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Crónicas y Semblanzas de Concepción, editado por el Municipio Penquista
en agradecimiento a quien fuera uno de los hombres distinguidos y apreciados por la
comunidad, el Dr. René Louvel Bert, quien en su paso por esta ciudad prodigó
amor y dedicación. Su figura señera, de ciudadano ejemplar, entregado siempre al servicio público y su aporte intelectual a la riqueza cultural de nuestra zona, junto a su incansable velar por el resguardo de nuestras tradiciones, lo han emplazado en un sitial preferencial de nuestro especial recuerdo y admiración, por lo que su obra será fuente inagotable de evocación y nostalgia para sus contemporáneos, quienes disfrutaron de su excepcional compañía, como también, representará un testimonio histórico valioso para las futuras generaciones que podrán apreciar la figura del Dr. René Louvel en su admirable dimensión. Agotada la primera edición y dado el interés permanente que sigue despertando el texto, la Sucesión de René Louvel Bert entrega a los lectores una segunda edición. |
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Autor: Dr. René Louvel Bert Compilación y ordenamiento de la obra: Dr. Daniel Campos Menchaca Sr. Sergio Carrasco Delgado, de la Soc. de Historia de Concepción. Indice Alfabético: Dr. Daniel Campos Menchaca Editado por: Sucesión René Louvel Bert - 1994 Registro Propiedad Intelectual Inscripción Nº90.452 Segunda Edición 1000 Ejemplares Diciembre de 1995 Impresión: Impresora Trama Ltda. RENE LOUVEL BERT RESEÑA BIOGRAFICA
PROLOGO     Me ha pedido el Alcalde de la ilustre Municipalidad de Concepción, don Claudio Arteaga Reyes, que prologue este libro que reúne una parte escogida de la producción intelectual del Dr. René Louvel Bert, el ilustre penquista fallecido en 1985: Penquista por el nacimiento, por la vida y por la muerte, pues nunca quiso abandonar su querida ciudad, dedicándole las páginas que ahora componen este libro como un testimonio de su amor y un legado de su espíritu.     La Municipalidad de Concepción al editar esta obra rinde a su antiguo Asesor Cultural el homenaje póstumo que más habría agradecido en vida el Dr. Louvel: ver publicadas y esparcirse por la ciudad estas estampas, estas pequeñas historias que en gran medida son recuerdos de su juventud alegre y expansiva y de su madurez serena y evocadora.     Y nada más grato para mí acceder a la petición alcaldicia de escribir este prólogo, pues aunque, si bien sé, habría plumas más autorizadas y mejores para hacerlo, tengo la excusa de ser un sincero admirador intelectual de su autor y haber correspondido a su deferencia y amistad con el mismo cálido afecto que une a los penquistas de corazón.     Era René Louvel Bert un profesional distinguido, Profesor en la Escuela de Odontología de la Universidad de Concepción, de la cual fue su Decano; y Asesor Cultural de la ilustre Municipalidad de Concepción. Era toda una personalidad en la capital penquista, donde se le consideraba por su vasta ilustración, su prodigiosa memoria para recordar hechos de la vida cotidiana, por sus notables dotes de periodista y de escritor y por sobre todo ello, por su noble calidad humana, en la cual la ingénita bondad prevalecía sobre todas sus otras excelentes virtudes.     Hijo y nieto de franceses radicados en Concepción, en la segunda mitad del siglo XIX, René Louvel Bert nació en los primeros años de este siglo y alcanzó una larga existencia que se prolongó brillantemente a través de la mayor parte de él. De su educación, primero en el Seminario y después en la Universidad de Concepción, conservó su fe católica y su acendrado gusto por la cultura humanística.     Casó en Concepción con la distinguida dama, señora EIsa Martínez Van Rysselberghe, quien compartía sus aficiones espirituales, formando un hogar acogedor que irradiaba el calor de la amistad.     Como periodista se destacó con sus artículos sobre historia regional, local, urbana, que nadie como él pudo describir con tanto acierto, gracia y oportunidad. Complacíase muchas veces su pluma en recordar la silueta de algún o alguna penquista, tratando de captar en una síntesis el carácter, su trayectoria política, profesional o literaria y hasta su figura humana, su paso, sus maneras, su modo de vestir. Este género modelado por las leyes de la miniatura habría bastado en otros medios para determinar su carrera de escritor. Era necesario salvar del olvido esas siluetas, esos artículos, reuniéndolos en un volumen.     Otras veces eran los paisajes penquistas, los lugares aledaños, los cielos del Sur, los recuerdos de juventud, con sus mañanas encendidas por la alegría de vivir, lo que motivaban su pluma.     Representante genuino de las bulliciosas generaciones penquistas de las primeras décadas de este siglo, con su bohemia romántica y sus tertulias interminables de amanecidas fulgurantes, conservó hasta el final las dotes de animado y eximio conversador.     Pero su obra capital en la historiografía chilena es su estudio que modestamente tituló: Algo sobre la influencia francesa en Concepción y en la región, aparecido en la revista de la Asociación Francesa de Ingenieros y Técnicos, N° 2, Santiago 1971 (fojas 15-28).     Allí estudia a aquellos profesionales y artífices franceses, que ligaron su nombre a tantas obras de ingeniería y de progreso industrial y urbano en Concepción.     Fue además el doctor René Louvel Bert un amigo excelente, generoso, siempre dispuesto a estimular las inquietudes intelectuales y espirituales y las obras de los otros, sobre todo si en algún modo atañían a su querida Concepción.     La Academia Chilena de la Historia, en octubre de 1981, le eligió como su académico correspondiente en Concepción, teniendo en cuenta a más de las cualidades suyas ya señaladas, la excelencia de su currículum, que se guarda en nuestro archivo.     Al fallecer en Concepción en 1985, el Dr. René Louvel tenía en preparación una Historia de la Escuela Dental de Concepción, una Historia del Cementerio de Concepción y un libro sobre Crónicas de Concepción.     Parte importante de este material es el que reúne esta obra con el titulo de Evocaciones Penquistas.     Hay en el libro dos vertientes de inspiración que corren paralelas: una son los recuerdos personales del autor, el Concepción de su juventud, con sus calles, sus plazas, sus paseos, sus edificios, sus colegios, sus diversiones, su vida cotidiana, en suma. La otra la constituyen los serios estudios históricos de instituciones educacionales o de beneficencia y las biografías de personajes, singularmente eclesiásticos.     Sin mengua del gran interés de la parte histórica, si tuviese que elegir por su encanto literario, me decidiría por las evocaciones. Es el Concepción de René Louvel el que queda retratado allí, el Concepción que él conoció, que él vivió y que él amó. Predomina la pintura sobre la relación, el pequeño detalle sobre el fondo. Son ángulos de la ciudad que iluminó con sus pinceles de artista.     En un hermoso estudio sobre la obra literaria de Azorín, aparecido en el Tomo II del Espectador (Madrid, 1917), se refería Ortega y Gasset al maestro insigne que perteneció a la famosa generación del 98 español, sintetizando su obra bajo el titulo de Azorín: Primores de lo Vulgar. Para entender bien esta frase que Ortega y Gasset acuñó para exaltar lo más rico de la obra de Azorín, es necesario tener en cuenta que la palabra "vulgar" en buen español no equivale a "ordinario o deleznable", significado que suele dársele entre nosotros, ya, Que "vulgar", en su acepción adjetiva, es lo común o general, en contraposición a lo especial o técnico. Y esa es la grandeza de Azorín: haber hecho con ese material sencillo una obra primorosa.     Dejando a un lado divagaciones semánticas, me atrevería yo a calificar la parte evocativa de este libro de René Louvel como "primores de lo cotidiano". Es esa vida diaria la que queda fijada como una ilustración en las páginas de su libro.     Los títulos de los pequeños artículos también podrían agruparse según su materia: Unos se refieren a esos anónimos personajes que animan la vida diaria. Están entre estos: los fotógrafos callejeros, el barquillero, los cocheros de posta, las lavanderas, el heladero, el afilador de cuchillos, los encendedores de gas, el organillero. Otros, los menos, son pequeñas miniaturas de personajes locales, como esos admirables "Niños Cooper". Los más son descripciones de los escenarios por los que transcurre la vida cotidiana: La Plaza de Armas, las canchas de deportes, el Cerro Caracol, el Teatro Concepción, y tantos más. Hay también recuerdos de alegrías juveniles, como son: La retreta, la fiesta de la Primavera, las veladas bufas, los bailes de disfraces y por último, la evocación de esos objetos inanimados, pero que animaron esos lejanos días, descritos como admirables "bodegones", pero con naturaleza más viva que muerta: El aserrín, los postigos, los coches de alquiler, el brasero, las escupideras, los molinillos de papel. ¿Cuál de estos bocetos será el mejor? Depende de cual de ellos toque la fibra más sensible del que los recuerde.     ¿Cómo olvidar, en esas largas tardes de los antiguos inviernos penquistas, entre llovizna y ventolera, al organillero que desgranaba sus melodías encendiendo en el gris del crepúsculo el optimismo y la alegría?     ¡Cómo ha cambiado el Concepción de entonces, el pequeño Concepción de la juventud de René Louvel, si lo comparamos con la gran metrópoli de hoy!     Quizás si un cuidadoso conocedor penquista pudiera espigar entre estas evocaciones para hacer con ellas una pequeña y hermosa antología.     Veamos ahora los estudios históricos: los principales se refieren a establecimientos educacionales e instituciones de beneficencia: Los colegios, la Universidad de Concepción, los liceos, la Escuela Dental, la Gota de Leche, el Cementerio de Concepción...     Considerando con estricto rigor histórico, constatamos que el autor no consigna las fuentes documentales o impresas en que se funda. Ello es explicable: él conoció, por dentro y por fuera, esas instituciones. Es un testigo de sus vidas. Su descripción es un testimonio de ellas. Por otra parte, su formidable memoria y su facilidad de exposición lo llevaban a no detener su inspiración en la tediosa búsqueda de ajenas referencias, acaso menos valiosas que la suya propia. Su palabra y su pluma son el mejor testimonio de lo que historia.     ¿A qué pedir más? Lo mismo puede decirse de las numerosas biografías, siluetas biográficas las más, animadas por dentro con el conocimiento que René Louvel tuvo de los personajes que describe.     Por lo demás, él nos advierte en la introducción: "Hemos expresado que no haremos historia, sino una mera Crónica".     Una última acotación sobre su estilo: la facilidad y claridad de exposición son innegables. Su cultura francesa se demuestra en el gusto por la claridad y la precisión. Y su sentido artístico por la insinuación, la sugerencia...     Todo ello constituye el interés y el encanto de estas "Evocaciones Penquistas".
Fernando Campos Harriet
Concepción, octubre de 1987.-
de la Academia Chilena de la Historia INTRODUCCION     Tan silenciosamente como había vivido, a mediodía del 13 de agosto de 1960, sin estridencias y silenciosamente entregó su alma al Creador la señora Rosa Bert de Louvel. Nacida en Francia en 1879, pudo efectuar dos viajes a su país natal, el último en 1908, y siempre guardaba de su patria lejana un cariñoso y emotivo recuerdo; aún más, una idolatría y un afecto pocas veces igualado. Cuando se le hablaba de los triunfos de Francia, sus facciones se alegraban y al oír de algún descalabro de su tierra nativa, más de una vez la vimos derramar una lágrima. Llevaba a Francia en el corazón y en más de una ocasión los suyos la oyeron expresar, con profunda pena, el convencimiento que tenía de no poder volver a ver el cielo de la patria lejana, la campiña de su provincia, la aldea que la vio nacer, ni oír nuevamente el tañer de la campana de su pueblo de origen, Bassé.     Unida en matrimonio a don Esteban Louvel, fallecido en 1951, jamás pudo recuperarse íntegramente de la pérdida de su esposo, a pesar de verse rodeada del cariño y el afecto de los suyos. Fue para su alma sensible demasiado tremendo el golpe de la separación del compañero de su vida con quien compartió dichas y alegrías por más de 48 años.     Supo doña Rosa Bert de Louvel rodearse de amistades selectas, ya que su alma irradió a su alrededor afabilidad y cariño, adornada, además, de un acendrado don de gentes.     Tenía un entrañable cariño a los humildes y desposeídos de la fortuna, hizo la caridad en forma silenciosa, siguiendo la máxima del Evangelio: "Nunca sepa tu mano izquierda el don que prodigó tu derecha".     Una breve, cruel y traidora enfermedad de tres días segó su vida y exhaló el último suspiro confortada de los auxilios de nuestra Santa Religión, rodeada del cariño de sus hijos y familiares y llanto y el pesar de todos aquellos que la conocieron y pudieron justipreciar las grandes cualidades que adornaban su corazón.     Ante su tumba dejamos caer, en su homenaje, nuestra ofrenda de recuerdo y una oración al Dios de todo lo creado, por esta alma de selección que ayer no más nos abandonó.
Agosto, 1960
DISCURSO PRONUNCIADO CON MOTIVO DE SER DESIGNADO HIJO ILUSTRE DE CONCEPCION     En la paz de mi escritorio, señor Alcalde, don Claudio Arteaga Reyes, y al tratar de hilvanar algunas frases para esta ocasión tan solemne para mi, la primera angustia que oprimió mi alma ya gastada por la vida fue cómo empezar para agradeceros este honor inmerecido de que me hacéis objeto; pero, una vez reposado mi espíritu y tranquilizada mi primera inquietud, confesándome con mi yo interior, he logrado la serenidad para comprender que, siendo demasiado grande la distinción frente a mi magra actuación ciudadana, me sea permitido dedicar este homenaje para los hombres quienes, dentro de su esfera de acción social, fraternal y académica, lograron inculcar en mi mente algunas nociones de humanismo; de mi vida, algunas reglas de convivencia social; en mi conciencia, serios y tradicionales principios cristianos, y en mí modesta actuación, mí mérito que, si alguno pudiera tener, no ha sido otro que el de tratar de cumplir con mi deber.     Perdonadme que al agradecer este homenaje no concurra con un discurso como lo exigiría la solemnidad de este acto, pero habréis de comprender que el crepúsculo del invierno en mí vida ya tan larga ha enfriado mi voz, nublado mí pensamiento y oscurecido mi mente.     Al efecto, señor Alcalde, debo haceros una muy sincera confesión: muchas satisfacciones y muchos honores he recibido durante mi existencia, de parte de mis colegas y amigos, pero ninguna ha logrado hincar tan hondamente en mí profunda sensibilidad, ni tocado tan intensamente las más sensibles fibras de mi alma tan probada por la vida, y es sólo vuestra benevolencia y generosidad para apreciar mi sencilla labor ciudadana la que se traduce en este tan grandioso homenaje hacia mi modesta persona; tan inmerecido, como grande es vuestro afecto, señor Alcalde. Por ello, gracias.     Señoras y señores, permitidme, pues, en esta ocasión solemne, al declinar mi tarde, hacer un emocionado recuerdo de tantas cosas, de tantos hombres, de tantos ejemplos, que fueron templando y forjándose desde mis primeros pasos, en esta vieja ciudad de mis amores, hasta este momento inolvidable para mí. Quiero evocar la memoria de mi abuelita, en los vuelos de cuya falda bondadosa y cordial aprendí de niño las primeras oraciones; a mi madre, acunado en cuyas rodillas le oí, tantas veces, hablarme con unción y sentimiento de su Francia lejana, enseñándome a quererla desde niño; a mi padre, siempre afable, gentil, dinámico, cordial y generoso, quien fue, indudablemente, mi mejor confidente y el mejor amigo que la vida me deparara; a todos ellos quiero hacer llegar este honor que me otorgáis esta tarde, señor Alcalde.     Niño ya en 1912, este solar en que hoy nos encontramos me fue querido porque hice aquí mis primeros estudios en el prestigioso colegio de los Padres Franceses, donde sacerdotes, en toda la acepción del vocablo, como los padres Castro, Damián, Eloy, Wescenlao, Manuel, Teófilo, Bruno, Eduardo, Miguel Orriols y José Merme abrieron mis ojos a la luz del humanismo y de la fe al amparo de la dulce Doctrina del Maestro de Nazaret. Si algo he podido hacer en la vida, ellos han tenido mucha responsabilidad, por sus enseñanzas, sus consejos y su ejemplo, actuando como verdaderos discípulos de Cristo.     Después, nuestra Primera Comunión y el sacramento de la Confirmación impuesto por las sagradas manos del eminente diocesano, don Luis Enrique Izquierdo, de inolvidable memoria por sus brillantes condiciones de pastor y de caballero a carta cabal.     Los años pasaban raudamente y las humanidades fueron cursadas en el viejo, tradicional y prestigioso Seminario Conciliar, colegio que contaba con una sección seglar de señalada importancia dentro del campo de la educación secundaria de la ciudad, en aquellos años bajo la dirección sabia y acertada del padre Antonio Castro y, luego, del eminente sacerdote don Alfredo Cifuentes Gómez, quien fuera más tarde obispo de la Iglesia chilena; y, maestros como Luis María Acuña, Antígono Rebolledo, Ramón Harrison, Ernesto Barros, Crisóstomo Rojas, Luis Aladino Palma, Pedro Arteaga, Guillermo Jünemann y tantos distinguidos sacerdotes de nuestra vieja diócesis, y al frente de ella su pastor, el santo obispo don Gilberto Fuenzalida Guzmán, sucedido en 1939 por el arzobispo de Concepción, más tarde brillante rector de la Universidad Católica de Chile, don Alfredo Silva Santiago.     Luego, la adolescencia y la juventud llenas de ilusiones, de entusiasmo, de alegría. Ya abiertas las puertas de nuestra naciente Universidad de Concepción, ingresamos en 1921 a sus aulas con la venerable figura de su Rector, don Enrique Molina Garmendia; de su brillante colaborador, el doctor Virginio Gómez González, y de nuestro maestro, don Serapio Carrasco Peña, afortunadamente aún entre nosotros, como una preciada reliquia de aquellos ya tan lejanos años; el profesor Ottmar Wilhelm Grob, quien con sus enseñanzas y su ejemplo constituyó en realidad nuestro modelo y paradigma; Arturo Gigoux Lazo, Pedro J. Valenzuela, el doctor Ernesto Fischer Klein, Alberto Matthei, Ladislao Labra Letelier, el eminente profesor Guillero Grant Benavente, Enrique González Pastor, Elías Rojas, Osvaldo Figueroa, y tantos más cuyo recuerdo y afecto llevo prendidos a mi alma con imperecedero reconocimiento. Para todos estos ilustres maestros recibo, señor Alcalde, esta distinción.     De mis amigos y condiscípulos del colegio y de la universidad, algunos ya se han ido para siempre y otros siguen bregando en la vida. Permitidme recordar entre los primeros a Domingo Puga, Arturo Mery, quien fuera piadoso y benemérito obispo auxiliar de esta Arquidiócesis; Miguel Campo Menchaca, Juan Drago, Juan Eduardo Puentes, Jorge Garcés, Raúl Costa, Edmundo Charpentier, y a los que aún están con nosotros: Roberto Fuentealba, Enrique de la Jara, Luis de ila Cerda, Francisco Villegas, y tantos más desperdigados a través de nuestra inquieta y loca geografía, recordando con señalada nostalgia los años dichosos de nuestra vida en el colegio y la universidad, vida preñada de tantas y tantas emociones, alegrías y finas aventuras de bohemia, de locuras, de cantos y de amor...     Para mis compañeros de la Escuela Dental, Erico Meissner, Enrique Rogers, Elisa Arister, Teresa González, Julio Martínez, Humberto Tramón, Enrique Traub, y para los que ya hicieron mutis tras el telón oscuro de la muerte, Carlos Alvear, Hellmar Bühler, Juan Drago, Eduardo Frávega, Javier Hernández, Ricardo Rigollet, Nabor Tapia, Juan Rojas, Humberto y Julio Rivas y Aurelio Villalobos, para todos mi recuerdo emocionado en esta ocasión evocadora de tanta cosa lejana, al verme rodeado del afecto y del aprecio de ustedes, mis dilectos amigos, que habéis querido acompañarme en esta tarde de tanta emoción para mi.     Pero, señoras y- señores, como los años pasan veloces, la vida se desliza demasiado rápidamente y no deja al hombre moderno tener un momento de introspección para la evocación del pasado y de aquellos personajes de relieve que fueron orgullo de nuestra ciudad, quiero, abusando de vuestra benevolencia, traer ante vosotros su recuerdo; porque sobre el nombre de estos varones ilustres ha caído, impenetrable, el oscuro manto del olvido. Y he de haceros una íntima confesión: puedo tener muchos defectos, pero la sola condición que reconozco poseer es la de la gratitud.     Por ello, en una rápida visión caleidoscópica, haré desfilar ante vosotros los nombres de personajes relevantes y de real prestigio de nuestra vieja ciudad a la que dieron lustre en los diferentes campos de su actuación y a quienes, desafortunadamente, las nuevas generaciones, movidas por otros ideales, han olvidado. A ellos dedico espiritualmente este galardón que habéis querido otorgar, señor Alcalde, con vuestra benevolencia, a quien, tal vez, menos lo ha merecido.     Son ellos Edmundo Larenas, Abraham Melo y Peña, Enrique Marschall, Aurelio Lamas, Luis David Cruz acampo, Ignacio Verdugo Cavada, Andrés Silva Humeres, Reinaldo Muñoz, Pedro Pablo Cañón, Bernardino Abarzúa, Félix Armando Núñez, Bernardino Corral, Abraham Valenzuela Torrealba, Jorge Salas Bórquez, Alberto Coddou; los doctores Cristóbal Martín, René Ríos, Miguel Campos, Arturo Brito, Carlos Oliver Schneider, y muchos más que hicieron grande nuestra ciudad en el presente siglo, por su inteligencia, su labor y el cariño demostrado por ella a través de innúmeras manifestaciones que el tiempo ha ido olvidando con demasiada desaprensión e injusticia.     Se honraría nuestra Municipalidad y la ciudad toda, designando a algunas de sus calles o paseos con los nombres de estos ilustres ciudadanos que ayer le dieron esplendor y señorío.     Mi reconocimiento y gratitud para todos mis amigos de diferentes actividades y, en forma especial, para mis colaboradores de la Unión Comunal de Juntas de Vecinos y de Unidades Vecinales, por su afecto, adhesión y lealtad.     Para terminar, no puedo silenciar algo muy mío. Rindo un homenaje a mi esposa, quien, con su tino e inteligencia, su colaboración, su discreción y su trabajo a mi lado, ha constituido una parte de gran importancia de lo poco que yo hubiera podido hacer, ya que su concurso sensible, cariñoso y espiritual, en mis momentos de desesperanza y de fracaso, tuvo siempre una frase cariñosa de aliento y de optimismo, y en mis horas de triunfo ha sido la primera en estar a mi lado para celebrar mis éxitos. Por ello, no podía callar este intimo sentimiento de cariño a mi incomparable compañera que gran parte tiene en este homenaje por lo mucho que ha hecho por mí a través de tantos años de nuestra dichosa vida conyugal.     Habréis de perdonar, señor Alcalde, tan largas frases, pero a través de ellas he querido expresar a mi ciudad mi reconocimiento a mis coterráneos, a mis antecesores, a mis amigos y a todos los que algo hicieron por mi formación; y esta distinción que me otorgáis a ellos la dedico, considerándome inmerecedor al señalado honor. Para vuestra gestión, de tan relevante importancia frente a la Municipalidad, os deseo el más promisorio de los éxitos, ofreciendoos, como siempre, mi modesta pero sincera y franca colaboración junto con los más fervientes votos también por el éxito brillante de S.E. el Presidente de la República, General Augusto Pinochet Ugarte, y su equipo de colaboradores en tan altas tareas. Por todo, señor Alcalde, gracias, muchas gracias, una vez más.
7 de octubre 1980.
POESIA IMPRESIONES DE UN CAFE NOCHE     Una noche silenciosa, como una tumba; oscura como una tragedia; inverosímil, absurda... Automóviles que cruzan en todas direcciones en loca vorágine de mecánica desesperante y falta de alma; peatones, que llevan a cuestas su melancolía y la convicción de su inutilidad...     Una mujer arrebujada en su tapado de pieles, tal vez una incomprendida, quizás una ramera... Beodos abandonando una taberna oliente a alcohol y palabras obscenas, balancean lastimosamente sus cuerpos intoxicados, por la calle triste y solitaria, rasgando el aire con sus gritos inmundos o alegrando la tristeza del ambiente con algún aire de moda...     Un grupo de hombres raros, enigmáticos, inverosímiles.     Algún trasnochador...     Músicos con los instrumentos bajo el brazo, virtuosos del violín, artistas de verdad tal vez, reducidos a integrar una orquesta de algún café de moda o de un vulgar cabaret, ya que su arte fue un incomprendido más en el siglo...     Vendedores de diarios pregonando su mercancía.     Un guardia en la esquina.     Yo... CAFE DE MODA     Moda, palabra inútil, que no dice nada y lo dice todo.     Moda, diosa ante la cual inmolaron su virtud doncellas puras como la luz; moda, lo nuevo, lo que reluce, lo que brilla; moda, palabra inútil, absurda, pero necesaria al fin...     Café de moda; desarticulado café; desarmonía, desorden, ausencia de gusto, piso embaldosado, mesas de mármol como las de un anfiteatro de disección, carpetas verdes y blancas simulando tableros de ajedrez... También la vida parece un tablero de ajedrez...     Un ventilador...     Una electrola; perfección del siglo, orgullo del momento, triunfo de la mecánica y galardón de la electricidad; profanación del arte, destrucción de lo ideal, tumba del espíritu... PUBLICO DEL CAFE     Un grupo de cuatro o más hombres. Son teósofos resignados que todas las noches ocupan su mismo sitial, ingieren metódicamente la misma bebida, charlan siempre de lo mismo y cancelan siempre igual. Benditos discípulos del maestro hindú...     Otra mesa: periodistas, mercenarios de la literatura, hombres que viven de la pluma, supeditando siempre su acción a los intereses de la dirección del periódico; carentes de un gesto de rebeldía si éste no conviene a la orientación comercial del diario. Aveces tienen que lanzar diatribas al débil y ensalzar al fuerte; no pueden decir la verdad; tienen que guardarse sus ambiciones y sus arrestos personales para seguir la pauta de un hombre que es el dictador supremo en el diario.     Autómatas, víctimas de la Underwood, trasnochadores obligados. Comentan los problemas de la actualidad, hablan de todo, son enciclopedistas. Opinan del Plan Young, hablan de la conferencia del desarme, del pacto de las cuatro potencias, critican los métodos de enseñanza, se ríen de la medicina y creen sufrir con Gandhi...     Más allá, empleados de un banco comentan sin discreción algo de la oficina; se ríen, fuman un cigarrillo con aire de millonarios, hablan de deportes, luego de teatros y después de mujeres; sobre todo de mujeres, endiosan a una vulgar ramera o enlodan a una mujer honesta; no miden su lenguaje...     Otra mesa: un grupo de deportistas. Es lo más característico del café; vienen en caravana, son sobrios, algunos sin cuello, llegan bufando o silbando entre dientes. Cada uno trae un maletín con su equipo de básquetbol. Acercan dos o tres mesas haciendo una sola. Agua mineral, Bilz, leche, helados. Hablan de la partida de la noche, se ríen a grandes carcajadas, miran con desgano a su alrededor. Benditos cultores del cuerpo que nada saben del alma y nada quieren saber...     Estudiantes, algarabía, alborozo, juventud, idealismo. Bendita alegría, dulce regocijo. Días que se fueron, absorbidos por la vorágine avasalladora del tiempo, cómo los recuerdo con cariño... "VIEJO BAR DEL SUBURBIO" (Dr. René Louvel, autor)
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