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ESTAMPAS Y ESCENAS CALLEJERAS
    A principios de siglo y aún en los primeros veinticinco años corridos desde 1900, Concepción era una ciudad chata, descolorida, abúlíca y colonial que dejó en nuestras retinas de niño y de adolescente un imborrable recuerdo, ya que ella fue mudo testigo de nuestra juventud, de nuestras quimeras y de nuestros ideales, y es a ella que quiero referirme ahora, en una apretada síntesis, evocando tantos años idos.
    La principal arteria de nuestra ciudad, hoy denominada Barros Arana, llevó anteriormente el nombre de Calle del Comercio y tuvo, desde 1885, tranvías tirados por caballos. Debido a este tipo de tracción animal, eran denominados vulgarmente "carros de sangre".     Por la importancia que cada día iba adquiriendo Concepción y en atención a que tenía que irse modernizando de acuerdo con los tiempos, se reemplazaron estos viejos carros por los tranvías eléctricos. En 1900 se iniciaron las primeras gestiones para instalar este moderno sistema de locomoción colectiva y sólo el 4 de julio de 1908 cruzó por las calles de la ciudad, ante la admiración de todos los vecinos que concurrieron a presenciar este magno acontecimiento. El primer tranvía de esta clase, que hizo su solemne viaje inaugural, llevó a las autoridades del pueblo ya los más distinguidos vecinos. Terminaron sin pena ni gloria en 1940, año en que fueron definitivamente eliminados con el fin de dar paso al progreso y a la velocidad.     La calle Comercio iba surcada por una doble línea de tranvías, cada uno con la clásica cobradora que en los fríos inviernos llevaban en su indumentaria sendos sombreros de hule, los que en verano eran remplazados por "canotiers" de paja de incierto color a fuerza de servir por años a sus dueñas.     Esta doble línea hacía que por una se desplazara un tranvía de sur a norte y por la otra de norte a sur, teniendo como punto de partida la Estación de Ferrocarriles, en recorrido hasta el barrio Puchacay, para terminar donde se encuentra actualmente la estatua de Caupolicán, copia del original del genial escultor chileno Nicanor Plaza, frente a la Universidad Técnica del Estado.     La calle Maipú, a su vez, poseía una línea, una sola y, sin embargo, por ella circulaban los tranvías en ambos sentidos, lo que era posible mediante el sistema de que, cada cierto número de cuadras, había desvíos donde el que iba de sur a norte esperaba al otro y así cada uno podía continuar ininterrumpidamente su ruta.     Hubo, además, otra línea que llegaba hasta el final de la Avenida Pedro de Valdivia, donde, en tiempo de los "carros de sangre", existió una tornamesa, sitio que se llamó "Agua de las Niñas". Aún en la actualidad, viejos vecinos de nuestra ciudad le dan dicha denominación a ese punto terminal de los tranvías.     Cuenta la tradición que en "Agua de las Niñas" existía una pequeña vertiente cuyas aguas desembocaban en una pileta rústica donde se sumían, hasta rebasar el artefacto de marras, las muchachas campesinas que venían a la ciudad en carreta desde Chiguayante, La Leonera, Hualqui, Quilacoya y demás poblados aledaños. Aprovechaban la pileta para lavar sus pies llenos de polvo del camino en los días estivales, o empapados de barro en invierno, con el objeto de presentarse decentemente al llegar a Concepción. Las mujeres siempre pensando en la hermosura... Por último, existía una cuarta línea que constituía un verdadero carril eléctrico que unía a Concepción con el puerto de Talcahuano, ya que en aquellos años no había otra forma de trasladarse entre ambas ciudades por otro medio que no fuera el tranvía o el ferrocarril. No se contaba con ninguna clase de caminos o vías terrestres, salvo para el uso de los jinetes o de las carretas tiradas por pacientes bueyes.     Este tipo de locomoción tenía su punto de partida frente a la Catedral. De allí partían a cada hora, siguiendo por Caupolicán hasta Freire, doblando por Rengo, y por esta última calle llegaban al puerto. Bordeaban la antigua cancha de golf que poseía la colectividad británica, donde está actualmente esa gran población monoblocks, al norte de la Laguna Redonda. Luego, orillaban enormes y extensas praderas que formaban valiosos fundos, muy bien cultivados, que nos proveían de rica leche y de verduras de primera calidad. Desafortunadamente, para dar paso al progreso, a la industria ya las necesidades del presente, todo esto ha desaparecido y sólo en nuestros viejos corazones queda el recuerdo de esos hermosos años.     El regreso los tranvías lo hacían también por Rengo, con el mismo sistema de desvíos, y llegaban hasta O'Higgins, de ahí a Caupolicán para desembocar en su punto de partida. En un interminable ir y venir desde las siete de la mañana hasta las doce de la noche, en los días domingo, los carros embarcaban a apresurados, nostálgicos y atrasados cadetes de la Escuela de Ingenieros de la Armada que habían llegado hasta nuestra ciudad para ver, aunque fuera a través de lánguidas miradas, al objeto de sus amores.     Este tipo de locomoción tenía unos tranvías especiales con ciertas comodidades. Cada equipo contaba con dos carros, uno de primera clase y otro de segunda. El de primera, con asientos de mimbre con resortes suaves muy confortables, a la vez que reversibles como los de los vagones del ferrocarril, poseía además seguros frenos de aire que daban una sensación de tranquilidad a los pasajeros. Los de segunda clase no tenían las mismas comodidades, ya que los asientos eran de madera pero estaban siempre bien mantenidos y de aspecto relativamente confortable.
    Luego, la infaltable presencia de los fotógrafos ubicados alrededor de la pila, quienes, en sus viejas y arcaicas máquinas montadas en frágiles trípodes de madera con su tarrito de agua, tomaban vistas de forasteros y campesinos, novios y damas. Todos adoptaban las poses más cursis e inverosímiles para llevar, tal vez un recuerdo de su paso por la gran ciudad o enviar a los suyos, perdidos en algún rincón cordillerano de "nuestra loca geografía", la estampa de su paso por nuestro paseo tan querido... Aún quedan algunos de estos artistas callejeros, pero ya no me llaman la atención como antes. ¡Tanto habré cambiado...!
    El clásico vendedor de barquillos premunido de su típico tarro circular pintado de rojo o de verde, donde, previo pago de diez centavos de nuestra buena moneda del tiempo, había que dar impulso a una especie de pequeña y burda ruleta metálica colocada en el polo superior del aparato, la que marcaba por medio de un vástago de alambre o de una pluma de pavo la cantidad que la suerte autorizaba llevar por los centavos pagados. Naturalmente, los números dos y cuatro eran, a ojos vista, siempre mucho más abundantes que los de diez o veinte; de ahí, que en muchas ocasiones sufriéramos, ya entonces, una de las primeras desilusiones que después la vida nos deparara con inusitada frecuencia.     El vendedor de barquillos ha perdido ya el encanto del misterio y la suerte, porque adosado a uno de los bancos de piedra que rodean la pila, vende sus barquillos modernamente envasados en el famoso papel celofán de tanto uso hoy en día. No he querido, ni por mera curiosidad, preguntar el precio ni cuántas unidades trae cada paquetito. ¡Para qué, si ni siquiera tiene la misteriosa ruletita de la suerte que nos llamaba tanto la atención!
    De entre mis recuerdos de los niños de la época, no olvidaré a los chicos Cooper, una parejita de muchachos encantadores vestidos impecablemente a la moda inglesa de la época y acompañados, no como nosotros por una nana criolla, sino de una severa e imponente institutriz británica vestida, de acuerdo a su cargo, con una larga falda azul marino, una amplia capa del mismo color y una correcta blusa blanca de mangas y cuello alto; completaba su atuendo una cofia al estilo de las religiosas, premunida de un velo de tul del mismo color que la capa, que le caía sobre la espalda. Hierática, seria, imperturbable y sin mezclarse, ella ni los niños a su cuidado, con ninguno de nosotros, y usando el inglés como único medio de relación con ellos.
    Para las efemérides patrias era de rigor adquirir una hermosa y finamente confeccionada banderita chilena, ejecutada en muy buena seda. Había de todos los tamaños y la hacíamos flamear al viento de septiembre, con una mezcla de orgullo y de veneración. Tal vez esta vieja costumbre nos enseñó desde niños a querer, respetar y venerar nuestro glorioso pabellón nacional.
    Los días domingos nos fascinaban los remolinos de papel, que nos producían un inefable encanto al verlos girar vertiginosamente cuando correteábamos inocentes, sin pensar que así como en nuestras manitos de niño giraba el remolino de papel iban también girando los días de nuestras vidas. Hoy, a tantos años pasados desde aquella dulce época de nuestra niñez, evocamos cómo van girando, sensible e inexorablemente, las horas de nuestro ocaso.
    En las mañanas de los domingos nos deleitábamos alrededor del quiosco escuchando a la Banda del Regimiento Chacabuco cuando, para alegría de grandes y chicos, lanzaba por los ámbitos del paseo los aires de moda: valses, polcas, mazurcas y marchas de la época. Nos entusiasmaba la actitud y movimientos del director, quien, con su batuta diestra y ágil, manejaba su conjunto en que los instrumentos de viento le daban a la música una inconfundible marcialidad. ![]() Tranvias. Aguas de las niñas (P. de Valdivia) ![]() Tranvias, Barrio Estación
    No faltaban en la Plaza ciertos personajes característicos. Entre éstos, recuerdo a un viejo señor, don Evandro Reyes, que nos producía pavor por el tremendo vozarrón que se gastaba y, a veces, por las expresiones exageradamente poco académicas que usaba para referirse a aquellos habitantes de la ciudad que no fueran de su especial devoción, los que no eran pocos a juzgar por sus airadas exclamaciones. No se cuidaba de la presencia de niños o de damas y, en ocasiones, tampoco de los familiares del afectado con sus peroratas. Oímos decir que, más de una vez, alguno le dio oportunamente su merecido.     Hubo, además, unas viejas señoras infaltables al paseo, a quienes les agradaba conocer detalles de nuestra vida de niños, nuestra edad, nuestra fecha de nacimiento e indagaban por nuestros padres. Era menester responderles para saciar su pueril curiosidad. Naturalmente que la nana lo hacía por nosotros, de allí que entre ellas se entablara a veces un diálogo largo, mientras nosotros jugueteábamos y corríamos alegremente nuestra niñez por el viejo paseo. Una vez satisfecha su curiosidad, las buenas señoras abordaban a otra nana, y así se entretenían sin malicia, sólo para luego tener un tema de charla entre ellas y comentar las pueriles incidencias del paseo que habían dado por la plaza, en esos años de tranquilidad y paz provincianas.     Otro inolvidable personaje de aquellos años era una anciana señora siempre vestida de negro, tocada de un pequeño sombrerito redondo tipo "capota", con una tremenda capa que le cubría totalmente su gruesa estampa; y fuera invierno o verano caminaba por nuestras calles con su paraguas o quitasol abierto y sus oídos tapados con algodón. Nos impresionaba y le teníamos un respeto y un temor reverencial debido a su exótica y extraña vestimenta, con su infaltable quitasol o paraguas siempre abierto...
    Las calles de nuestra ciudad estaban pavimentadas de adoquines que, la mayoría de las veces, no presentaban una superficie lisa al paso sonoro y estridente de los vehículos de tracción animal dotados de llantas de acero. Entonces, al pasar sobre las piedras se producía un ruido infernal al que se añadía el de las herraduras de las caballerías con su isócrono trac-trac. Durante el día estos ruidos se dejaban oír mientras la gente trabajaba o las amas del hogar trajinaban ocupadas seriamente en sus menesteres domésticos. No se consideraban del todo desagradables ya que, a fuerza de repetirse diariamente, el oído se habituaba y casi no llamaba la atención del sufrido vecindario.     Era distinto -y muy distinto- cuando algún enfermo y, en especial, cuando un enfermo grave yacía en su lecho por algún tiempo. Entonces, el ruido adquiría caracteres trágicos, hasta hacerse inaguantable. Era costumbre en estos casos cubrir la calzada con aserrín frente a la casa del paciente. En esta forma, y con este sencillo y primitivo procedimiento, se atenuaba el estruendo. Podía el pobre señor o la desafortunada dama conciliar el sueño y conseguir, dentro de sus penurias, tranquilidad y silencio. Al llegar al sitio donde estaba esparcido el aserrín, el paso de los carruajes que venían produciendo sonajera típica sobre el empedrado se hacia imperceptible y el silencio ayudaba, seguramente, a la pronta recuperación del paciente.
    No hemos podido saber dónde se originó la costumbre de colocar, durante el período de las grandes vacaciones de verano cuando la gente de la ciudad emigraba hacia las playas, la cordillera o los fundas, sendas hojas de papel de diario adosadas a los vidrios de las ventanas y sostenidos a éstos por medio de los infaltables postigos de las viejas construcciones. Se decía, que el objeto de estos papeles no era otro que impedir que el polvo de la calle, al penetrar a las habitaciones. lo ensuciara todo y, además, evitar que los rayos del sol contribuyeran a desteñir las alfombras y el brocato de los muebles.     Además de estas razones; de cierta validez en sí. en muchas ocasiones los moradores que trataban de aparentar más de lo que eran, sin poseer los medios económicos para un verdadero veraneo fuera de la ciudad, colocaban el papel con el fin de no aparecer en situación desmedrada ante el círculo de sus amistades de mayores recursos. Puestos los famosos papeles, se relegaban durante todo el verano al último patio de la casa y al final de la temporada no podía faltar un suelto de crónica en vida social que anunciaba pomposamente: "Ha regresado de su veraneo la familia..."     Tan cierto fue esto que dio motivo, en su tiempo, a un graciosísimo sainete que fue comentado y acerbamente criticado porque descubrió ante el público esta absurda costumbre. El titulo de dicho sainete era "Veraneo en Zapallar", que presentaba situaciones de la más alta comicidad y ridiculizaba en forma fina y mordaz los veraneos en el último patio de la casa.     En la actualidad sería difícil poner en práctica este método, ya que las modernas construcciones carecen de postigos y las persianas Kirsh no presentan una superficie lisa y adosada a los vidrios para sostener los papeles que, al ser retirados al final del veraneo, tenían un color amarillento sucio por tan larga exposición a los rayos solares. Constituían casi como un certificado de que la familia había salido de la ciudad en el verano, costumbre que se consideraba de la mayor finura y elegancia.
    La juventud de nuestros días considera natural, como si siempre hubiera existido, la calefacción central, las losas radiantes, las estufas de parafina y las de gas licuado. No han pensando en ningún instante que a principios de siglo sólo contadísimas casas contaban con calefacción proporcionada por una chimenea mural de fuego abierto, ornada de una hermosa decoración de mármol o de madera, que generalmente no se encendía debido a que en los días de fuertes vientos el humo retrocedía y sofocaba al que se encontraba en la habitación.     Las modestas salamandras de fierro fundido, a carbón o leña, eran el medio de calefacción usual. Se ubican en el comedor que era la pieza donde el clan familiar se encontraba invariablemente a la hora del almuerzo, el que la madre servía y el padre presidía rodeados de su prole; o a la hora de comida, después de la cual se hacía una agradable tertulia al borde de la íntima mesa familiar, comentando los grandes o pequeños acontecimientos del día.     Pero la calefacción preferida la daba el brasero, de fierro o de bronce e incluso algunos con adornos externos de plata, que la empleada de confianza de la casa debía encender abanicando los carbones recién rutilantes, con una especie de paleta: el soplador. Esta maniobra diaria se ejecutaba en el patio posterior de la morada con el fin de evitar las tóxicas emanaciones de monóxido de carbono. Una vez efectuada la combustión, era llevado al interior con el objeto de hacer más agradable el ambiente. Se dejaba caer en las brasas pequeños granitos de incienso y yerbas aromáticas; lo más frecuente era un terrón de azúcar que, al arder, emanaba un agradable aroma que parecía tener como una esotérica virtud de alentar la amistad, estimular el afecto y hacer la charla agradable y variada, salpicada de comentarios y de hechos del diario acontecer.     En esos tiempos se hacía mucha vida de hogar. Sentados los padres y los hijos alrededor de este adminículo, en esta forma tan sencilla y tan digna, se creaba, sin quererlo, el verdadero vínculo familiar. Los niños hablaban de sus labores escolares y comentaban con sus padres sobre sus pequeñas e intrascendentes emociones, y los padres, dichosos de su prole, se hacían gestos de inteligencia entre ellos, orgullosos de su descendencia y del porvenir de ésta.     Pasados los años, los hijos se iban casando y dispersando según el rumbo que la vida les diera. Y al fin, en un oscuro rincón del viejo salón iluminado por las famosas camisas del gas de alumbrado y frente al piano familiar, cuyo teclado las hijas recorrieron en sus años de adolescencia, la anciana pareja, alrededor del brasero tradicional, evocaba su vida y recordaba anécdotas de la niñez de sus retoños, esperando siempre ansiosa la visita de los nietos para reanudar el ciclo de una nueva generación que se abría paso en la vida.
    Otra vieja costumbre, ésta sí afortunadamente desaparecida, eran los famosos escupitines que siempre se ubicaban en los salones e incluso en el comedor. Los hubo de loza, porcelana, bronce, fierro enlozado y plata. En ellos se dejaba caer la ceniza de los cigarrillos o la pavesa de los habanos de aromática fragancia y, de vez en cuando, en forma poco disimulada, caía dentro del desagradable tiesto, después de un acceso de tos o de una torpe carraspera, el también desagradable escupitajo de alguno de los varones durante la hora de las visitas, lo que constituía una costumbre de inusitada frecuencia. Aún hoy en día, el que visita el Museo Hualpén tiene ocasión de ver estas viejas salivaderas en el escritorio, comedor y salón de la que fuera la casa del distinguido filántropo, don Pedro del Río Zañartu.
    Derivada de la carencia de una buena calefacción, existía la vieja y tradicional costumbre de deshumedecer la ropa, especialmente las sábanas, lo que se realizaba encendiendo previamente un brasero, encima y alrededor del cual, a una prudente distancia de las brasas, se colocaba un secador de mimbre en forma de cúpula. Sobre éste, la nana se dedicaba a la labor de deshumedecer la ropa durante las tardes de invierno. Una vez efectuado este rito, era de rigor llenar los calentadores, artefactos de metal en forma de botella, que se colocaban en las camas con el objeto de hacer más agradable el momento de desvestirse y meterse en el lecho, en aquellas piezas tremendamente altas y carentes de calefacción. Así, se conseguía al menos algún agrado que sabía a tibiezas de nido. Años después vinieron los famosos "guateros" de goma que aún actualmente se usan.     Podríamos recordar muchas otras viejas costumbres y usos del ayer, pero nos llevaría demasiado lejos. Cómo quisiéramos evocar en toda su extensión ese viejo pasado, todos aquellos que fuimos testigos de estos pequeños aconteceres del diario vivir, en la vieja casa solariega hoy desaparecida pero no olvidada, en un rincón de nuestro gastado corazón.
    Eran unos vehículos de estilo americano, cerrados. Algunos lucían mejor tenidos y más elegantes. Con sus ventanales de hermosos cristales biselados y dotados de cómodos asientos de marroquí, estaban provistos de dos puertas laterales limitadas por pisaderas metálicas, con cabida para cuatro pasajeros cómodamente sentados "vis-a-vis".     En el pescante, bajo una prolongación del techo hacia adelante a modo de visera, iba el auriga. En las noches y días de tormenta y de furiosas lluvias invernales, lucía su manta de Castilla con el cuello levantado. Protegía su rostro del frío mediante gruesas y oscuras chalinas. Mantenía las riendas fuertemente asidas con su mano izquierda, y con su derecha una larga fusta para excitar a sus endebles y débiles caballos que, con resignado gesto de aburrimiento, paciencia y cansancio, obedecían humildemente a tan suave argumento.
    Estos coches los hubo de todas clases y jerarquías. Desde el más confortable y bien tenido, provisto de arneses con relucientes aplicaciones de bronce, siempre bien pulidos y brillantes a los reflejos del sol, tirados por un hermoso tronco de buenos trotones y llantas de goma. Se utilizaban para las grandes oportunidades y ceremonias como bautizos, matrimonios, visitas, funerales y paseos a los alrededores a través de pésimos caminos llenos de tierra. El polvo formaba una densa nube que dejaba a los pasajeros, cochero y caballos de un color totalmente diferente al que presentaban al iniciar viaje.     Al emprender estos verdaderos "raids", era costumbre que las personas mayores usaran los famosos guardapolvos. Los de las damas eran de un color gris confecciono dos en alpaca; los de los caballeros, de un color amarillo muy pálido. Estos paseos no se efectuaban, como en la actualidad, en tenida deportiva. Las señoras llevaban invariablemente sombrero, según la moda de la estación, fuertemente sujeto a los cabellos por medio de largos alfileres que se insertaban, como base de sustentación, en el moño peinado usual en ese entonces. Los caballeros no habrían osado emprender el viaje sin el consabido sombrero de pita o la batelera, el famoso "canotier" de los franceses, que tuvo tanta aceptación entre los años 1900 y 1930 Y que Maurice Chevalier, ya fallecido puso de actualidad.
    Entre los coches los hubo también más modestos. Eran usados en menesteres prosaicos: trasladar paquetes o bultos. Eran ocupados preferentemente por las empleadas domésticas (hoy auxiliares del hogar) cuando se cambiaban de una casa a otra, para llevar sus simples camastros y una que otra fruslería que constituía todo su haber.     Los principales paraderos de estos arcaicos vehículos -cuando el automóvil, símbolo de la velocidad y el confort modernos, no era aún el dueño y señor de las calles adoquinadas de la vieja ciudad- se encontraban en la cuadra de O'Higgins al costado de la Plaza, frente a los Portales; en Prat, frente a la Estación, y en Maipú al costado del Mercado, amén de los paraderos nocturnos del viejo "barrio latino". En calles ayer ni siquiera provistas de adoquines, que constituían un continuado lodazal y casi un verdadero río, se dedicaban a acarrear, en todo sentido, a los parroquianos que en esos dulces años no éramos pocos y visitábamos con cierta asiduidad a nuestras amiguitas de farra y de emoción, en nuestras noches de jolgorio y de alegría a la vez que largas y lluviosas.     A veces, al encontrarnos alegres, optimistas y ávidos de un momento de expansión y trasnochada, salíamos de alguno de los tantos bares baratos y boliches donde habíamos cenado en medio de risas, cantos, versos, chistes y anécdotas, con nuestros amigos de esa dichosa juventud. Algunos ya no están con nosotros para acompañarnos en la evocación de estos recuerdos. Otros, que hoy son hombres de adusta seriedad, como Ernesto González, Víctor Campos, Edmundo Délano, Julio Martínez, Humberto Tramón, Kurt Eberhardt y tantos más; subíamos a los famosos coches, pero no sólo los cuatro pasajeros dentro del vehículo. Además, dos le hacían compañía al auriga en el pescante y otros dos, cada uno jinete, en el lomo de los desfallecidos jamelgos. Así empezaban, dentro de un ambiente de alegría, de risas y de ilusión, nuestras gloriosas noches de bohemia.     ¡Oh!, los viejos coches de alquiler, los "azotados". Cuántas veces fueron el mudo testigo de nuestras locas andanzas y aventuras nocturnas tan llenas de colorido y de anécdotas que, a pesar del tiempo transcurrido, es muy difícil olvidar porque ocuparon un lugar demasiado grande en nuestra juventud. Ahora, a través del prisma con que recordamos nuestra mocedad, parecen agrandarse y hacerse más palpables en el fondo de nuestras retinas cansadas de haber visto tanto a nuestro alrededor. ¡Cómo os evoco al añorar el viejo pasado del ayer perdido para siempre en la lejanía de los tiempos!
    Nos hemos referido a los "azotados", pero no fueron éstos los únicos vehículos que surcaron las viejas calles adoquinadas. Hubo finos coches americanos pertenecientes a distinguidas familias de Concepción. Cómo olvidar el elegante coche del doctor Arturo Brito, con su famoso tronco de trotones de raza; el del doctor Miguel Campos, y tantos más que eran el motivo de nuestra admiración al observar la elegancia de sus cocheros, la hermosura de sus caballos, la fina calidad de sus arneses y la distinción y el señorío de sus dueños, que concurrían a visitar a su numerosa clientela en este único medio de locomoción de entonces. Hubo también algunos' 'victorias", que sólo aparecían durante los meses de verano y servían para paseos, pero que no fueron de gran duración acá, debido al clima que no era propicio para este tipo de vehículo prácticamente abierto.
    Para terminar, dejemos un sentido recuerdo para los viejos cocheros de alquiler: Lorenzo, Chandía, Candia y tantos más, servidores leales de aquel tiempo ya lejano, que desde la morada celestial que ahora ocupan -seguramente cabalgando airosos en alguna lejana estrella del infinito firmamento- también habrán de evocar los tiempos en que, en nuestra ciudad, sirvieron con abnegación y seriedad su humilde oficio.
    Cuando el único medio de locomoción eran los viejos coches de alquiler -llamados corrientemente "azotados"-, los automóviles rodando por nuestras calles adoquinadas eran una "rara avis", ya que contadísimas familias de la ciudad los poseían. Recordaremos al "Charrón" de Víctor Vargas, el "Paige" de Pedro Cruzat, el Willis de Enrique Matthews, el Hudson de Tomás Rioseco, el Ford de las señoras mloas, el "huevito rojo" del comandante Astorga, el "Marmon" de Enrique Laurent, y algunos más que he olvidado. Entonces aparecieron los primeros automóviles de arriendo, de marca Overland, que se estacionaban en Barros Arana entre Caupolicán y Aníbal Pinto. Creo que no serían más de seis u ocho para el servicio de toda la ciudad y pertenecían a una empresa que, en esa forma, inició el negocio entre los años 1918 ó 1920.     En aquellos tiempos no existía el camino a Talcahuano, ni a Penco ni a Chiguayante; sólo era posible trasladarse al puerto militar por medio de los tranvías eléctricos interurbanos, y a las otras ciudades únicamente por ferrocarril, salvo que se hiciera el viaje a caballo como solían efectuarlo, por deporte, los miembros del Paperchase Club, que tuvo entonces su época de oro.     Se preguntarán los lectores, ¿a qué viene esta introducción? La respuesta es sencilla. Cuando éramos niños constituía una costumbre generalizada que los padres contrataran por una o dos horas, los días domingos en la tarde, alguno de estos viejos Overland de arriendo para dar un paseo por la ciudad.     Nuestra dicha era enorme cuando el papá decidía hacer el consabido paseo que se iniciaba, invariablemente, hacia la Avenida Pedro de Valdivia, entonces verdadero reducto habitacional de los miembros de la colonia británica que poseían allí hermosas residencias rodeadas de enormes parques y jardines plenos de flores de la más lujuriante policromía. El paseo llegaba hasta la pileta conocida como "El Agua de las Niñas", también designada posteriormente "La Tornamesa ", sobre un desigual y áspero adoquinado. Luego, el itinerario continuaba por el barrio Puchacay, pudiéndose llegar hasta la Escuela Agrícola, sitio ocupado, en la actualidad, por la sede de la Universidad Técnica del Estado; o por la Avenida Víctor Lamas, bordeando la Alameda, amán de algunos recorridos seleccionados, por algunas de las calles menos malas. Y así, de uno a otro barrio de la ciudad de nuestra niñez, dichosos y radiantes pasábamos la hora del clásico paseo cuyas incidencias y anécdotas comentábamos con nuestros amiguitos durante toda la semana.     Creo que la velocidad de los viejos vehículos no llegaba a más de cuarenta o cincuenta kilómetros por hora de modo que teníamos ocasión de observar detenidamente las hermosas mansiones del barrio Pedro de Valdivia, las chacras y quintas de Puchacay y los cuidados jardines de nuestra tradicional Alameda. ¡Qué de gratos recuerdos se agolpan en mi mente, de estos inolvidables paseos domingueros cuando la familia entera salía a excursionar recorriendo calles y avenidas...     Durante los días de las Fiestas Patrias se hacía más o menos lo mismo, llegando hasta la Avenida Manuel Rodríguez para observar el tradicional espectáculo de las ramadas dieciocheras, las carreras a la chilena, el palo ensebado, las carreras de ensacados, y tantos otros variados y sencillos entretenimientos con que el buen pueblo chileno celebraba el aniversario nacional.     Poco a poco fueron desapareciendo los viejos Overland, siendo reemplazados por coches más modernos hasta llegar al taxi del presente, de líneas atrevidas y dotado de los adelantos de la mecánica.
    No voy a referirme a las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer ni a las golondrinas que solían verse corrientemente antes de que la ciudad fuera invadida por los nefastos gorriones que las expulsaron, y tal vez terminaron, hasta el punto que hoy es muy raro encontrar tales avecitas, tan suaves, hermosas y pintorescas, que revoloteaban casi a ras del suelo con sus alas inclinadas o rozando apenas la superficie límpida del agua de canales y piletas; desaparecieron para siempre.     Quiero referirme a las "golondrinas" utilizadas para las mudanzas. Varias empresas se dedicaron a esta labor. Eran unos arcaicos carricoches altos, algunos planos, de amplía superficie; y otros carrozados de madera para ser usados durante el invierno y tirados por una pareja de endebles caballejos que, a veces, podían a duras penas con el peso de los altos muebles de ayer: roperos de cuatro cuerpos con sendos espejos biselados, aparadores gigantes y mesas de extensión, sillas, sillones, sofás, amoblados de salón, de escritorio, y estantes de una altura y diámetro a veces inverosímiles.     Actualmente, las mudanzas, a base de modernos camiones, se hacen con una increíble rapidez y eficacia; en una tarde o en una mañana se traslada una casa entera a otro domicilio, con una facilidad y expedición admirables. En el pasado, una mudanza era cosa seria; podía iniciarse el día lunes y el jueves todavía se estaban trasladando muebles y enseres de una a otra parte, debido a la tremenda lentitud de los endebles y pobres caballos de las "golondrinas".
    La fiesta de Navidad -hoy impropiamente denominada fiesta de Pascua- que se celebraba con la costumbre tradicional de dejar los zapatos, previamente bien lustrados, al borde de la salamandra o de la chimenea familiar por donde bajaría el Niño Dios quien sabía de antemano lo que deseábamos que nos trajera, y que también sabía cuándo habíamos sido niños buenos, juguetones, traviesos, desobedientes o mentirosos...     ¡Cómo no evocar el despertar de cada 25 de diciembre, y, en camisa aún, correr a ver qué nos había dejado el Niño Dios en nuestros zapatitos colocados al borde de la chimenea...!     Dijimos que poníamos los zapatos al pie de la salamandra o de la chimenea hogareña, porque en aquellos dulces años de nuestra lejana niñez no se hablaba aún de calefacción central, de estufas Comet o de gas licuado... j Qué diferente nos parece hoy, en que se ha puesto de moda, desde hace no más de unos treinta años, el árbol de Navidad de los países nórdicos, llenos de guirnaldas, de luces de colores, velitas, farolitos y motas de algodón simulando nieve cuando en nuestro hemisferio jamás ha nevado para Navidad... !     No alcanzamos a comprender este hábito de copiar a otros países y hemos podido observar cómo los niños deben trasnochar esperando, llenos de sueño, a que llegue el Viejo Pascua!, lo que la familia les anuncia con alboroto. Y entonces, despiertos a medias, abren y abren paquetes, pareciéndonos que ya, desde su primera edad, no creen en un Viejo Pascual sofisticado, de blanca barba de algodón, de traje rojo escarlata y que lleno de nieve visita las casas donde el día anterior a Navidad, y el siguiente hasta el mes de marzo, un sol esplendoroso baña con su vivificante resplandor nuestra tierra, nuestra cordillera y nuestro mar.     El 25 por la mañana, el infaltable paseo a la Plaza luciendo orgullosos el triciclo que nos había traído el Niño Dios, o la hermosa muñeca de la hermanita que cierra los ojos y dice "mamá"...     ¡Cuántos dulces recuerdos guardamos de las viejas navidades de antaño donde no se veían tanques ni armas de juguete, sino regalos para niños, realmente niños, que despertaban nuestra fantasía y nos hacían soñar con la sana alegría de vivir llenos de ilusiones... .     Conscientes de que la alegría debe llegar a todos los niños de nuestro país, en especial a los de más débil situación económica, no acertamos a comprender la razón que aún nos impulsa al Viejo Pascual y al árbol navideño.     Estimo que cada niño debe recibir su aguinaldo y sería menester estimular nuevamente el real motivo de esta festividad, tratando de multiplicar las escenas del nacimiento del Redentor, sobre todo, en la hora actual de este mundo convulsionado y enfermo de violencia, de guerra y de exterminio, para ir formando y haciendo realidad en el corazón del niño, a través de la imagen de Jesús, el más sublime de sus mandamientos: "Amaos los unos a los otros".     En los años de nuestra niñez la dulce Noche de Navidad nos llenó, tantas veces, de alegría y nuestra fantasía juvenil hizo caudal de tan locas emociones, de encanto y de sorpresas; cuando el Niño Jesús, al bajar por la vieja chimenea del hogar paterno, nos colmaba el alma y el espíritu de gozo y de esperanza.
    El Año Nuevo era una fiesta sin los contornos tan estrictamente íntimos como la del nacimiento del Redendor.     Cuando niños, al amanecer de cada 10 de enero, nuestra primera preocupación era abandonar el lecho y llegar al dormitorio de nuestros padres, y allí, fundidos en un abrazo que no terminaba nunca, decirles nuestros mejores deseos para el año que se iniciaba. Más tarde, jóvenes ya, el paseo por nuestra tradicional Plaza Independencia mirando de reojo a las hermosas muchachas "en flor", esperar las sirenas y el sonar de las campanas 'anunciando un nuevo año... Volver a casa para saludar a nuestros padres y regresar a la celebración de las fiestas, llenos de ilusión, de ideal y de esperanzas para iniciar una nueva jornada, sin pensar entonces que los años son esquivos, que pasan veloces y que el tiempo es inexorable y no perdona ni da tregua...     ¡Cómo no evocar las alegres noches de celebración del Año Nuevo en ese local magnífico y acogedor que fue el famoso bar y restaurante que dirigió con tino y distinción su propietario, ese incomparable gran señor que fue José Pujol B.!     Muchas veces, durante nuestros periódicos viajes a la capital, una de las primeras preguntas de los santiaguinos era: "¿Sigue el restaurante Pujol tan bien atendido como siempre?" Durante muchos años pudimos responderles afirmativamente, pero llegó un día en que Pepe Pujol y su encantadora esposa Enriqueta se cansaron, se aburrieron tal vez, y al irse, poco a poco e insensiblemente, lo vimos, con nostalgia y pena, desaparecer definitivamente.     Creo que no exageraríamos si aseguráramos que entonces se terminó la noche en Concepción.. la noche alegre y selecta, a veces con limpios contornos de bohemia, porque Pepe Pujol sabía darle a su prestigioso negocio un toque especial, un algo difícil de definir. Era un establecimiento de tipo internacional. La orquesta, muy bien elegida, y la música que interpretaba tenían la rara cualidad de llegar a jóvenes y viejos, sin estridencias inútiles y absurdas, plena de suavidad, de melodía y no exenta de emoción cuando interpretaba los tangos de la "vieja guardia". El bar era de exquisita sobriedad, con bebidas de óptima calidad. En los comedores se podía saborear cuidados menús, variados y finos. En una palabra, todo transcurría dentro de un ambiente de gran alegría y sobria distinción.     No sé por qué razón Concepción tiene una suerte tan despiadada: antes fue la prestigiosa Confitería Palet, centro de reunión de la ciudad donde Jaime y Joaquín Claramunt, con esa caballerosidad que los caracterizó, supieron darle al establecimiento una tónica de enorme calidad. Los viejos penquistas añoramos con señalada nostalgia la pastelería, el bar y el salón de té del Palet, y al traer estos recuerdos de nuestra querida ciudad se nos arruga el alma.     Luego vinieron las fiestas de Año Nuevo en el Club Concepción, muy concurridas, pero pudimos notar que, a pesar de todo, algo faltaba para la alegría. Quizás, había sido algo de estiramiento; tal vez, una falta de espontaneidad; no sé, pero no era lo mismo. Jaime y Joaquín Claramunt y Pepe Pujol han sido personajes inolvidables del viejo Concepción.     Nuestra Plaza, llena de muchachos que esperábamos ansiosos la hora del abrazo; las sirenas, las campanas, los acordes de nuestro himno nacional, nos fundían en una sincera solidaridad.     En muchas ocasiones, en mi deambular por las calles de nuestra querida ciudad, me encuentro con el distinguido amigo y fino caballero que es Joaquín Claramunt y evocamos esos años que ya se fueron tan fugazmente y que ahora no nos queda más que recordar, para que los muchachos del presente sepan que nuestra cuatro veces centenaria Concepción tuvo sus sitios de distinción y señorío, a la vez que de sana alegría y jolgorio.     Cuando desaparecieron el Palet y el restaurante Pujol se hicieron algunas celebraciones de Año Nuevo en el City Hotel. Tuvieron éxito pero tampoco era como antes. Tal vez, nosotros habíamos cambiado..., no en vano han pasado los años; y pudiera ser que alguien, con criterio simplista, nos dijera: "Tú como todos los viejos, piensas que todo tiempo pasado fue mejor", debería responderle que, en realidad, fue mejor, altamente mejor y, más aún, irremplazable.     Hubo años densos y trágicos, como los de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial y la tremenda crisis de los años 1930 y 1931. Pero, a pesar de todo, no se perdió la alegría de vivir ni el humor. En noches de luz y de euforia, de distinción y de lirismo, celebrábamos con entusiasmo y optimismo la venida del año que iniciaba su apasionada interrogante; y cada cual dentro de su medio y de sus posibilidades trataba de alegrarse y de alegrar sanamente a los suyos.
    Era con verdadera impaciencia que esperábamos el advenimiento de nuestra Fiesta Nacional, ya que, después del largo invierno de Concepción, el primer sol y los primeros vientos de la primavera próxima nos llamaban a encumbrar los clásicos volantines de todos colores, desde la "cambucha" al volantín "chupete", el elevado con hilo envidriado y los famosos "pavos" y "cometas" confeccionados en tela. A este respecto recuerdo a un antiguo empleado de la Casa Charpentier, donde mi padre trabajó como jefe, don Luis H. Arenas, experto en la confección de cometas de tela. Yo esperaba con reales ansias la llegada de septiembre, porque, infaltablemente, el buen señor de negra y cuidada barba me obsequiaba cada año una cometa fabricada por él mismo; y siempre le daba colores diferentes; lo que me llenaba de infantil orgullo al lucir en el cielo de la vieja Alameda mi hermosa cometa de gran tamaño y de artística confección, por la prolija combinación de colores que sabía darle el recordado señor Arenas.     Poco se ve hoy este juego que precisaba de cierta destreza y que en mis años de niñez fue tan practicado por los muchachos e incluso por los mayores. Campeones de este recordado deporte fueron los hermanos Bahamonde, destacándose entre ellos Víctor. Se hacían las más reñidas competencias "con encargo" o hilo envidriado, las que a veces finalizaban en verdaderas reyertas juveniles.
    En aquellos años eran muy pocas las calles que poseían alumbrado eléctrico. La mayoría de ellas estaba provista de gas de alumbrado, y al caer la tarde, más temprano en los días invernales, corrían por las calles de la ciudad muchachitos de diez a doce años provistos de un largo palo terminado por una tea en su extremo superior. Lloviera o tronara, iban encendiendo cada uno de los viejos faroles a gas; a veces éstos no obedecían a la mecha del "encendedor" porque la "camisa" -nombre del adminículo a través del cual se producía la incandescencia- se había deteriorado, y entonces el muchachito encargado de esta penosa y cansadora faena, consciente de su responsabilidad, corría en busca de otro farol y al día siguiente un obrero especializado de la Compañía de Gas venía a reparar el daño que habían causado el viento, la lluvia, el temporal, o sólo la vejez de la "camisa" incandescente...     De más está decir que aunque estuvieran encendidos los dos faroles que existían en cada cuadra, era una iluminación muy diferente de las modernas luminarias de mercurio de la actualidad; pero, no existiendo nada mejor, nos habíamos ido acostumbrando a esta semipenumbra de nuestras calles provincianas de principio de siglo, llenas de silencio y de misterio... |