, es muy hermosa.     En Colo Colo entre Barros Arana y Freire, frente a la anterior, estaba Madame Bastien, dama francesa que también tenía una hennosa tienda de sombreros. En Barros Arana esquina Castellón, otra francesa, Madame Simondet, tuvo un establecimiento similar. Otras prestigiosas modistas del sombrero fueron también las señoras Wolf, Emma Hispa, las señoritas Mella y otras, que contribuyeron a poner una nota de alegre colorido en el atuendo de las penquistas de ayer y cuya ausencia aún lamentamos, porque el sombrero completaba la toilette femenina confiriendo a su portadora un aire de distinción.     Uno de.los más terribles enemigos que tuvo el sombrero fue la locura por el cine, porque, a decir verdad, no era nada fácil ver una película tras las enormes alas de un vistoso sombrero. De modo que, por reclamo del público masculino, los propietarios de los establecimientos cinematográficos colocaron en la pantalla un aviso que decía "se ruega a las damas sacarse el sombrero durante la función" y lo que tanto les había costado colocarse, debían ponérselo rápidamente al abandonar la sala, mirándose furtivamente, al salir, en el espejo del foyer.     Más adelante, por orden de la Municipalidad, se prohibió el uso del sombrero en los teatros; y este complemento que la mujer penquista llevó con tanta elegancia, dejó de usarse poco a poco. Las modistas, las artistas del sombrero, fueron desapareciendo.     Cuando hoy vemos a una dama que lleva sombrero en nuestra ciudad, constituye un dulce recuerdo y nos hace evocar a quienes, en el pasado, hicieron tanto por la elegancia de las mujeres de Concepción con la labor y esfuerzo que desplegaron y el cariño que demostraron por su tan hermosa y digna profesión de sombrereras para damas.
    Hasta los años 15 &ocute; 20 constituy&ocute; una costumbre la celebraci&ocute;n de los matrimonios con 4 un ceremonial de gran aparato. La iglesia estaba adornada, desde la entrada hasta el :altar, con hermosos ramilletes de flores blancas colocados art&icute;sticamente en el pasillo central por donde los novios habr&icute;an de hacer su entrada. A ambos lados, los bancos luc&icute;an cintas de seda colocadas en forma primorosa. Los reclinatorios y las sillas para los novios y sus padrinos forrados con raso blanco; el altar, rebosante de flores y luces, as&icute; como de colgantes de tul. Todo formaba un cuadro de brillantes esplendores. Al entrar la pareja, el &ocute;rgano o una delicada orquesta los recib&icute;a con los acordes de la "marcha nupcial que imprim&icute;a a la ceremonia un sello de distinci&ocute;n. La novia, del brazo de su padrino, iba precedida de su corte de honor formada por muchachos y jovencitas amigos de los contrayentes. Los varones, vestidos de impecable frac si la ceremonia se celebraba en la tarde; en las mañanas, la tenida exig&icute;a el chaqu&ecute;. Las chicas que formaban la corte iban vestidas con primorosos vestidos blancos que confer&icute;an realce al acto.     Luego de finalizar el sacerdote las &ucute;ltimas oraciones y de felicitar a los contrayentes, &ecute;stos abandonaban el templo seguidos por las parejitas de j&ocute;venes y niñas que formaban el s&ecute;quito, observados curiosamente, al pasar por la avenida central del templo, por las miradas a veces plenas de una no disimulada envidia de aqu&ecute;llas que no hab&icute;an sido elegidas para formar la corte de honor. En ocasiones pudimos ver a veinte o m´s parejas que acompañaban a los reci&ecute;n desposados hasta el atrio de la iglesia, donde se distribu&icute;an en los viejos y elegantes coches o en los primeros autom&ocute;viles carrozados de esos años. En otras, la corte de honor estaba formada s&ocute;lo por un exquisito ramillete de jovencitas que imprim&icute;an a la ceremonia nupcial un halo de juventud y alegria al pasar garbosas, solemnes y posesionadas de su papel, repartiendo sonrisas y saludos y luciendo su hermosura y donaire.     Este aparatoso ceremonial presentaba un hermoso golpe de vista y le daba un sello de alta jerarqu&icute;a. Pero, sin duda, constitu&icute;a tambi&ecute;n un acto de mundanal exhibicionismo.     De todos modos, era hermoso e impresionante. Algunas veces, la hermosa corte de muchachas era reemplazada por dos o cuatro "pajecitos", niños de tres a seis años, que llevaban con paradojal seriedad la cola del vestido de la- novia.     Debemos confesar que, a pesar de haber considerado a esta ceremonia como un espect´culo hermoso y brillante de ilusi&ocute;n y juventud, hoy creemos que fue una de las tantas modas, resabio de tiempos pasados. Estimamos de mayor seriedad, serenidad y sencillez la costumbre del presente, que no es una aparatosa exhibici&ocute;n sino una ceremonia seria, recatada y plena de sublime unci&ocute;n; sobre todo cuando, al pie del altar, en el momento m´s solemne e inolvidable para los novios, en la adustez del templo, se dan el de la promesa y del juramento de unir sus vidas para siempre.
    A&ucute;n no se hab&icute;a cimentado el prestigio de Viña del Mar y de sus playas vecinas, Conc&ocute;n, Las Torpederas, Isla Negra, El Quisco, Cartagena, El Tabo, Zapallar, Rocas de Santo Domingo y tantas otras del presente, en la zona central; a&ucute;n no sal&icute;an de su estado embrionario de tranquilas y apacibles caletas de pescadores artesanales, cuando, a principios de siglo, una de las m´s concurridas -y considerada como un elegante centro de veraneo en el ambiente social penquista, y no s&ocute;lo penquista sino tambi&ecute;n de respetables y viejos personeros santiaguinos- fue la hist&ocute;rica playa de Penco en cuyas apacibles riberas, en octubre de 1550, el valeroso extremeño, Don Pedro de Valdivia, fundara la primera ciudad de La Concepci&ocute;n del Nuevo Extremo.     Penco, sitio de leyendas y pleno de historia -de la vieja historia guerrera del siglo XVI- fue uno de los sitios m´s visitados durante el verano en los primeros años del presente siglo. En esa &ecute;poca no era posible cruzar la breve distancia que lo separa de Concepci&ocute;n sino por medio de un ferrocarril particular que constitu&icute;a el &ucute;nico sistema de uni&ocute;n entre ambas localidades. Entonces no se pensaba en la posibilidad de un camino, y si bien es cierto que existi&ocute; uno era otra cosa que una polvorienta carretera llena de baches y obst´culos asequible s&ocute;lo al caballo, de modo que el viaje entre un y otro era casi una aventura si no se empleaba el ferrocarril.     Como el itinerario del tren de marras no era muy variado, y &ecute;ste circulaba s&ocute;lo a ciertas horas, era casi imposible ir y regresar en el d&icute;a, de modo que el veraneo en Penco s&ocute;lo pod&icute;a efectuarse teniendo una casa para la temporada. Por ello, numerosas familias de nuestra ciudad y del norte construyeron all&icute; sus residencias veraniegas donde pasaban, acompañados de sus relaciones &icute;ntimas, los calurosos meses del est&icute;o.     Para aquellos que no pose&icute;an en Penco una "chalet" de veraneo, existi&ocute; el famoso y prestigiado Hotel Coddou ubicado frente al mar. con una hermosa vista. tras las actuales ruinas del hist&ocute;rico fuerte La Planchada. El hotel era un enorme, agradable y acogedor edificio dotado de todas las comodidadas que el bienestar de la &ecute;poca exig&icute;a, adem´s de los grandes comedores y salones -donde una orquesta permanente hac&icute;a o&icute;r los aires de moda-, bien dotadas habitaciones, salas de juego y cuidados jardines; y para los muchachos diversas entretenciones contribu&icute;an a hacer m´s agradable su estad&icute;a.     Pero adem´s de las instalaciones propias de un hotel &ecute;ste ten&icute;a dos muelles que se adentraban en el mar y que en su parte superior estaban provistos de c&ocute;modas casetas para desvestirse. No olvidaremos de consignar que uno de estos muelles estaba destinado al uso exclusivo de los varones, y el otro al de las damas. Se descend&icute;a de ellos hasta la playa por una c&ocute;moda escalera que llegaba hasta la rompiente de las olas que, mansamente, acarician la playa pencona.     Era usual que las muchachas, al ir a bañarse, lo hicieran acompañadas hasta el borde de las olas por alguna pariente o, en su defecto, por la nana, que quedaba encargada de la capa de baño, hasta el instante en que, al salir, cubrir&icute;a nuevamente el cuerpo h&ucute;medo por el agua del mar. Las j&ocute;venes sub&icute;an por la escalera del muelle correspondiente, ingresaban en la caseta y luego de una prolongada permanencia en ella, para afinar su "toilette", emerg&icute;an de all&icute; provistas de su hermoso y gr´cil sombrero de &ucute;lt&icute;ma moda y el infaltable quitasol.     No era costumbre asolearse sobre la arena en traje de baño, y quien se hubiera atrevido a hacerlo habr&icute;a sido anatematizada hasta con la excomuni&ocute;n; menos a&ucute;n mezclarse j&ocute;venes y niñas a charlar, pololear o besarse en la playa. En esos viejos tiempos, eso jam´s... por lo menos, no en p&ucute;blico.     El vestido de baño era de una factura cuya ridiculez, al contemplar hoy viejas fotograf&icute;as, nos asombra y nos hace re&icute;r de buena gana por la facha de las muchachas de antes. En su tiempo lo consider´bamos lo m´s hermoso...     Para las mujeres el vest&icute;do de baño consist&icute;a en un "aparato" (no s&ecute; c&ocute;mo se podr&icute;a describir mejor) que cubr&icute;a p&ucute;dicamente desde el cuello hasta los tobillos, provisto de un cintur&ocute;n que serv&icute;a para quebrar un poco la monoton&icute;a impuesta por las costumbres y la moda. Algunas, un poco m´s audaces, usaban las mangas hasta el codo dejando al descubierto el antebrazo. En general, las mangas llegaban hasta la muñeca. El color del traje de baño era, casi siempre, azul marino con ciertos adornos blancos; completaba el atuendo un gorro que cubr&icute;a totalmente la hermosa y larga cabellera, a la usanza de entonces. i C&ocute;mo ha cambiado de ayer a hoy! Primero el traje se moderniz&ocute; y fue un poco m´s llamativo, pero de una pieza; luego, el atrevido bikini, y ahora la tanga, dejando ver, de buenas a primeras, casi todo el encanto de un cuerpo femenino. Para los hombres era similar, ya que el traje de ba& ntilde;o era de una pieza desde el cuello hasta las rodillas, de una especie de g&ecute;nero de lana o de algod&ocute;n azul a rayas blancas horizontales, algunos de manga corta; tambi&ecute;n los hubo rojos, con las mismas rayas, e incluso de un color verde insolente.
    Terminado el "rito" del baño -lo llamamos as&icute; porque, de acuerdo a las prescripciones m&ecute;dicas de la &ecute;poca, no se deb&icute;a permanecer m´s de veinte minutos en el agua desde la playa se o&icute;an a cada instante los llamados: "Juanita, ya salga, est´ bueno", "Chelita, ha estado mucho en el agua", "Pep&icute;to, salga, le va a hacer mal".     Las niñas, al salir, eran esperadas por alguien que les pusiera la famosa capa, llamada tambi&ecute;n "salida de baño", para hacerlas a&ucute;n m´s invisibles a los ojos siempre curiosos y ´vidos de los j&ocute;venes que, a pesar de todo, trataban de mirar sin ver.     Despu&ecute;s del baño las muchachas se sentaban modosamente en la playa en grupos de tres o cuatro, contando siempre con el infaltable" cancerbero' 'que pod&icute;a ser la mam´, una vieja pariente solterona, una hermana mayor casada o la nana, y que deb&icute;a cuidar de los modales y del comportamiento de las jovencitas.     En otro sitio de la playa se hallaban los muchachos con su cl´sica tenida ya dicha al hablar del sombrero.     A pesar de toda esta estrategia, al borde de las apacibles aguas de Penco se tejieron numerosos romances. Primero, con miradas furtivas y saludos al pasar; luego, la presentaci&ocute;n. Si el pololeo se consideraba como algo serio, el pretendiente pod&icute;a formar en el corro de muchachas y, muchas veces, se sent&icute;a all&icute; tan solo entre tantas beldades como un "pollo en corral ajeno". Una vez ternlinado el veraneo, continuar&icute;a en la ciudad la pequeña aventura que se hab&icute;a iniciado junto al ruido internlinable de las mansas olas del mar de Penco.
    En 1877, tras numerosos y serios ensayos, Tom´s Alva Edison el gran f&icute;sico, dio a conocer su invento en Estados Unidos, el que luego, perfeccion´ndose, recorrer&icute;a el mundo. El primer fon&ocute;grafo -nombre dado por su inventor al aparato de marras- se compon&icute;a ," de un receptor, de un aparato registrador de la voz o del sonido y de un reproductor. Pero lo curioso de este primitivo artefacto era que la aguja no corr&icute;a sobre un disco hor&icute;zontal con surcos, como hoy, sino sobre un cilindro de cera semejante a un rollo de papel Confort. Alrededor de la parte convexa de &ecute;ste, la aguja hacia su trabajo para trasmitir, por medio de un diafragma, el sonido registrado a trav&ecute;s de una corneta que, a su vez, lo lanzaba amplificado al espacio ambiente. Cada uno de los rollos de cera grabados correspond&icute;a a una partitura diferente y era necesario cambiarlos cada vez que se deseaba escuchar otra.     Al respecto recordamos lo que, en m´s de una ocasi&ocute;n, nos relatara don Max van Rysselberghe, t&icute;o de mi esposa y padre de nuestro ex Alcalde Enrique. Siendo &ecute;l muy joven se alist&ocute; en su patria, B&ecute;lgica, en la expedici&ocute;n cient&icute;fica dirigida y organizada por el marino y explorador belga Adri´n de Gerlache, quien prepar&ocute; esta expedici&ocute;n al Polo Sur en el barco oceanogr´fico llamado "B&ecute;lgica". Seg&ucute;n lo planeado, la expedici&ocute;n no pasar&icute;a m´s de tres meses en los hielos polares, pero el barco tuvo que permanecer all&icute;, aprisionado en los "icepacks", desde 1897 a 1899. El t&icute;o Max nos relat&ocute; que como &ucute;nico medio de distracci&ocute;n llevaban un fon&ocute;grafo con algunos rollos que conten&icute;an las piezas musicales de actualidad de la &ecute;poca, calculando tener distracci&ocute;n para los tres meses que durar&icute;a la expedici&ocute;n. Pero como la estad&icute;a se prolonga ra por m´s de dos años, prisioneros del "desierto blanco", al fin, la distracci&ocute;n que se supon&icute;a les servir&icute;a para matar las horas de soledad y de hast&icute;o, se volvi&ocute; penosa ya que el repertorio lo conoc&icute;an de memoria y no hab&icute;a posibilidad alguna de renovarlo. Cada vez que acertaban a pasar frente al aparato, ubicado en un rinc&ocute;n de la c´mara del barco, ni siquiera lo miraban; al contrario, desviaban la vista porque ya de nada les serv&icute;a. Fue talla desesperaci&ocute;n de dos de los muchachos que integraban la expedici&ocute;n, que uno de ellos opt&ocute; por suicidarse y otro perdi&ocute; la raz&ocute;n; hasta que al fin, una escampav&icute;a chilena, al mando del Piloto Pardo, los rescat&ocute; de ese infierno blanco traslad´ndolos a Punta Arenas, y de alli regresaron a la patria lejana.     En los años siguientes, el aparato de Edison se fue perfeccionando. Se transform&ocute; el sistema de cilindro por el de disco, y luego se cont&ocute; con el "gram&ocute;fono" y la primera "victrola", a&ucute;n con la famosa corneta. Despu&ecute;s se suprimi&ocute; la corneta y se lleg&ocute; a la "ortof&ocute;nica" y a los aparatos por todos conocidos, con sonido estereof&ocute;nico y complicados mecanismos electr&ocute;nicos: tocadiscos, amplificadores, cine parlante, radiotelefon&icute;a, televisi&ocute;n en blanco y negro y en colores; y lo que a&ucute;n queda por ver mediante las modernas t&ecute;cnicas que el siglo ofrece.     Naturalmente los primeros fon&ocute;grafos que funcionaron hasta principios de siglo -hoy piezas arcaicas en los museos de todo el mundo- no eran accionados por la electricidad sino por medio de una manivela mec´nica de la que deb&icute;a preocuparse especialmente quien deseara escuchar una grabaci&ocute;n, porque sin adoptar esta sencilla precauci&ocute;n el disco deten&icute;a repentinamente su rodar sobre el eje y s&ocute;lo se o&icute;a un berrido como de cansancio totalmente dis&icute;mil de la partitura que tan bien se hab&icute;a iniciado.     Los primeros fon&ocute;grafos que llegaron a Chile fueron de la famosa marca francesa "Path&ecute;". Años despu&ecute;s, con el perfeccionamiento t&ecute;cnico de estos aparatos, surgieron los gram&ocute;fonos y las victrolas, nombre derivado de la f´brica Victor que las produc&icute;a, en su tiempo una de las industrias m´s cotizadas y de mayor prestigio en el ramo. En nuestra juventud tuvimos la suerte de escuchar en estas victrolas la hermosa voz de Caruso, Tita Ruffo, la Galli-Cursi y a tantos m´s, en hermosos trozos de &ocute;pera de Verdi, Massenet, Puccini, Leoncavallo o Bizet, llegando a sernos familiares trozos como "La Donna e Mobile", "Morire Si Puera e Bella", "Vesti la Giuba", "El Amor ti Vieta" o el pr&ocute;logo de "I Pagliacci", la marcha de "A&icute;da"; tambi&ecute;n tangos, operetas, canciones de moda, etc. Esto, naturalmente, sin el sonido y la reproducci&ocute;n casi perfecta de hoy y, en general, con un ligero "chicharreo" de la aguja al rodar por l os surcos del disco, que empañaba la pureza de la m&ucute;sica.     Despu&ecute;s de tantos años recordamos con nostalgia las veladas en la casa materna, conla vieja victrola que s&ocute;lo el pap´ manejaba, sin permitirle a nadie que la hiciera funcionar. Eleg&icute;a cuidadosamente el disco, le pasaba una fina almohadilla para eliminar las posibles part&icute;culas de polvo que se hubieran acumulado y, cada vez, cambiaba la aguja para conservar la nitidez del sonido y aumentar la duraci&ocute;n del disco.     Recuerdo la colecci&ocute;n de discos que hab&icute;a en casa, fuera de las arias y romanzas, trozos de &ocute;pera, canciones de la &ecute;poca y trozos orquestales. Dentro de este modesto "surtido musical" jam´s faltaba un disco de "La Marsellesa" que cada 14 de julio mis padres escuchaban con emoci&ocute;n y señalada nostalgia, evocando los tiempos y sintiendo los dolores y adversidades de esa Francia lejana que llevaron, hasta el fin de sus dias, prendida al coraz&ocute;n. En m´s de una ocasi&ocute;n, al o&icute;r, dentro de un religioso silencio, esta vieja y tradicional canci&ocute;n revolucionaria y observar con el rabillo del ojo a mi madre, vi en los suyos asomar una furtiva l´grima que ella trataba de enjugar disimuladamente, pensando, quiz´s, que no la hab&icute;amos observado. i C&ocute;mo quiso a Francia mi madre! y con qu&ecute; entusiasmo y cariño nos hablaba de su patria, recordando sus primeros años pasados all´ y los viajes efe ctuados en 1900 cuando, a&ucute;n soltera, fueron para la Exposici&ocute;n Internacional de Par&icute;s con mi recordada abuelita y su hermana, y luego de a1906 a 1909, viaje no tan feliz porque tuvo que ir con mi hermanita, chica a&ucute;n, por tratamiento m&ecute;dico.     Despu&ecute;s de o&icute;r "La Marsellesa", el rito familiar exig&icute;a esa marcha guerrera que dec&icute;a tanto, "Sambre et Meuse", y luego de escuchar estas dos grabaciones, una copa de champagne franc&ecute;s; as&icute;, en familia, celebr´bamos una nueva conmemoraci&ocute;n de la Toma de la Bastilla. Creo que esta sencilla y evocadora costumbre, que jam´s se intemlmpi&ocute; mientras mis padres vivieron, contribuy&ocute; en gran parte a despertar en mi coraz&ocute;n de niño, de joven y de hombre el cariño y el amor a la patria de mis padres.
    Cuando fallec&icute;a un amigo o una dama, era costumbre que sus relaciones masculinas lo acompañaran en coche o a pie, dependiendo esto de la calidad y alcurnia del extinto.     Se avanzaba tras una arcaica carroza negra, plena de adornos plateados simulando antorchas, tirada por caballos con arneses negros que algunas veces tambi&ecute;n iban cubiertos por capas negras con flecos colgando a cada lado del lomo del animal. Los cocheros, de r&icute;diculo aspecto, iban tocados de viejos sombreros de pelo, verdes por el uso, muchas veces demasiado grandes, y otras, tan pequeños que apenas se mantenian en la cabeza del auriga.     En el siglo pasado y aun en la primera quincena del presente, no se pod&icute;a concurrira un funeral sin vestirse de leva y sombrero de pelo o, por lo menos, tongo. Afortunadamente, durante mi juventud esta moda ya hab&icute;a sido suprimida, pero no se pod&icute;a acompañar a nadie al cementerio sin vestirse de negro.     Viejos resabios coloniales ya abolidos. Si bien es cierto que desde estas columnas evocamos con mucha nostalgia los años de nuestra juventud y las antiguas costumbres, nunca estuvimos de acuerdo con todo ese "aparato" mundano que s&ocute;lo obedec&icute;a a una moda rid&icute;cula. Mientras m´s importante fuera el personaje fallecido, m´s y mayor era el luto empezando por la c´mara mortuoria llena de colgantes de pared a pared, teniendo especial cuidado de cubrir los espejos para evitar su reflejo con el fulgor de los velones f&ucute;nebres. Luego, la iglesia oscurecida por inmensos paños negros colgando de sus muros, lo que constitu&icute;a una macabra escena con visos de un primitivismo ancestral y absurda chabacaner&icute;a, llegando a veces la emulaci&ocute;n a comparar cu´l difunto hab&icute;a gozado, durante sus exequias, de mayor negrura en su postrer viaje.     Seguramente habr´ m´s de alguno de mis lectores que crea que exagero. Otros estar´n de acuerdo con la moda funeraria de principios de siglo que critico. A los primeros, puedo decirles que as&icute; era realmente; a los segundos, les pido perd&ocute;n por mis opiniones que podr&icute;an pareaerles sacr&icute;legas y revolucionarias. |