LAS RAMADAS DEL DIECIOCHO
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    Las típicas ramadas chilenas estaban entonces ubicadas en la Avenida Manuel Rodríguez, adonde, de muchachos, corríamos en coche acompañados de nuestros mayores con el fin de presenciar el espectáculo, dando una vuelta o dos por el recinto sin descender del carromato, y observar desde cierta distancia el típico espectáculo criollo.
    Más adelante, mozos ya, lo hacíamos invariablemente como un obligado rito, en grupos alegres de amigos de nuestra edad, mezclándonos alborozados al entusiasmo y la alegría de esta tradicional manifestación popular, para festejar sin protocolo alguno el día de la Patria.
    La música vernácula de arpa y guitarra, las incansables "cantoras" y las auténticas picarescas tonadas chilenas preñadas de un agradable sabor a tierra, a campo, a luna, a trébol, a cielo y amor, no dejaban sitio para las estridentes orquestas de hoy, con sus absurdos aparatos electrónicos cuyo ruido insoportable mata a la música, plenas de ritmos (se les llama ritmos) afro-americanos de un salvaje primitivismo que, desgraciadamente, desvirtúan el sentido de lo genuinamente nacional y que hasta han llegado a opacarlo si no a desterrarlo.
    Evocamos la sana alegría, el chiste y la talla oportuna llena de sal y picardía; el ponche y la chicha en cacho; las empanadas "caldúas", fritas y de las "otras"; la rica cazuela de ave, los asados, el caldo de cabeza. Todo esto ha desaparecido de nuestro real folklore y de nuestra vieja tradición dieciochera.
    ¡Cuán lejanos nos parecen esos viejos tiempos en que nuestro pueblo, sano y alegre, se divertía con espíritu festivo, el que se hacía más ostensible con unos "pícaros grados" (como dicen los locutores de radio y televisión) de tinto y del "otro"!
    A veces la alegría subía de tono debido al exceso en la bebida y la euforia se traslucía en uno que otro espectáculo poco edificante provocado por algunos "borrachitos" peleadores, y del cual, repentinamente y sin que nadie lo sospechara, emergía una riña. Algunas veces, además de los golpes dados con cierta reciedumbre, salían a relucir los brillantes corvos; pero los policías del pasado, apodados peyorativamente "pacos". -de amplios y abundantes bigotes retorcidos, encerrados dentro de un serio y tradicional uniforme azul oscuro, dotados de enormes sables curvos (atuendo de los sargentos) y tocados del típico casco "colonial" británico, negro en el invierno y forrado en blanco en el verano- intervenían con exagerada paciencia y parsimonia, tratando de solucionar con argumentos persuasivos y en la mejor forma posible los pequeños y, a veces, grandes problemas que lograban suscitarse entre los concurrentes a las ramadas, especialmente al caer la tarde o al amparo de las primeras sombras de la no che.
    Cuando el argumento y la dialéctica del policía no daban el resultado deseado y no era posible conseguir un "armisticio" o la paz entre los contendores, repentinamente un pitazo estridente servía de llamada a una especie de arcaico carromato o coche celular -llamado, no sé por qué, "el calderón"- tirado por un escuálido jamelgo. Los peleadores eran invitados a penetrar en él con la mejor de las sonrisas de los representantes de la autoridad, y allí, "cómodamente" trasladados a la comisaría más próxima donde, frente al oficial de guardia, solucionaban o no su entrevero; y en casos más serios eran invitados a dormir "la mona" hasta el día siguiente, con su correspondiente parte al Juzgado o su encierro hasta por algunos días para que se refrescaran.
    Este ambiente de cantos, cuecas y tonadas se había perdido; las canciones de protesta y el grosero ritmo afroamericano habían reemplazado a la auténtica tonada chilena, llena de gracia y de sabor; el baile moderno de extracción tropical y ahíto de movimientos y sensualidad había descartado a nuestra incomparable y elegante cueca, cuando se baila bien.
    Afortunadamente ahora nuestras autoridades se han empeñado seriamente en hacer renacer el alma nacional de nuestro buen pueblo chileno, los valores que se habían ido diluyendo absorbidos por la vorágine de la novedad y del extranjerismo de importación.
    Además, existía la vieja costumbre de lucir -si no era posible toda la vestimenta- por lo menos algo nuevo, y así la policromía de las faldas de las muchachas le daban al espectáculo dieciochero una expresión de luz y de alegría.





Fiestas Patrias en Concepción
Fiestas Patrias en Concepción

21 de Mayo - Base Naval, Talcahuano. Escuela Ingenieros y Apostadero Naval
21 de Mayo - Base Naval, Talcahuano. Escuela Ingenieros y Apostadero Naval





EL ORGANILLO
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    Como llevando una preciosa carga sobre sus hombros cansados, meditabundo y agachado, pasaba el organillero por las calles de nuestra ciudad. Con su organillo a cuestas buscaba, con sus ojos ya prácticos en el negocio, el sitio preciso en cualquier esquina para depositar su vieja caja de música que se apoyaba en una burda pata de madera. Por medio de una gastada manivela la hacía sonar, lanzando al aire los viejos valses vieneses cuyo recuerdo aún nos emociona.
    Si no lograba reunir cierta cantidad de oyentes, cargaba nuevamente con su viejo armatoste -pintado de verde, con desvaídos dibujos de un dorado envejecido y deteriorado por el uso, el sol y la lluvia- y continuaba su camino llevando consigo, quizás, sus tristezas y la dura realidad de su vida pasada, sin variaciones, en un conventillo "lleno de humedad".
    Para dar mayor atractivo a su oficio, algunos organilleros llevaban sobre el organillo una pequeña jaula de alambre donde permanecía una vieja y aburrida caturra. El organillero abría la puertecita de la jaula y la caturrita amaestrada extraía cuidadosamente con su encorvado pico, de una cajita que había al pie de la jaula, un papelito doblado, generalmente de color rosado, como una pequeña carta. Este era entregado al donante de la moneda, quien, por este medio "milagroso" de la suerte, al leer el papelito ya estaba en posesión del secreto de su futuro y conocía lo que le depararía el destino o el amor... Se veían rostros afligidos al imponerse del contenido de esos mágicos papelitos rosados; otras veces, una dulce sonrisa de esperanza se insinuaba en los labios de alguna hermosa muchachita de nuestro pueblo que creía en la suerte dada por la caturra amaestrada por el viejo organillero.
    A veces, al caer la tarde, cuando el organillero pasaba por alguna calle donde vivía un niño que estaba enfermo y que debía guardar cama, aburrido y apenado por su dolencia el niño pedía a su madre que frente a su ventana se le diera un concierto de organillo. Entonces se hacía un verdadero trato entre la mamá del enfermito y el organillero y por un peso el pobre niño oía la música de tres o cuatro viejos valses vieneses, lo que a veces le producía un poco de alegría y, otras, dejaba en el alma del mocito una amarga sensación de pesar y desengaño.
    Terminado el día de labor, prodigando su música monótona y poco variada, volvía el organillero, a veces optimista y otras derrotado por la vida, a su pieza triste, a guardar con cuidado su preciado instrumento para iniciar la jornada al día siguiente. Esto hizo decir, en una de sus estrofas, a Ignacio Verdugo:

y al volver al conventillo
donde jamás entra el sol
bajo la luz de un farol
llora, llora el organillo.
Una manta, ya sin brillo,

lo cubre con tierno afán,
y parece el ademán
de cada harapo que cuelga,
o una bandera de huelga
o un brazo que pide pan...


EL AFILADOR
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    Fue este un personaje característico del pasado. Siempre serio, meditabundo y triste, como pensando en mil asuntos disímiles y, tal vez, haciendo locos proyectos para un futuro que la vida artera no le depararía jamás. El afilador de cuchillos y tijeras, empujando lentamente su primitivo artefacto compuesto por una gran rueda y lleno de poleas que hacía circular pesadamente por las viejas calles adoquinadas, produciendo, sin quererlo, un ruido desagradable y monótono que sólo era quebrado, de tiempo en tiempo, por una especie de extraño y típico silbido, inconfundible y original, por medio del cual se hacía anunciar al vecindario.
    A su pasada, repentinamente asomaba a la puerta de una o varias de las mansiones del pasado la antigua y clásica empleada doméstica denominada entonces "sirviente", como una apelación genérica, y clasificada en "niña de mano", "niña de pieza", "niñera", "cocinera" o "ama", según el tipo de labor que practicara en el hogar de sus amos.
    Las sirvientes, cualquiera que fuera su especialidad dentro de la clasificación doméstica de su trabajo, aparecían invariablemente tocadas de un moño, no siempre bien peinado, con un delantal con pechera y un ruedo para defender la falda, con tirantes cruzados sobre los hombros y anudado en la cintura; los había blancos, no siempre de impecable blancura, y otros de color, manufacturados en la famosa "tela de Vichy". Hacían detenerse al afilador y le entregaban, para su trabajo, los cuchillos destinados al corte de la carne o el pan cuyo filo, a fuerza de usarse, se había mellado de tal forma que, a veces, era imposible cortar hasta la mantequilla, también las tijeras y todo lo que precisara del cuidado del técnico.
    El afilador colocaba en una forma especial su carromato, conectaba la polea de la muela de afilar a la rueda grande que, a la vez, servía para movilizar el pesado armatoste y por medio de un rústico pedal le imprimía un movimiento variado, más lento o más rápido según el trabajo que debía ejecutar. De tiempo en tiempo colocaba la lámina del cuchillo o la hoja de las tijeras sometida a su innata destreza, dentro de un recipiente con agua de un indefinible color y de dudosa transparencia, a fin de evitar el exceso de recalentamiento del acero, y luego pasaba el cuchillo, una o varias veces más, sobre la superficie irregular de la piedra de afilar.
    Cuando este "complicado procedimiento" acaecía al atardecer, como muchachitos curiosos observábamos este espectáculo que nos parecía feérico y nos fascinaba porque fugaces y brillantes chispas saltaban por el roce del acero con la piedra, y para nosotros era como la imitación en pequeño de un fantástico fuego artificial; se nos imaginaban estrellas locas pasando raudas por el azul del firmamento de nuestras mentes llenas de ingenuidad y de candor.
    Entre estos personajes tan curiosos que pasaron por la pantalla fugaz de nuestra niñez hubo uno de rostro inconfundible. Era un hombre alto, delgado, prematuramente encorvado, que llevaba siempre un viejo y grasiento sombrero hundido hasta las orejas; de ojos oscuros y tez mate, hombre de pocas palabras, adusto y serio, a quien acompañaba una muchacha -tal vez su hija- flaca, desgarbada, pobre y sus ojos entristecidos por la miseria y la monotonía de su vida. Parecía llevar como un fardo su existencia fracasada, sin una alegría, sin una sonrisa, quizás sin el milagro de un furtivo romance. Se perdieron ambos en la lejana noche de los tiempos; posiblemente murieron abrazados a un fardo de esperanzas e ilusiones que la vida, pobre y miserable, tronchó y trocó en una brutal realidad, donde el espejismo de una alegría se transformó en la oscuridad de una lágrima perdida rodando sobre las pobres mejillas resecas por el dolor y por la vida...


LAS NOVELAS POR ENTREGA
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    Las teleseries han remplazado, en estos días, a las famosas "novelas por entrega" del ayer.
    Antiguamente fueron los diarios, especialmente los de mayor circulación, los que primero trajeron, en la última página, la relación de un capítulo de algún intrascendente y fantástico folletín que daba vuelta el año narrando eternas aventuras de caballería y escenas cursis de amor o de adulterio. Más tarde, algunas editoriales de escaso valor literario, pero con un gran sentido comercial, idearon lo que se denominó "novelas por entrega".
    Estas constituían un artículo de primera necesidad para las muchachitas románticas y, en forma especial, para las empleadas domésticas quienes, cuando sabían leer, esperaban ansiosamente el día en que el "agente" de estas editoriales traía el cuadernillo que contenía otro capítulo del novelón, que no terminaba nunca porque mientras menos materia trajera el fascículo más cuadernillos se venderían y el negocio era, naturalmente, más claro y más productivo.
    Según mis recuerdos, creo que cada folleto valía diez centavos de nuestra buena moneda. A veces, estos famosos dramones, de la mayor cursilería y del menor valor literario, duraban por espacio de uno o dos años. Nuestras nobles y leales "sirvientes" del ayer los guardaban celosamente y, a veces hasta los hacían empastar, considerándolos verdaderas obras de arte. Cada semana, o cada quince días, esperaban ansiosas la entrega del cuadernillo para conocer el desenlace de una aventura iniciada en el capítulo anterior.
    Como se puede ver, el mundo sigue igual, nada ha cambiado de ayer a hoy. En el presente ya no se venden las 'novelas por entrega', pero las teleseries, a veces aburridas, cursis y llenas de truculencias inverosímiles -salvo escasísimas excepciones- fascinan a la mujer moderna. No les basta sentir y sufrir en carne propia las escenas del diario vivir que reproduce la "pantalla chica ", sino que pasan tardes enteras pegadas al televisor y, luego, les encuentran un sabor a cosa nueva y llenas de atractivos. Después, en un corro de amigas, el comentario es "¿cómo irá a terminar?", "¿qué te parece?". Cada una da su opinión y si alguna amiga del grupo ya la ha visto en otro país y conoce el tema, le hacen callar, para mantener la ilusión y el misterio hasta el final del dramón.
    Estimo que el televisor, formidable invento de nuestro tiempo, debiera ser, en nuestro medio, el motor primero para la educación masiva del pueblo. Los documentos, la historia de los inventos mundilales, las películas que muestran la belleza del mundo animal o vegetal, como las de Cousteau, las hermosuras naturales de los países lejanos, la civilización y tantos otros temas de marcado interés, constituirían, a mi juicio, verdaderos programas de utilidad.
    Pero la proyección de películas violentas de asaltos y balas, y los pesados dramones de amor, desamor y adulterio, van, poco a poco, deformando la mentalidad de nuestro pueblo.


LAS PARVADAS DE PAVOS
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    Algo que tal vez pocas personas recordarán. En los primeros años del siglo, e incluso hasta muy poco antes del sismo de 1939 -en que el tráfico de automóviles era mínimo y existían dos líneas de tranvías eléctricos por Barros Arana-, llegaban a Concepción, procedentes de los campos aledaños, parejas de buenos campesinos que, provistos de unas largas y flexibles varillas de mimbre, arreaban con paso cansino sendas parvadas de pavos por las tranquilas calles empedradas de la vieja ciudad, gritando a voz en cuello su mercancía; de preferencia desde fines de mayo hasta septiembre, época de los famosos "meses de los santos".
    Los plumíferos, inocentes de su futuro, caminaban lentamente arqueando el feo cuello y, a veces, dando el espectáculo amoroso del macho prepotente que formaba un armónico abanico con su negra cola y su largo moco enrojecido al máximo, dándole el aspecto de un decadente romántico al mostrar sus pobres galas a la hembra elegida; todo ello motivo de profunda curiosidad para los rapazuelos. El monótono piar de las aves anunciaba desde lejos su paso, y si agregamos a ello el cansado pregón de los campesinos "¡a los pavos lindos y gordooos, casera... ! ", se transformaba en todo un espectáculo folklórico inolvidable.
    Al aparecer la posible compradora de alguna de estas aves en el marco de una puerta, hacía ésta una especie de revista al grupo y, después de informarse del precio y luego del correspondiente regateo -hábito inveterado de las dueñas de casa-, al decidirse por cualquiera de ellas, decía al vendedor: "ese de ahí, casero, el que está al Iado de esa pavita". Al instante el huasito levantaba una ala de su viejo poncho, dejando al descubierto su bolsillo grasiento del cual extraía algunos granos de trigo que esparcía sobre el adoquinado. Los pavos acudían presurosos ante el delicioso manjar y mientras devoraban ávidos los granos, el buen hombre -rudo, tosco y honorable-, con un rápido movimiento de sus manos ágiles y encallecidas por el trabajo, atrapaba al ejemplar elegido por la compradora que debía celebrar, en esos días, un ágape familiar para festejar el onomástico del marido, del hijo, de la madre y aun de la suegra...
    Este recuerdo se perdió para siempre entre las brumas de las cosas mínimas del ayer lejano...
    El otro procedimiento para proveerse de este tipo de aves de corral consistía en acudir a la llegada de los trenes, donde se ejecutaban importantísimas "transacciones" comerciales de tipo avícola. Generalmente era la empleada de confianza de la casa la encargada de estos menesteres. Concurría a la estación de Ferrocarriles y esperaba allí los trenes provenientes del sur, con veinte o treinta pesos en la cartera para formalizar el "negocio".
    i Cuántas veces, de niños, acompañamos a nuestra vieja y recordada Encarnación en procura de pavos para celebrar luego alguna efeméride familiar donde este apreciado condumio no podía faltar!
    La nana aparecía cuidadosamente peinada con su infaltable moño atravesado de horquillas de alambre y de carey, sin faltar, por supuesto, la peineta y su impecable delantal blanco con pechera y tirantes sobre los hombros. Comenzaba el trato con el vendedor, un verdadero rito, mirando el grupo de aves que, amarradas de las patas, permanecían botadas en el suelo. Luego, al ver una que fuera de su agrado la tomaba en su mano derecha y otra en la mano izquierda con el fin de sopesar las, calculando "in mente" cuál sería la mejor; les tanteaba el buche, probaba sobre el plumaje con su encallecida mano de honorable mujer de trabajo para informarse si, por debajo de éste, afloraba sólo un "enjambre de huesos" o si era un pavo de real gordura. Escogido éste, la tercera etapa del negocio consistía en el regateo del precio. Por fin, se cerraba la "importante transacción".
    Regresábamos ufanos a casa con el ejemplar recién adquirido. Al llegar a la casa, la primera frase de la nana, dirigiéndose a mi madre, era: "Señora Rosita, mire qué lindo pavo, tiene el buche llenito y está bien gordo; pero el huaso del diablo me quería cobrar quince pesos. Se lo conseguí en doce". En esta forma, la pobre nana cuidaba celosamente el presupuesto familiar.
    Terminados los comentarios de rigor acerca del negocio del pavo, se le desataban sus tullidas patas, se le soltaba en el gallinero donde era recibido con diversas reacciones de parte de las demás aves. Se iniciaba el período de una verdadera sobrealimentación con el fin de mantenerlo en el mejor estado posible para el día de su sentencia de muerte, acto ejecutado sólo por la cocinera, experta en estos menesteres caseros.
    El día en que debía morir el pavo, nos hacían salir de paseo con la nana para evitarnos el doloroso espectáculo de la ejecución. Creo que gracias a esta sabia preocupación de mi madre jamás he sido capaz de soportar la visión de la muerte de ningún animal; de allí, tal vez, mi sensibilidad en medio de la vorágine de violencia de este siglo estrafalario y loco. "
    Debo declarar, con la más profunda honradez, que, estando el pavo en el plato, asado, frío o caliente, no pensaba ya más en su desaparición y mi avidez y glotonería se solazaban durante las pequeñas tertulias familiares en casa de mis padres al ver desfilar los ricos manjares que, en aquellos años lejanos, eran numerosos y constituían el "menú de la fiesta" para conmemorar alguna efeméride familiar o para celebrar la fiesta del 14 de julio, por ser mis padres de nacionalidad francesa.


LOS VENDEDORES AMBULANTES
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    Integrada Concepción, ya por completo, a la vida moderna, deseamos recordar algunas curiosas costumbres populares del pasado transformadas en pregones que hoy se evocan con sabor a cosa lejana.
    El sereno, por ejemplo, que cada cuarto, media o una hora, entonaba su monserga: "Las doce han dado y sereno", mientras que su escolta, unos pasos más allá, rompía el impenetrable silencio de la noche acompañándolo con su poderosa voz: "Ave María Purísimaaaa..."
    Hasta fines del siglo pasado, antes de la instalación del agua en nuestra ciudad, los pobladores se proveían de este vital elemento en norias situadas en los extensos patios de la época, o bien por medio del aguatero que en una carreta llevaba el agua en un tosco barril, gritando destemplada pero firmemente: "El aguatero, el aguatero, el agua, el agua..."
    Como algo más moderno, cuarenta o más años atrás -cuando aún había vegas bajas en Puchacay, Barrio Norte, Chacra Castellón, Fundo La Vasconia, Barrio Universitario y las Pocitas-, era costumbre oír el grito gutural del vendedor de crustáceos terrestres: "Camarones, camarones gordos caseraaa..."
    Otro personaje era el lechero que, encima de su carromato tirado por un escuálido jamelgo, hacía venir hacia él alas "maritornes" que en horas de la mañana estaban ocupadas en los menesteres caseros. Vendía la leche fresca y cremosa de los fundos de los alrededores, en unos enormes recipientes de fierro galvanizado. Esta procedía del fundo Hualpén de Peñuelas, de don Alejandro Galaz; o del fundo de los Price, de los Urrutia o de los Del Río, campos ahora entregados a la industria y a la técnica.
    En el silencio de la apasible ciudad provinciana se elevaba en los aires, como un lamento triste y cadencioso, el típico pito del afilador de cuchillos que recorría la ciudad alabando la bondades de su oficio.
    Por las mañanas, los diversos barrios -que no habían crecido como hoy- sentían traspasado su silencio por el grito de abnegadas mujeres que portaban canastos y ofrecían: "Mariscos frescos, caserita, pescado, ulte, cochayuyo..."
    Por su parte, los campanillazos bruscos y violentos del basurero anunciaban su paso y era curioso constatar cómo los animales que tiraban los carretones obedecían dócilmente al tremendo argumento del látigo o del golpe con la pala en el cuello; o bien, bastaba que el basurero les hablara con monosílabos para que se detuvieran, demostrando extraordinaria disciplina.
    Otro personaje perdido en la noche de los tiempos es el heladero, que en su modesta carretela llevaba su mercancía y pregonaba su negocio haciendo sonar su característico cacho de buey en una especie de mugido melancólico. Tras él corrían los niños de las barriadas a fin de adquirir este apetecido manjar.
    Recuerdo a un vendedor de manzanas que tenía una hermosa voz de barítono y la gente no sabía si compraba fruta porque la necesitara o por escuchar su precioso canto.
    Durante la temporada de caza se ofrecían también perdices, zorzales y otras aves; y fue tal su destrucción que resulta lastimoso comprobar que ya no se escucha en los campos el trinar de las aves, porque el hombre no supo respetar ninguna veda aun cuando tenía tantos otros elementos con qué abastecer su mesa.
    Prosiguiendo con los recuerdos, los organilleros, con sus instrumentos a cuestas y sus loritos de la suerte, nos deleitaban con sus mazurcas y valses vieneses que olían a tradición, a romance y a historia de amor.
    Por último, los suplementeros ofrecían a voz en cuello "El Sure", "La Unión" y "La Patria"; en cambio ahora, los diarios se venden silenciosamente en los quioscos metálicos instalados en las esquinas.


EL TROMPO
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    Una linda y variada entretención de nuestros tiempos del colegio fue el trompo.
    En primer lugar, era menester adquirir uno, examinándolo con detención antes de decidirse, ver que no tuviera alguna rasgadura en la madera, que estuviera bien pintado y sin defectos en su púa, porque el trompo "cucarro" era despreciado.
    Luego, cada uno de nosotros, premunido de su respectiva soguilla y del trompo de madera, no perdíamos ni despreciábamos recreo sin jugar, haciendo, en muchas ocasiones, hasta pueriles apuestas en las que, naturalmente, el dinero no entraba para nada. Sólo primaba el amor propio y la mayor o menor aptitud para hacerlo bailar en el suelo, llevarlo entre los dedos hasta ubicarlo en la palma de la mano imprimiéndole a ésta determinados movimientos, hasta que el trompo, cansado de girar sobre su afilado eje, se recostaba después de habernos entretenido por largos minutos.
    El otro juego cuyo nombre no acierto recordar, consistía en hacer una raya en el suelo, colocar una moneda de veinte centavos, impulsar y lanzar el trompo tratando de atacarla con él y lanzarla lo más lejos posible.
    También hubo trompos metálicos de color, que se hacían girar por medio de una cuerda. Lanzaban sonidos extraños y no nos entretenían porque eran sofisticados y falsos.
    No eran como el recio y duro trompo de madera que para manejarlo no necesitaba suavidad sino dureza y agilidad.
    Nuestros viejos trompos -a veces, de uno o dos colores y burdamente dibujados en la madera, y otras, de varias tonalidades que eran los preferidos- fueron inmortalizados en algunas hermosas estrofa s por el poeta de Valparaíso, Alejandro Galaz, quien en una de ellas dijo esto que nos llena de emoción y nostalgia de nuestro ayer:

Trompo de siete colores
sobre el patio de la escuela,
donde la tarde esparcía,
sonrisas de madreselvas,
donde crecían alegres
cogollos de yerbabuena,


LA CARNICERA
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    Antes de la era del jet, de los viajes a la luna, del smog, de la fisión del átomo, de la marihuana, del automóvil y de tantos otros inventos y novedades; antes del advenimiento de las comodidades que nos brinda generalmente el presente mediante la televisión, la radio, los refrigeradores, el chancho eléctrico, el "freezer", etc., la gente también tenia que alimentarse y se comía mucho más que ahora.
    Era un hábito que la cocinera fuera diariamente al mercado, la recova o la plaza, como se designaba al sitio donde debían conseguirse las vituallas, y para las empleadas encargadas del menester de preparar la merienda era casi un rito y, más que eso, una perentoria obligación efectuar esta salida luego que la dueña de casa dispusiera lo que se comería en el día.
    Allí, las cocineras tenían su "pequeño club" donde cambiaban ideas, comentaban las pueriles incidencias de sus vidas simples. En una palabra, era una especie de "relax", si quisiéramos expresarlo en el idioma del día. Además, en el mercado tenían su pequeño mundo de las "caserías": el casero del pescado y el marisco, el de las frutas, el de las verduras y el de la carne, siendo este último, tal vez, el más importante de todos en este "ranking" de"'prioridades", como podría decirse hoy. Porque el chileno ha sido siempre carnívoro, y en aquellos lejanos tiempos de nuestra perdida mocedad se encontraba la carne en abundancia y de la buena: "carne de primera". Por orden de jerarquía, el filete, el lomo liso o veteado, la infaltable punta de ganso, para el asado; la punta de picanilla, el huachalomo, las chuletas, la plateada, el hueso chascón, la cazuela y tantas más; las vísceras: sesos, hígados, riñones, además de las criadillas, mollejas, etc.
    Aunque, naturalmente, se adquiría la carne fresca para el consumo diario, durante los días de calor no se podía mantener dentro de la cocina, ya que la temperatura estival se intensificaba en el recinto con las viejas cocinas a leña y carbón, llamadas, no sé por qué razón, "cocinas económicas".
    En casa de mis padres teníamos una linda y enorme cocina francesa con su respectivo estanque incluido, para mantener el agua caliente durante todo el día para el lavado de platos, cubierto y ollas, y provista de dos tremendos hornos, por lo que allí todo se conjuraba contra el "frescor de la carne". Para obviar este serio inconveniente se inventó lo que se denominaba "guarda carne" o "carnicera", indistintamente.
    Este artefacto era muy sencillo, sólo consistía en una verdadera jaula. Las hubo de diversos tamaños, con dos o tres repisas para depositar en ellas la carne, y totalmente enmarcadas por los cuatro costados por una tupida y fina malla de alambre para dejar que penetrara el aire y, al mismo tiempo, evitar la entrada de las asquerosas moscas.
    Usualmente, este aparato se colgaba en un poste de algún corredor que estuviera ventilado y que diera al Iado de la sombra, y allí se mantenía durante el día la compra de carne efectuada en la mañana. Por otra parte, mantenida así, tras la espesa malla de alambre y a una altura prudente del suelo, estaba a salvo de las ratas, gatos y demás animales tan carnívoros como el hombre.
    Afortunadamente, en la actualidad, el refrigerador -impropiamente designado a veces como "frigidaire", que sólo es el nombre de una marca francesa de estos aparatos-y el "freezer" de tanta utilidad, desplazaron definitivamente al viejo "guarda carne", que antiguamente se encontraba en venta en todas las buenas ferreterías.


LOS PASTELES
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    Un hábito ya desaparecido casi por completo era el de la compra de pasteles para el postre tan anhelado del almuerzo dominical.
    De regreso de nuestros juegos y travesuras de niños, en la Alameda o en la Plaza, llegábamos impacientes a casa, esperando la llegada del papá que invariablemente hacía su entrada triunfal premunido de un bien arreglado paquete con los famosos pasteles.
    El momento del postre, tan esperado, iba precedido, a veces, de un pequeño sermón del papá que celebraba las buenas notas obtenidas durante la semana en el colegio; y si éstas no habían sido tan famosas, se nos instaba a estudiar más y a ser mejores. Naturalmente, siempre terminaba la plática perdonando lo malo y aplaudiendo lo bueno con uno o más pasteles.
    En esos años, las viejas y prestigiosas pastelerías de Palet, Piera y la de Mme. Sauré proveían de esta apreciada golosina dominical y saciaban nuestro voraz apetito de niños regalones y golosos.
    Actualmente suelo ver, los días domingo, algún padre saliendo de Astoria, Pujol, Sauré o Roggendorf, con el clásico paquete de pasteles que me fuera tan familiar; y pienso que, tal vez, no se ha olvidado esa vieja y recordada tradición. Quizás, una de las razones por las cuales no sea tan frecuente esta costumbre es la cifra astronómica que ha alcanzado el precio de esta tan apetecida golosina de los domingos de nuestra lejana niñez.


LOS BOMBEROS
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    Al oír el lastimero ulular de la sirena de incendio, nuestra juvenil curiosidad nos hacía asomarnos a la puerta de calle o mirar por las viejas ventanas de guillotina para ver pasar presurosos -y, como siempre, conscientes de su abnegado deber y de su duro trabajo- a los "caballeros del fuego", corriendo por las viejas calzadas del lugar amagado donde ponían su esfuerzo y valor para salvar lo que se pudiera de la tragedia desencadenada. Pero algo que llamaba sobremanera nuestra atención era ver pasar la vieja bomba de vapor tirada por una pareja de enormes y fuertes caballos que, al correr sobre el adoquinado, sacaban chispas con sus herraduras metálicas.
    En los ejercicios de bombas, fueran éstos al costado de la Plaza o en los prados de la Alameda, nos impresionaba la destreza de los bomberos para armar y desarmar las antiguas escalas, para trepar por ellas como gatos, lanzando desde lo alto gruesos chorros de agua a través de los pistones, agua que era impulsada por el trabajo duro y fuerte de la histórica bomba de vapor. Se decía, que los bomberos no tenían pesebreras en sus cuarteles, tampoco caballos, y en la emergencia utilizaban los de la Compañía de Cervecerías, facilitados generosamente en estas ocasiones. Fuera así o no, el hecho es que ello constituía, para nuestras mentes juveniles, un hermoso espectáculo imposible de olvidar.
    Al respecto, recuerdo que en Concepción había dos muchachos altos y bastante gorditos a quienes se los apodaba festivamente "los caballos de la bomba".
    A nuestro esforzado Cuerpo de Bomberos no sólo de niños lo hemos celebrado, sino que hemos seguido admirando su alto y puro espíritu de abnegación y sacrificio.


EL MANTO
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    No sé cuántos años hace que dejó de usarse el manto. Tal vez treinta, cuarenta, cincuenta o más. En nuestra niñez nos llamaba tanto la atención esta curiosa prenda femenina. El manto se usaba en todas las esferas sociales, la única diferencia consistía en el material de que estaba confeccionado y del tiempo que había servido a su dueña.
    Creo que los más finos, apreciados y caros, eran de espumilla de seda negra. Quien lo usara debía tener una habilidad especial y un arte innato para colocarse este gran trozo de género negro y liviano que cubría la cabeza y los hombros hasta mucho más abajo de la cintura, dejando sólo al descubierto el óvalo de la cara. En parte era similar a las tocas que usaban las religiosas antes de la modernización de sus hábitos.
    El manto tenia un encanto mágico, nada se veía debajo de él, no se traslucía nada, había que adivinarlo todo y esto sublimaba a la joven que lo llevaba así como a las damas de edad en forma especial en las mañanas cuando salían de compras -a lo que hoy llamamos "vitrinear"- o para asistir a la iglesia.
    En aquellos años una dama que se apreciara de tal, y de cualquier escala social, no hubiera osado penetrar a un templo sin el consabido manto de espumilla o de otro género liviano y negro. Los había desteñidos y, por el uso, tomaban un color verdoso a fuerza de estar sobre los hombros de sus dueñas y de acompañar las en su deambular por esas calles de Dios, en ir y venir cada día.
    Los alfileres con cabecitas negras y en forma de perlita eran un artículo de primera necesidad para prender y sujetar el manto, y su colocación era realmente una obra de arte que, a veces, tardaba más de media hora. En el óvalo de la cara se podían observar unos hermosos ojos que decían más que un poema, o una tenue y recatada sonrisa más expresiva que una promesa de amor al pie del altar.
    Tanta importancia tuvo esta prenda femenina que el reputado pintor chileno Pedro Lira la inmortalizó en un óleo de gran primor y hermosura titulado "La Dama del Manto".
    Actualmente el manto quizás pueda encontrarse desteñido y apolillado en el fondo de un viejo arcón, como mudo testigo de un pasado que se perdió en un recodo del tiempo.
    En las clases acomodadas el manto desapareció bruscamente y nadie más lo usó. Pero nuestra noble mujer del pueblo chileno no quiso, de buenas a primeras, deshacerse de esta prenda que constituía una verdadera tradición de familia. El manto negro que cubría la cabeza y el busto hasta la cintura fue, poco a poco, reemplazado por el "pañuelo de rebozo" que, a su vez, también ha ido desapareciendo lentamente para dar entrada al tejido de lana, la chomba o "la chaleca" del presente.


DEL VIEJO ALMACEN AL SUPERMERCADO
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    En muchas esquinas de nuestra ciudad se ubicaban almacenes de menestras generalmente regentados y de propiedad de algún súbdito italiano, a quien designaban peyorativamente como "el bachicha de la esquina". Se trataba de comerciantes serios y honorables, hombres de trabajo duro y sacrificado ya que, tras el mostrador, atendían cuidadosamente a la numerosa y fiel clientela del barrio desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche.
    En estos almacenes se encontraba de todo, desde el clásico y buen "atado" de cigarrillo habano auténtico -los "Milord", el "Fuñingue" "Joutard", corriente o especial; "cabeceado" en papel blanco, siendo los más ordinarios en papel amarillo; los "Favorita", "Pectorales", y tantas otras marcas desaparecidas para siempre del comercio- hasta la botella de aceite "Betus", importado, o las conservas siempre frescas y de primera calidad, ya fuera el famoso salmón "Mariposa" de Canadá o las reputadas sardinas francesas "Amieux Freres". También había licores finos y escogidos, los viejos y prestigiados coñac "Martell", Chabaneau" o "Hennessy" y otras marcas famosas, coñaques españoles como "Soberano", "Carlos V" y demás. Sería largo enumerar la variedad y el surtido de finas mercaderías y de abarrotes de diario consumo en los hogares del pasado.
    Estos almacenes tenían calor humano. El dueño recibía afablemente a su público, generalmente provisto del retorcido puro "toscano" entre sus dientes, expeliendo su aroma fuerte y penetrante. Y no sólo se concurría allí como cliente del dueño del negocio, sino que, a fuerza de visitarlo, de comprar asiduamente y por ser vecino del barrio, se mantenía una cierta amistad con el almacenero que se preocupaba también de preguntar por la salud de la familia de su cliente.
    Todo esto ha desaparecido con el adelanto y las nuevas modalidades comerciales venidas de Estados Unidos, que ahogaron al pequeño negocio con los famosos supermercados que lo han reemplazado definitivamente.
    Estos últimos son fríos e impersonales, el cliente debe atenderse por sí mismo, haciendo rodar un carrito de alambre por todo el establecimiento. Dentro de un supermercado da la sensación de estar súper vigilado por decenas de ojos inquisidores. Allí no se encuentra una frase acogedora de amistad, no hay tiempo para esto, ni siquiera para informarse de alguna característica de la mercadería que se desea adquirir. Se ha exagerado la estandarización y el pobre cliente se siente solo y abandonado, entre cajas y tarros, transformándose escuetamente en un comprador más, yeso es todo.
    Una vez hecha la adquisición de las mercaderías necesarias para el hogar, se debe seguir una "cola" hasta llegar a la caja donde, generalmente, atiende una simpática muchacha que desempeña seriamente su labor, pero que, debido al exceso de clientela, no tiene tiempo para esbozar una sonrisa o darle más luz a unos hermosos ojos escondidos tras unos "sombreados" párpados, dedicándose sólo a extraer los tarros o cajas del famoso carrito, colocarlos en orden sobre el estrecho mostrador rodante, ojeando con celeridad el valor de cada artículo adquirido. La registradora eléctrica va sumando, fríamente, el total de la compra. Luego la chica hace una seña para que uno, después de cancelar, se retire a hacer su paquete a otro mesón y, así, atender la mayor cantidad de público en el menor tiempo posible.
    Cosas de la época.
    No he podido nunca habituarme a esta forma de comprar: atenderse solo, mirar una y otra repisa, no encontrar a la vista lo que uno quiere no porque falte, sino porque la enorme cantidad de mercadería lo impide así como "a veces los árboles no dejan ver el bosque..." Es por eso que este menester debe realizarlo mí señora, mientras la espero pacientemente en la puerta del supermercado para ayudarla a introducir la compra en el coche. La frialdad y lo impersonal del negocio me producen una cierta desazón y, al recordar y comparar con el pasado, lo encuentro todo tan distinto del viejo almacén del italiano de mí barrio, ya desaparecido para siempre.
    A veces se mantenía una libreta para los pedidos y a fines de mes la vieja Encarnación, enviada por mí madre, debía ir religiosamente a cancelar lo comprado, recibiendo la famosa "yapa", vieja costumbre totalmente abolida por razones obvias, pero que entonces constituía casi una obligación.
    Los grandes supermercados han ahogado al modesto y honorable almacenero italiano de los años de nuestra mocedad que aún recordamos con señalada nostalgia por su probidad, atención, seriedad y el calor humano que tema para con su clientela.
    Muchos, la mayoría, han desaparecido; otros han debido modificar o transformar el giro de su negocio; algunos han muerto. Y con los que aún atienden tras el mostrador en su sacrificada y poco rentable labor, pero con un alto espíritu de seriedad y de afecto para la clientela, mantenemos cordiales relaciones, valorizando debidamente su esforzado sacrificio, su fina atención y su lucha, quizás estéril, frente al fuerte competidor del momento, el surtido supermercado.





Calle Comercio (B. Arana)
Calle Comercio (B. Arana)
Calle Comercio (B. Arana) Calle Comercio (B. Arana)
Calle O'Higgins
Calle O'Higgins

Calle O'Higgins
Calle O'Higgins

Preparativos para el 18 de Septiembre y Cuartel de Infantería, al fondo la Estación
Preparativos para el 18 de Septiembre

Preparativos para el 18 de Septiembre y Cuartel de Infantería, al fondo la Estación
Cuartel de Infantería, al fondo la Estación

Caja Nacional de Ahorros
Caja nacional de Ahorros





EL LUSTRIN DE MERINO
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    En uno de los locales comerciales ubicados en los bajos del antiguo y tradicional edificio de la Municipalidad -de puro estilo francés de fines del siglo pasado- estaba el famoso depósito de diarios, revistas y libros del recordado hombre de negocios y probo vecino de nuestra ciudad, don Rafael Merino, propietario también de una librería situada en O'Higgins, entre Pinto y Colo Colo, al Iado del solar que ocupó, hasta hace unos años, la Sociedad de Empleados de Comercio.
    En el depósito mencionado existió, además de los diarios y revistas, el famoso "lustrin" llamado festivamente "la esquina de la puñalá", porque allí se reunían jóvenes y hombres maduros en busca de la atención del lustrado de sus botines y, entretanto, se ocupaban en comentar las pequeñas cosas del diario vivir citadino. La sección del local dedicado al lustrin se componía de sillones, no exentos de cierta comodidad bajo los cuales había dos dispositivos de bronce fundido, a manera de zapatos, que servían para apoyar los pies, mientras los lustrabotas se dedicaban seriamente a su oficio.
    Antes de atender a un cliente y una vez sentado éste, le proporcionaban con la mejor de las sonrisas una ajada revista, con manchas indelebles de anilina de todos colores, la que se agradecía sin siquiera mirarla a veces, mientras los zapatos, con tierra del verano o barro en el invierno, eran sometidos al procedimiento del 'lustreo".
    Allí había, al menos, ciertas comodidades; se estaba bajo techo y los lustrabotas se dedicaban a su trababajo. En tanto que hoy los muchachos que hacen esta misma labor en la plaza, mientras lustran miran de un lado a otro, se distraen, pasan pomada sobre los calcetines y, entre ellos, comentan sus aventuras, algún partido de fútbol o el baile en perspectiva; todo esto no siempre acompañado ciertamente de un idioma muy académico.


EL COMPONEDOR DE PARAGUAS
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    Otro tipo de la vieja artesanía callejera casi totalmente desaparecida actualmente.
    Se trataba, generalmente, de una pareja que pregonaba su especialidad por nuestras calles, a los gritos desentonados de "paraguas arreglooooo, arreglo paraguaaaas...".
    Una vez conseguido el cliente, se sentaban al borde de la vereda o en el primer escalón de entrada de la puerta que encontraran a mano y de un atado mal hecho extraían viejas y oxidadas varillas -en todo caso mejores que las que debían componer- y efectuaban su magro trabajo agachados y silbando entre dientes una desapacible melodía, sin cambiar entre ellos palabra alguna hasta el término de su pobre labor.
    Terminada la "compostura'.' llamaban a gritos hacia la casa: "Casera, 'ta listo"; se hacían las pruebas de rigor, abrir y cerrar el paraguas; se revisaba una y otra vez el trabajo, se cancelaba y la pareja de "componedores de paraguas" continuaba su camino con paso triste en procura de otro posible cliente.
    Al llegar las primeras lluvias había que recurrir al paraguas recién arreglado, pero al doblar la esquina, donde el fuerte viento del norte soplaba enfurecido, el artefacto se desarmaba entero, no existiendo otro remedio que acudir a una de las numerosas tiendas de la ciudad para adquirir un nuevo sustituto del viejo e inservible paraguas.


EL SIFON
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    Naturalmente que no me referiré al famoso sifón de la calle Las Vegas. Me referiré a algo para siempre perdido, a un adminículo que jamás faltaba en la vieja mesa hogareña. Los había de tres tipos principales. Uno, con dos compartimentos unidos entre sí, rodeados de una fina malla de alambre y terminados por un tubo que se hacía accionar por medio de una palanquita. Expelían con fortísima presión la famosa "agua de Seltz", que poseía la magia de quitar la sed casi instantáneamente durante los días estivales y que servía, además, para mezclarla con vino y para preparar en casa, faena o privilegio exclusivo del papá, quien colocaba en el recipiente superior una pequeña cantidad de agua y, aunque no recuerdo bien, creo que bicarbonato de sodio y ácido tártrico.
    El hecho es que al unirse las sustancias colocadas éstas efervescían y luego de un breve rato de espera quedaba lista la exquisita bebida.
    El otro tipo de sifón venía preparado de la Compañía de Cervecerías y no había más que mover la palanquita y tener el agua de Seltz. Por último, el tercer tipo, que se cargaba por medio de una cápsula de plomo colocada en una celdilla conectada al tubo central por donde saldría el agua con gas tan deseada.
    Con el moderno sistema de la Panimávida, Cachantún, Andina, Coca-Cola, Pepsi-Cola, Orange, etc., ha desaparecido el viejo sifón de nuestras mesas, bares, restaurantes y hoteles, desplazado definitivamente por las modernas bebidas de fantasía envasadas.
    Aún se pueden ver los viejos sifones en los bares y restaurantes de Buenos Aires, de Río y de Madrid, donde son muy apreciados.


LOS MENUS
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    En la mesa familiar era usual iniciar el almuerzo con una suculenta entrada, fuera ésta de mariscos, carne, alguna buena conserva o pescado; luego, la infaltable sopa o el consomé de rigor, plato llamado comúnmente "el segundo"; enseguida, el asado, pollo u otro guiso, y, por si alguno de los comensales hubiera quedado con deseos de seguir comiendo, la infaltable legumbre, y finalmente el postre. Para dar el broche de oro al almuerzo diario, la tacita de un buen café o la infusión de tisana con alguna yerba, que generalmente debía tener ciertas condiciones medicamentosas, o sea, que fuera buena para el hígado, el reumatismo o el intestino.
    A la hora de la cena se comía menos. Desde luego, en el menú nocturno no figuraba la "entrada", salvo alguna circunstancia especial como una efeméride familiar, ni tampoco las legumbres.
    El pavo era infaltable condumio en toda fiestecita hogareña o celebración de algún día "de santo". El brindis final por el festejado era de rigor efectuarlo con el viejo "Champagne veuve Clicquot" o de otra marca prestigiada.
    La vida moderna, más dinámica y rápida, no da tiempo para estos enormes menús del pasado. Tampoco los podrían soportar los bolsillos del presente, dados los precios de los elementos constitutivos de esta desaparecida costumbre. Entre mis antiguos recuerdos guardo dos ejemplares de este tipo de menú. Uno, correspondiente al almuerzo ofrecido en casa de mi abuelita con motivo del matrimonio de mis padres, e19 de agosto de 1903, servido en la vieja mansión y preparado por la especialista de estos menesteres, Madame Sauré, cuando no era costumbre, como hoy, celebrar estos actos en un hotel o en un club.
    Creo no equivocarme al recordar haber oído a mi abuelita expresar que dicho almuerzo se inició a las 12.30, para finalizar después de las 16.00 horas. Naturalmente, mis antepasados no fueron gente de fortuna. Calcúlese como seria este tipo de festejo entre personas adineradas.
    El otro menú, no tan antiguo, sólo del 31 de julio de 1937, con motivo de una comida que le ofrecimos, un numeroso grupo de amigos, a ese ejemplar amigo prematuramente desaparecido que fue el distinguido médico, y mi compañero de estudios en el Seminario, Domingo Puga Monsalves. Lo hicimos como una sincera demostración de afecto y cariño a ese hombre que fue todo corazón durante su corta vida entre nosotros.¡Cómo han cambiado los tiempos y las costumbres desde esos dulces años de 1937 al presente!
    Hoy los evocamos con nostalgia y en nuestras mentes se agolpan, como en una veloz cagata espiritual, todos los recuerdos y las locuras de nuestra lejana bohemia juvenil.


LAS LAVANDERAS
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    Antes, mucho antes de las máquinas lavadoras automáticas y de los establecimientos adonde se lleva la ropa, que es lavada por medio de una máquina en breves instantes, existió un personaje ya legendario, la lavandera.
    En casa, era usual que cada día lunes por la mañana apareciera la recordada lavandera doña Julia, tocada de su viejo manto de espumilla negro, desteñido por el uso.
    Sobre su cabeza, encima del manto, se equilibraba perfectamente el gran atado de ropa limpia que traía tras una semana de ímproba labor distribuida entre el lavado, el estrujado, el secado y el planchado.
    Durante los meses de verano doña Julia hacía el secado colgando las prendas en alambres que atravesaban su patio de un extremo a otro. Y en el invierno, sobre un brasero, colocando las prendas encima de un viejo secador de mimbre, para luego plancharlas con la antigua plancha de acero calentada en el mismo brasero.
    La escena se repetía, invariablemente, cada lunes por la mañana cuando, al dejar caer su atado, se procedía a contar la ropa pieza por pieza, confrontándose lo traído con los apuntes que mi madre había hecho en una libreta especial. Estando todo en regla, se procedía al segundo acto de este repetido sainete, es decir, vaciar el clásico canasto de mimbre con la ropa sucia. Doña Julia iba separando, una a una, las prendas para lavar, mientras mi madre anotaba acuciosamente la cantidad de cada una de ellas, que volverían limpias el lunes siguiente.
    Hoy, a tantos años pasados desde entonces, puedo valorizar el heroico trabajo de la pobre doña Julia, atravesando la ciudad de un punto a otro con su enorme atado de ropa sobre la cabeza, para ganar su diario sustento a fuerza de trabajo honrado y de un enorme sacrificio. Si a esto agregamos el hecho de tener que permanecer uno o más días al pie de la batea lavando y escobillando con puro jabón, sin detergente alguno, es fácil imaginar la ímproba y honorable labor de esta artesana.
    Hoy, la Bendix, la Hoovermatic, o cualquiera otra máquina de lavar, deja todo listo en un rato: lavado, enjuagado y estrujado, mecánicamente y con el menor esfuerzo, ya que el detergente simplifica y apresura el proceso. Como el lavado se realiza en casa, se elimina la maniobra de contar la ropa.
    Creo que el mejor homenaje que se le puede rendir a la lavandera del pasado sería recordando el poema dedicado a ella, de Ignacio Verdugo Cavada, publicado en "Zig-Zag", el 14 de mayo de 1910.

Van tristes, agobiadas con sus atados blancos,
perdiendo las pupilas en una ensoñación...
Y, en filas o dispersas del río por los flancos,
tienen algo de cisnes en peregrinación...

Cuando el jabón albea sobre sus brazos francos,
parecen un par de alas que están en vibración;
y aunque la siesta llene de fuego los barrancos,
las lavanderas lavan cantando su canción.

y mientras cantan... cantan, las pobres lavanderas,
como un tropel de garzas dormido en las riberas
las ropas jabonadas se secan bajo el sol;
hasta que ya rendidos los brazos que eran alas,
sienten bajar a su alma con fulgurantes galas
la corona de espinas del último arrebol.









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