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LA ALAMEDA     La Alameda era uno de los más hermosos paseos de nuestra ciudad. Uno de sus más vibrantes y verdes pulmones como se diría en jerga urbanística actual. Al recordar lo que ha debido pasar por tantas vicisitudes, nos apena ~nsar que otrora constituía un atractivo de primera magnitud. Al llegar algún forastero por estos pagos, una obligación del verdadero penquista amante de su ciudad era la de invitarlo a recorrer sus amplias avenidas, admirar la gama de sus variados y frondosos árboles hasta quedar extasiados ante el verdor insolente de sus prados. Luego, era de rigor subir al clásico Cerro Caracol y desde su cima, en cualquiera de sus dos miradores -el Mirador Chilena y el Mirador Alemán-, abismarse ante el vasto y hermoso panorama. Especialmente desde este último, en los días brillantes de luz, se podía observar ensimismado las verdes praderas aledañas y riberanas del Bío-Bío, las agrestes rocas de la desembocadura, la bahía de Talcahuano hasta la Isla Quiriquina. ˇ Cuántos dulces recuerdos evocamos hoy después de tantos años pasados!     Actualmente, nuestra administración comunal se ha preocupado con verdadero entusiasmo de nuestro viejo paseo y nuevamente está retornando algo de sus antiguas galas que constituían nuestro orgullo de penquistas.     La Alameda fue, como ya lo hemos expresado, el clásico paseo de nuestra ciudad, el que servía de engaste, como el canastillo de una joya preciosa, al tradicional Cerro Caracol, testigos ambos de tantas cosas y diabluras de nuestros años mozos.
    No recuerdo desde cuando se le cambió a la Alameda su nombre por el de Parque Ecuador. Sólo sé que ninguno de los viejos penquistas se adaptó al nuevo nombre. Para nosotros será siempre la Alameda, nuestra vieja Alameda, testigo mudo de una juventud lejana.     El paseo se iniciaba de sur a norte en la calle Víctor Lamas esquina de Lincoyán para finalizar su área, más o menos, a la altura de Orompello. Era un tapiz verde de hermosos prados con flores de gran variedad, colorido y hermosura, bordeados de frondosos árboles, desde el pino al álamo, el abeto, el fresno, el avellano, el alerce y tantos más que le conferían la condición de un paseo de gran calidad y belleza. Siempre sus avenidas y caminitos de circunvalación bien cuidados y aseados, llenos de niños acompañados de sus nanas, revoloteando inocentemente y corriendo de un lado para otro con ese sentido de alegría y de ansias de vivir tan propio de la infancia.
    Hacia el pie del cerro corría un canal que servía para llevar el agua que desbordaba de los estanques de la Empresa de Agua Potable ubicados en su ladera. En la parte plana, antes del primer camino de subida, se veían algunas hermosas y artísticas estatuas que le conferían el aspecto de los tradicionales parques de las grandes ciudades, amén de sus glorietas, ovaladas o redondas y circundadas de petisporwn, con cómodos bancos donde los enamorados, en las dulces tardes primaverales y en las cálidas del estio, conjugábamos una y mil veces las diferentes formas gramaticales del verbo amar, con delicadeza, pudor y seriedad, sin dar el grotesto y repugnante espectáculo que hoy vemos, desgraciadamente, a diario en cines, paseos y calles, en que a los enamorados no les basta ir tomados cariñosamente de la mano, sino que, apoyados, enredados, casi trenzados el uno con el otro, ajenos al mundo que los rodea, sin el menor pudor ni delicadeza, se dedican al beso o a la caricia tosca y grosera. ˇCómo ha cambiado nuestra juventud!     No quiero decir que fuéramos unos anacoretas ni santos ni hipócritas. Eramos recatados y teníamos, por sobre todo, el mayor respeto y admiración por la mujer, porque a pesar de la juventud de nuestras pololas o amigas, veíamos en su imagen, como en un espejo, reflejarse la de la hermana o de la madre, siempre motivo de admiración, de respeto, de amor.
    En este hermoso paseo, las tardes de domingo en primavera, cuando la naturaleza eclosionaba efervescente y gloriosa; y en las de verano, cuando la canícula dejaba caer su mano ardiente en la vieja ciudad, por la avenida central, bordeada de hermosos tilos acogedores por su sombra y fragancia, caminábamos alegres y optimistas mirando a las muchachas al pasar, acompasadamente, acompañados de la banda del Regimiento de Caballería que hacía vibrar sus gratos sones y el melódico zumbar de sus instrumentos de viento. Nos brindaba con entusiasmo los compases de La Viuda Alegre, El Encanto de un Vals, El Conde de Luxemburgo, Las Libélulas y tantos más que llenaban nuestras mentes y nuestros corazones de alegría, entusiasmo y amor por la vida.     La banda tocaba desde un quiosco ubicado al pie de la cascada, y creo que la acústica natural que daban los árboles, el tenue ruido del agua y el cerro, nos hacía cada vez deleitarnos mejor con la música que era como una inyección de alegría, de emoción, de optimismo y de espiritualidad.     De sus limites, digamos que por el sur hacia Lincoyán la Alameda colindaba con el Desinfectorio Público y la Oficina de Vacunación. El cargo de vacunador fue de una gran importancia para la salubridad de nuestra ciudad, ya que debido al celo y entusiasmo del funcionario que lo servía, el señor Naranjo -padre de uno de mís condíscípulos, Nibaldo Naranjo-, con sus campañas sostenidas y periódicas, en lo que va corrido de este siglo, debido a la vacuna del inmortal Jenner manejada díestramente por el señor Naranjo, la viruela, terrible epidemia del pasado, dejó de serIo. Afortunadamente, los médicos de hoy sólo la conocen por la descripción que de ella hacen los textos de clíníca de enfermedades tropicales.
    Desde Lincoyán hasta casi Arturo Prat se levantaba el imponente edificio de dos pisos del Hospicio y Casa de Huérfanos, obra del Presidente Balmaceda, establecimiento donde se cobijaba la ancianídad desgraciada, desvalida, abandonada y pobre, y la niñez ihuérfana del amor de una madre o del cariño de un padre, regentado por las incompa- rabIes religiosas de la orden del Apóstol de la Caridad, San Vicente de Paul. Había allí una modesta capilla en cuyo seno estaban sepultadas dístinguidas personalidades de la ciudad que, a la vez, fueron sobresalientes cooperadores de esta humana obra.     Recuerdo que, siendo muy níño, durante el trágico desarrollo de la Guerra de 1914 a 1918, allí, periódicamente, el dístinguido sacerdote francés padre José Merme oficiaba una mísa en homenaje y recuerdo de los caídos en la conflagración. No se podría dejar de mencionar a la distinguida superiora, la recordada madre Gabriela, inteligente y gran organízadora, a la vez que henchída del más acendrado patriotismo por su Francia, lejana y trágica, de esos aciagos años.     En la ladera del cerro, frente a Tucapel, se alza desde, más o menos, 1919 ó 1920 la hermosa construcción de piedra que perteneció al dentista Alberto Fryderup, quien desgraciadamente no pudo habitarla ya que falleció antes de su termínación. La propiedad es actualmente de la familia del profesor Ottmar Wilhelm G., mí querido y venerado maestro, quien en compañía de su esposa Paulina vivió en ella por largos años.     En 1910, la Municipalidad cedió a la Sociedad de Veteranos e Inválidos de la Guerra del Pacífico, por el plazo de cinco años, una casa ubicada en la falda del cerro, cerca de la cascada, donde funciona actualmente el Taller de Cerámica. Nos producía una profunda emoción cuando, en las tardes en que íbamos a estudíar a la Alameda, solíamos ver cómo pasaban las reliquias de la Patria y se reunían en su hogar para charlar y seguramente, como lo hago yo en estos recuerdos, para evocar su pasado glorioso en los desiertos del norte, en el campo de la Alianza, en el Morro y en Lima. Ya no queda ninguno de ellos. Sólo en algunos de nosotros el recuerdo y la veneración por esos viejos tercios que lo dieron todo: juventud, ardor, sangre y patriotismo, por el ideal y la defensa de nuestra nación y su bandera.     Entre los edíficios ubicados frente a la Alameda destaquemos, en la esquina de Rengo, la mansión de la família de don Arnoldo Ried; en Caupolicán por Víctor Lamas hasta Rengo, la hermosa propiedad de la familia Bunster Carmona, luego de don Oscar Spoerer Cornou, adquirida por la Uníversidad para instalar en ella el Instituto de Fisiología y, actualmente, sede de la Escuela Técnica Femenina.     En Víctor Lamas entre Caupolicán y AIúbal Pinto, el importante edíficio del Liceo de Hombres, del cual sólo podemos observar ahora los restos de su monumental escala de honor y lo que fue el hall de acceso al Salón de Actos del liceo.     Luego; fuera de numerosas construcciones, la residencia de don Reinaldo Bascur; la imponente capilla de depurado estilo gótico de las Religiosas Sacramentinas, destruida definítivamente por el sismo de 1960, sitio actualmente ocupado por el Instituto de Humanídades.     En seguida, la famosa curtiembre de don Domingo Hiríart, y más tarde Boleda y Ribeso destruida también en 1939. En su lugar se levantan hermosas y elegantes residencias.
    El sismo de 1960 destruyó totalmente la capilla y los restos de los benefactores del Hospicio que allí dormian su sueño eterno debieron ser trasladados al cementerio de nuestra ciudad al demolerse todo el edificio, mejor dicho, los restos que de él habían quedado en pie.     En Víctor Lamas entre Líncoyán y Angol, formando parte de la misma construcción, funcionó durante muchos años la reputada Clíníca del Hospicio, donde ejercieron con brillo y talento los distinguí dos médicos René Ríos, Selim Concha, Samuel Valdivia, Virginío Gómez, Víctor Villagra, Enrique González Pastor y tantos más, ya todos desaparecidos así como el establecimiento donde prestaron sus servicios con abnegación y seriedad.
    En Víctor Lamas frente al Hospicio estaba, y aún está, el viejo y destartalado, a la vez que triste, local de la Cárcel Pública, que constituye un baldón para la época, ya que los reclusos no poseen los elementos mínimos para reeducarse y rehacer sus vidas destrozadas con el fin de ser útiles a la sociedad al salir del penal.
    Desde la avenida central hacia la base del cerro existió el frontón de pelota vasca a "puño" o "chistera", sitio denominado Plaza Euskara donde la juventud de los vascos franceses y españoles jugaba su deporte favorito, produciéndose hennosas y variadas competencias en este juego que precisa de una gran destreza y habilidad, especialmente al hacerlo con "chistera". Allí, domingo a domingo y en las tardes después del trabajo, Arretchea, Ribes, Uhart, Bordachar, Harismendy, Urrizola y tantos más, se solazaban con este deporte que, a la vez, les recordaba la patria lejana, el pueblo de origen perdido en los viejos Pirineos, o les evocaba la patria de sus padres y de sus mayores.     Hoy, todo esto ha desaparecido.
    El "Lawn Tennis Club" era una institución deportiva ubicada en la vieja Alameda, al pie de la primera subida al cerro. Nació en 1907 cuando la Munícipalidad, accediendo a la solicitud presentada por el prestigioso vecino don Pablo Commentz, cedió el terreno para la creación e instalación de las primeras canchas. Este deporte tuvo su época de oro en el primer cuarto de siglo. Se desarrollaron hermosas competencias, tanto nacionales como internacionales, que eran presenciadas y aplaudidas por numeroso público realmente admirador del tenís.     Recordemos los nombres, entre muchos, de algunos cultores y enamorados de este deporte: Lucho Maía, Highet, Saenger, Ricardo Morales, Onetto, Edrnundo Délano, Víctor Lamas l., Vanesa Forrester, Elena Iturra, Gennán del Fierro, Mr. Forrester, Ernesto del Fierro y tantos más, famosos y magníficos dominadores de la red.     En la primera subida al cerro, frente a las canchas de tenís, hubo una tribuna desde donde se podía seguír los vaivenes del juego.
    Hubo además, en nuestra vieja Alameda, un pequeño zoológico. Constituía un hermoso y fascinador espectáculo admirar los imponentes cóndores de cuello blanco y las águilas gigantes dentro de su ropaje plomizo, tomar el sol sobre las ramas de un viejo árbol dentro de una alta y gran jaula, haciéndoles soñar, tal vez, con las rocas de las agrestes montañas. Desde su prisión hacían de este paseo un atractivo más para níños y adultos.
    Entre sus monumentos destacaba el bronce de tamaño natural de don Juan Martínez de Rozas, el discutido político, mendocino de nacimiento y penquista de adopción, uno de los prohombres de nuestra emancipación, en el sitio que actualmente ocupa, pero rodeado su pedestal granítico de una verja de hierro limitada en sus cuatro ángulos por pintorescos faroles de gas.     Frente al Uceo de Hombres, el busto también de bronce de uno de sus ex-rectores don José Mercedes García, el que en 1970 fue robado de su pedestal.     El monumento de piedra erigido por el Comité France-Amérique, para honrar la memoria de los franceses de nuestra ciudad y de la zona que murieron en la Primera Guerra Mundial de 1914 a 1918, cuya placa de bronce en forma de libro abierto con los nombres de los fallecidos corrió la misma suerte. Es doloroso comprobar que ni siquiera se respeten las obras de arte. Lamentablemente ambas piezas de bronce ya no existen.
    Nos hemos preguntado, más de una vez, de dónde deriva su denominación. Tratando de encontrar una satisfactoria explicación a nuestra inquietud hemos hurgado en viejos archivos y consultado a Astaburuaga. En su Diccionario Geográfico, éste dice que derivaría del nombre del sacerdote Francisco Espinoza Caracol, cura de la Diócesis de la Imperial, que fue la cuna de la de Concepción. Pero Oliver dice que se ha llegado a la conclusión de que ello no es efectivo, ya que cuando nuestra ciudad se ubicaba otrora en Penco el área que comprende el cerro no se había asignado a propietario alguno. Mal podría emanar su designación del segundo apellido del sacerdote de marras.     A este respecto, invocada una vez más la autoridad científica de Oliver Schneider, éste dice que en un plano de la ciudad fechado en 1774 el cerro está designado con el nombre de Altacura. Sería éste un nombre lúbrido derivado del araucano y del español:     alta y cura que significa piedra en lenguaje autóctono. Tal vez esta denominación deriva de la enorme piedra granítico-diorítico que se encontraba junto al Mirador Chileno.     Pero en realidad -continúa este autor- el nonbre de Caracol proviene de la forma del camino real que hizo construir don Ambrosio O'Higgins, trazado por el cerro con el fin de que no se interrwnpiera en invierno por las crecidas del Biobío. Este camino, llamado de La Laxa, unía nuestra ciudad con Hualqui, Rere y Los Angeles, debiendo, en su primer trecho, remontar el cerro por la actual avenída de Los Aromos y continuar en forma de caracol hasta la cumbre. En realidad, de allí deriva su nombre, lo que ha podido comprobarse por los archivos del Cabildo penquista.     Estamos totalmente de acuerdo con estas conclusiones del sabio: que el nombre del cerro se debió a la forma con que fue trazado el camino que conducía hasta la Hacienda Canteras de propiedad de don Ambrosio.
    Al evocar el cerro y los caminos de este paseo apacible, romántico y tranquilo, recordamos que por sus senderos vimos, tantas veces, pasar figuras del intelecto, del arte y de la filosofía de nuestra ciudad que iban en busca de inspiración y de paz.     Se nos presenta con nítidos contornos la imagen distinguida y fina del artista que fue don Arturo Spoerer, tocado de un enorme sombrero alón, barba blanca -hermosa y bien cuidada- portanto invariablemente, en los días oscuros de otoño, un elegante abrigo Mac Farlan de un color oliváceo, atuendo que daba al músico la estampa del último romántico-del siglo XIX. Uevaba siempre un hermoso bastón con empuñadura de oro que infundia a este curíoso y fino personaje un aire delicado de distinción y señorío. A través de la distancia cronológica que nos separaba, él por sus viejos años y nosotros por nuestra juventud, evocamos su personalidad sencilla, pensadora e imponente. En sus paseos al viejo Caracol siempre se hacía acompañar por un perrito faldero, lanudo y blanco, que no lo abandonaba un instante.     Nos era también familiar la imagen de don Enrique Molina, en esos tiempos rector del Liceo que hoy lleva su nombre, antes de la fundación de nuestra Universidad. Con su cuerpo alto, delgado y elástico, llegaba a grandes zancadas hasta el Mirador Chileno con un libro bajo el brazo y rodeado de una pléyade de jóvenes que fueron sus discípulos, colaboradores y seguidores: Abraham Valenzuela C., Eliecer Mejías, Juan Antonio Ríos, Ramiro Troncoso, Joselin de la Maza, Félix Annando Núñez y tantos más. Cuando subía solo al cerro, lo que era raro, lo hacía ensimismado en la lectura.     En aquellos años don Enrique usaba un recortado bigote negro, vestía sobria y correctamente, era amable con todos, incluso con los que no hubiéramos sido sus alumnos, a quienes saludaba con un gesto de ancha cordialidad y afecto. Constituía para nosotros un motivo de admiración ver a ese hombre de aspecto ascético, con su faz diáfana de paz y de serenidad, dedicado al estudio profundizado de los viejos filósofos de la Atenas milenaria y culta.     Otro personaje característico de nuestro cerro fue don Ramón Freire. Era un enamorado de este paseo. Entre nosotros, los muchachos de aquellos años, lo designábamos afectuosarnente como el "Conde de la Alameda" y le dedicó sus desvelos, sus esfuerzos y su cariño.     Don Ramón era un personaje muy especial. Usaba siempre sombrero calaflés muy planchado y estirado, ternos ajustados, bastón con mango de plata y sus infaltables polainas claras, que estuvieron tan de moda en el primer cuarto de siglo y que él invariablemente siguió usando hasta sus últimos días. Se paseaba entre serio y distraído, recorría los caminos y avenidas de la Alameda con un aire de evasión y lejarna, y parece que siempre pensando en algo abstracto y difuso. Nos llamaba la atención su indumentaria que jamás estaba al grito de la moda y parecía salida de un viejo figurín del pasado siglo. Era cordial, afectuoso y afable, y quería entrañablemente a este paseo.     A veces, estos personajes se reunían y charlaban animadamente a la sombra de los hermosos árboles del cerro o a la vera de los prados de la Alameda. Hoy, al pasar por estos sitios, imaginamos ver deslizarse diáfanamente por las averndas y caminos del parque a estas figuras que ya nos parecen de leyenda y de evocación, a la vez que de admiración y de respeto.
    El Mirador Chileno, ubicado al Iado de la piedra diorítico-grarntico que ya hemos mencionado, simulaba las dos torres de algún pobre y viejo castillo medieval, armado de sus dos cañones de bronce de la época colornal. Provisto de asientos de cemento, desde allí podría observarse y admirar la ciudad en toda su amplitud, a la vez que las bellezas naturales de los campos y verdes praderas que la limitaban. Hoy, el viejo Mirador Chileno está reemplazado por la torre de televisión, revolucionario descubrimiento de nuestro siglo.     El Mirador Alemán, levantado por la Colonia mana como un homenaje al Canciller de Hierro, era un monumento de piedra de lineas clásicas, tal vez un poco pesado pero hermoso. Tenía dos pisos: el primero siempre cerrado por una vieja puerta de hierro, y desde el segundo, actualmente descuidado y abandonado, se podía observar un panorama de enorme grandiosidad y belleza.
    Durante el desarrollo de las Fiestas de la Primavera, que congregaban a toda la juventud en un loco paroxísmo de euforia y de alegría, se efectuaba el Corso de Flores en la Alameda, y la aparición de los carros alegóricos constituía un motivo de admiración . por su finura, elegancia y distinción, lo que daba al paseo, por la policromia de los disfraces y el entusiasmo de todos -jóvenes y ancianos- el aspecto no de un paseo provinciano sino el de un parque sacado de una vieja estampa de algún cuento medieval.
    Era frecuente que para honrar nuestras efemérides patrias se llevara a efecto, allí, el 18 ó 19 de septiembre, una revista militar que era presenciada por una enorme cantidad de público que, apostado a lo largo del paseo, aplaudia con entusiasmo y patriótico fervor a los soldados de la patria, en especial cuando pasaban bajo el tablado que para dichas ocasiones se constrlúa a los pies de la estatua de Martínez de Rozas.
    No puedo prescindir, en estos recuerdos, de la gran kermés que las colonias extranjeras, que formaban el bloque de los países aliados de la Primera Guerra Mundial, efectuaron en 1917. El paseo fue cerrado desde Caupolicán hasta Lincoyán. Por Caupolicán tenía una grandiosa entrada imitando el Arco de Triunfo de la Estrella de París. Este espectáculo se llevó a efecto con el fin de reunir dinero para enviarlo como ayuda para los soldados aliados, acontecimiento que superó.todas las expectativas y cuyo recuerdo perduró durante muchos años en todas aquellas personas que tuvieron la suerte de concurrir.
    No olvidaremos los años tristes que hubo de sufrir nuestra Alameda con motivo del sismo de 1939. Con el fin de cumplir una labor de solidaridad social y de alto sentido de humanidad, toda la parte plana del paseo fue ocupada por construcciones de emergencia, albergue de aquellos conciudadanos que, en la lúgubre noche del 24 de enero, lo perdieron todo. Lamentablemente, estas construcciones que estaban proyectadas para una duración de unos cinco años, mientras se reconstruyera la ciudad, estuvieron allí por más de veinticinco años. Al irse demoliendo paulatinamente, ya cumplida la labor humanitaria para la que fueron construidas, el paseo presentaba un doloroso aspecto de ruina y desolación. Afortunadamente, en la actualidad, por la preocupción de nuestras autoridades comunales, ha recuperado su antiguo esplendor. |